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SATIRA

 

COMO LLEGAR A VIEJO...

 

Por Manny González

manny@comoenla.com

 

Aparte de escribir esta columna y de viajar constantemente en mi trabajo regular, ahora, como para buscarle la quinta pata al gato, también trato de apoyar con esta revista –la mayor parte de las veces de manera infructuosa– a promotores de eventos musicales, dueños de tiendas de discos, músicos, discómanos (Djs para los desentendidos), vendedores de discos y uno que otro músico que busca ampliar su horizonte.


Desdichadamente, no sé cuánto podré durar haciendo tantas cosas al mismo tiempo, ya que me estoy dando cuenta de que los años no pasan en balde, sobre todo si uno está siempre expuesto a levantarse en la madrugada y acostarse tarde, comiendo contínuamente comida prefabricada –ya que, hoy en día, nada puede considerarse realmente saludable o beneficioso, especialmente la metralla que las aerolíneas llaman comida, así como los inocuos platos que se venden en los aeropuertos y lugares de comida rápida, con los que tratamos de satisfacer (o quizás de envenenar) nuestras necesidades de nutrición.


Hubo una época en la que el cotorreo, la controversia, la diversión, los paseos y las festividades eran mi primer amor. Hoy en día, cambio todo eso por una cena placentera, una botella de buen vino, una espléndida copa de coñac francés –acompañada por un puro cubano– y un suave colchón en mi propia cama.


¿Y a qué se deben todos esos cambios, cuando escuchamos en un programa radial que se venden productos naturales con los cuales el consumidor no sólo mejoraría su apariencia, sino también su empuje y su aguante sexual?


Cuando el locutor mencionó que por $99 la botella del producto que vendía ayudaría al crédulo cliente a no ponerse viejo, su comentario me dispuso a concebir esta columna; una que analizara realmente lo que significa entrar en años y sus consecuencias: ¿un bastón?, ¿un reclusorio?, ¿un buen coñac o un cómodo colchón?


Recordando al comediante Red Buttons, que antes de morir, cuando acababa de cumplir 80 años, le dijo a un entrevistador de televisión que “viejo es cuando tus amistades te felicitan por tus nuevos zapatos de piel de cocodrilo y andas descalzo”, decidí usar dicha observación como punto de referencia, y me puse a analizar a mis amistades más cercanas que pasan los sesenta o, por lo menos, parecen haber llegado a esa edad.


Uno de ellos visitó a un doctor para que lo examinaran, y como resultado le insertaron un marcapasos. Ahora, cada vez que le cata el ojo a cualquier mujer, abre una infinidad de puertas de garaje donde quiera que se encuentre.


Francamente, una de las frases más perversas que existen en este mundo es esa que dice que uno es tan viejo como se siente cuando, realmente, lo que afecta durante la vejez no es lo que nos dicen, sino lo que se nos olvida.


Me acuerdo que mi abuelo me dijo una vez que era cazador cuando joven. Un día, iba caminando por la selva con una escopeta, y sintió que detrás de él se movían unos arbustos. Cuando giró 180 grados, se encontró con un león, tan cerca que tenía la melena en su cara. En ese momento del relato, pasó por su lado mi mamá y le dijo: “Ay, papi, otra vez espantando a los niños,” a lo que él contestó: “No, no los estoy espantando.” Una vez que mi madre salió de la sala, el abuelo nos miró y nos preguntó: “A ver, hijos, ¿en dónde fue que me quedé?” Cuando al unísono le contestamos: “En que tenías sus pelos en tu cara”, el abuelo, entusiasmado, nos respondió: “Entonces que la tomo por la cintura...”


El otro problema que tiene la vejez es que nadie la quiere aceptar. Unos se pintan el cabello, otros se estiran los pellejos de la cara y todos, hoy en día, consumen Viagra a escondidas. Recuerdo la historia de un septuagenario que llegó al hospital convulsionándose en una camilla, y cuando el doctor investigó lo que le había sucedido, descubrió que se había tomado un frasco enter de Cyalis. Cuando el facultativo le preguntó al enfermero la gravedad del paciente, el enfermero le contestó: “No es muy grave. Sólo sufre de quemaduras de tercer grado... ¡en su mano derecha!”


Para mí, la mejor descripción de llegar a viejo que tengo es cuando mi esposa me dice: “Vamos al segundo piso a hacer el amor” y yo le respondo: “Mi amor… ¡no puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo!”

 

 
 

 

 

 

 

       
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