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SATIRA

 

Mi mortal enfermedad

 

Por Manny González

manny@comoenla.com

 

Entre los inventos que la tecnología nos ha propuesto en las últimas generaciones, quizás el más importante para los medios de comunicación sea la Internet y la comodidad que brinda para comunicarse fácil y rápidamente a través del correo electrónico.


Desgraciadamente, en la era en que vivimos –mayormente habitada por personas a las que llamaremos cándidas, por no decirles estúpidas–, existe un pequeño porcentaje de embaucadores y farsantes que continuamente usan ese avance técnico para beneficio propio, llenándonos de anuncios indeseables e inverosímiles en las que nos ofrecen millones de dólares a cambio de inversiones insignificantes; nos hacen bajar de peso por arte de magia; nos proponen autos, casas y préstamos con pagos tan bajos que ni el mismo que nos lo mandó se lo puede creer, y hasta garantizan el crecimiento de los órganos privados masculinos de la noche a la mañana para que nos convirtamos en enormes instrumentos de placer.


Como si esas incongruentes ofertas no fueran pocas, a nuestro correo electrónico tenemos que agregarle las innumerables notas que continuamente recibimos de todas partes del mundo, las mismas que, a cambio de no romper la cadena, nos garantizan paz, amor o felicidad, siempre y cuando le reenviemos la mierda que nos mandan a todos los que conocemos, para darles la misma oportunidad de recibir “calma, atracción y prosperidad” –además de que nos menten la madre–.


La nota que me llenó el bote de agua y me llevó a escribir esta columna fue enviada desde Sudamérica y dice asi: “Esta es una cadena a San Expedito, el supuesto patrono de las causas urgentes que de guerrero romano se convirtió en cristiano (o por lo menos eso dice la fábula). Pide lo que ‘necesites concretamente’, porque realmente es muy milagroso... (No la rompas)”.


“San Expedito, te amo y te necesito; estás en mi corazón, bendíceme y bendice a mi familia, mi hogar, mis amigos y enemigos (porque de ellos también aprendí), resguarda mis bienes espirituales, mis sueños y proyectos; sé mi abogado y ejerce tu sabiduría para defenderme de los problemas económicos, financieros y laborales que padezco.


“Protégeme de los males que me acechan y aleja de mí a aquellos que sólo desean mi perdición... Hoy te pido me concedas la gracia de (decir el pedido) y me comprometo a difundir tu nombre y tu capacidad de escucha; en nombre de Jesús...Amén.


“Pasa este mensaje a 19 personas excepto tú y yo y recibirás un milagro en no más de 19 días. No lo ignores y que Dios a través de San Expedito te bendiga”.


Anonadado por tan grande imbecilidad, no me quedó otra que enviarle al remitente mi propia cadena. “Hola”, le dije; “mi nombre es Monaguillo Manuel. Sufro de una extraña y mortal enfermedad: pánico de ser secuestrado y ejecutado por electrocución anal, debido a que me siento culpable por no haber reenviado a 50 millones de seres como usted el mensaje sobre esa pobre niñita de 6 años que reside en Angola y que nació con una teta en la nuca. Según Ud. y los demás cretinos que lo rodean, de no mandar esta carta, ella nunca será capaz de reunir suficiente dinero para operarse antes de que sus padres la vendan a un circo ruso para que la exhiban como adefesio humano por todo el mundo, para luego presentarla como exclusiva en Al Rojo Vivo”.


Para que vean hasta dónde llegan estos mequetrefes, otra persona me mandó un mensaje en el que me dice que “esta carta lleva en circulación desde el año 1876”, algo imposible de creer, no sólo porque en esa época no había e-mail, sino que tampoco había tantas personas que, como ahora, no tienen nada mejor que hacer con sus miserables vidas.


Otra “historia verídica” que recibí fue la de la una tal Miranda Pinsley, que cuando ignoró la cadena previa se tropezó supuestamente con una grieta en la calzada, se cayó en una cloaca y fue devorada por una tubería de desagüe que la arrojó en una laguna llena de parásitos gigantescos que la mordieron por todos lados. “Si rompes la cadena, ¡eso te podría pasar a ti!”, amenazaba finalmente el mensaje de marras.


Albert Einstein dijo una vez que la gente debería avergonzarse cuando usa los prodigios de la ciencia y la tecnología sin saber más de ella que lo que sabe una vaca de botánica cuando anda comiendo yerba.


Por eso, yo le deseo a todos esos ignorantes que me llenan mi buzón electrónico de necedades, promesas de polvos increíbles y orgasmos inolvidables, que trabajen la mitad y ganen el triple; que tengan mil noches de placer y que se saquen la hija’puta lotería.


Claro, si le mandas este artículo a 10 personas antes de acabar el día, no te va a pasar absolutamente nada, pero esos 10 a los que se lo enviaste no sólo sonreirán, sino que también se darán cuenta de… ¡lo retardados mentales que son!

 
 

 

 

 

 

       
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