|
SATIRA

Cocoa... para dormir
Por
Manny González
manny@comoenla.com
Aunque
las notas que recibo por parte de diferentes asociaciones
generalmente pasan por mi buró desapercibidas debido a su falta de
interés, luego de mi más reciente artículo acerca del Día de los
Enamorados –que pueden leer en nuestro sitio www.comoenla.com–, me
sorprendió encontrar una en la que se dice que en los Estados Unidos
se gasta más de un billón (1,000,000,000) de dólares en chocolates
para la citada fecha, lo que me hizo pensar en la razón de la
popularidad de este derivado del cacao, y en cómo y cuándo empezó
este guateque.
La razón de mi interés es que, a través de los años, siempre me ha
impresionado el hecho de que el chocolate es el único producto en el
mundo entero que multiplica su volumen por arte de magia. Si no, ¿cómo
es posible comerse una caja de bombones que pesa una libra y al otro
día pesar cinco libras más?
Resulta que antes de que los españoles descubrieran el nuevo mundo,
los indios mayas de Yucatán, los incas peruanos y los aztecas de
México (que lo tenían como trago nacional) cultivaban árboles de
cocoa, que llegan a tener hasta 50 pies de altura y que, para ser
contradictorios, sólo quieren crecer en ciertas regiones tropicales
de Africa, Asia, Sudamérica y Centroamérica, a 15 grados del
Ecuador.
Curiosamente, durante mucho tiempo, esas tribus usaron las semillas
de cacao como hoy usamos el dinero. Con 200 semillas se podía
comprar un guanajo, con 100 un conejo y con solo tres, un huevo de
pavo, un aguacate o un pez envuelto en hojas de maíz. Una sola
semilla se podía intercambiar por un tomate, una papa o un tamal.
Cuando Hernán Cortés conquistó México en 1519, el chocolate pronto
se convirtió en el trago favorito de los españoles, y eventualmente,
para el siglo XVII, en el del resto de Europa, aunque al principio
era una libación muy cara y quedaba reservada para la gente rica,
aparte de que no era muy fácil de trabajar, ya que cada árbol sólo
da un par de libras de semillas secas por año, el equivalente a una
libra de chocolate.
No fue hasta que el holandés Van Houten inventó en 1828 un método
para extraerle la mantequilla de cacao a las semillas que el
chocolate pudo ser apreciado por las masas, y más aún, cuando el
cuáquero John Cadbury, fundador de la fábrica de chocolates Cadbury
en Inglaterra, popularizó la poción como alternativa al alcohol, que
consideraba una de las mayores causas de la pobreza en Gran Bretaña,
algo que hoy desmienten los musulmanes, ya que a ellos no se les
permite tomar y la mayoría se está comiendo un tremendo cable.
En este país, el chocolate se convirtió rápidamente en el favorito
de las mujeres –porque unas cuantas pastillas de la golosina eran
mucho más baratas que lo que les costaba una hora con un psicólogo–
y también de los hombres, debido a sus supuestas cualidades
afectivas, según lo afirmaron los doctores Klein y Leibowitz, luego
de descubrir que el chocolate contiene phenylethylamine PEA, una
clase de sustancia natural parecida a las anfetaminas que estimula
en el cuerpo la acción de enamorarse.
Tan popular se convirtió el chocolate que ocasionó la creación de
relatos como estos: cuando un hombre se encontró una botella en el
océano y encontró dentro un genio que le prometió tres deseos,
primero quiso un millón de dólares y ¡puf!, ahí estaban. Segundo,
pidió un convertible y ¡puf!, ahí estaba. Pero cuando le pidió ser
irresistible con la mujeres, ¡puf!, el genio lo convirtió en una
caja de chocolates.
Desgraciadamente, no hay nada bueno sin algo negativo. En este caso,
si para enamorarse hay que consumir chocolates, esa necesidad pronto
se acentuará en lo apretada que le quedará la ropa, además de que el
alto consumo de ese metabolito causa que la persona se vuelva
inusualmente vaga. Asimismo, la sobreproducción de ese químico se
encuentra en los que sufren de esquizofrenia, probable razón que me
hizo separarme de una de mis ex-novias, a la que le encantaba los
besitos de Hershey, pero que estaba más loca que una cabra.
Para finalizar esta epopeya, creo que todos regalamos chocolates
porque buscamos realizar un sueño: el de ser felices. Por eso, si
esa caja en forma de corazón y llena de golosinas que regaló con
tanta esperanza se convierte en pesadilla, no pierda más el tiempo.
Mándelos a todos al carajo y… ¡váyase a dormir!
|