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ISMAEL MIRANDA

El eterno niño bonito

 

Por Sergio Burstein

 

Ismael Miranda, uno de los mejores soneros que ha poblado el universo de la música, nació en Aguada, Puerto Rico, el 20 de febrero de 1950.


A los cuatro años se fue con su familia a Nueva York, ciudad en la que vivió mientras se deshojaban los siguientes diecinueve calendarios. “Pero nunca dejé de estar en contacto con mi país, porque mis padres me traían para aquí durante las navidades y en las vacaciones de verano de la escuela”, es lo primero que le dijo el cantante a ¿Cómo? en L.A., durante una reciente entrevista telefónica otorgada desde su hogar en la Isla de Encanto.


“Me encantó mi patria desde muy chico, aunque estudié en los Estados Unidos y fue allá donde empecé a cantar”, aclara el entrevistado, para recordar a continuación sus inicios musicales con Joey Pastrana y Rumbón melón, una grabación que pegó mucho en Puerto Rico. Luego pasó a formar parte del Sexteto de Andy Harlow, donde el éxito se extendió a Centroamérica, Sudamérica y Estados Unidos.


En 1972, tras dejar a la orquesta de Harlow, Miranda lanzó como solista un álbum titulado Así se compone un son, que fue inmensamente popular y le dio la chance de participar al año siguiente en el legendario concierto de las Estrellas de Fania en el Estadio de los Yankees. “Un día después, me fui a vivir a Puerto Rico, porque me ofrecieron mucho trabajo aquí”, recuerda.


Miranda se crió musicalmente en la efervescente escena neoyorquina de los 60s, la misma que dio vida y alma a lo que se conoce actualmente como ‘salsa dura’. “Fui testigo del desarrollo y del apogeo de todo esto, en una época en la que brillaban Eddie y Charlie Palmieri, Tito Puente, Tito Rodríguez, Ray Barretto, Johnny Pacheco, La Orquesta Broadway, Richie Ray y Bobby Cruz”, reconoce.


Aparte de ser el nombre de un disco, Así se compone un son se convirtió en la pieza musical más famosa de Miranda, y fue creada por él mismo. “Tengo como 84 canciones escritas, y he grabado muchas de ellas”, precisa el sonero. “Siempre me ha gustado cantar el son montuno, y es por eso que decidí hablar en ese tema de cómo se crea uno de manera muy jocosa”.


Fuera del sentido del humor que posee la canción, ésta resulta ser también una suerte de manual de instrucciones que detalla un proceso que muchos quieren practicar, pero que pocos han logrado desarrollar con la maestría de eminencias como el mismo Miranda.


Y es que Así se compone un son no es un simple listado de ingredientes que se pueden conseguir en cualquier lugar; aunque explica algunos pasos necesarios en la estructuración de una pieza de este tipo –como la necesidad de encontrar en primer lugar “el motivo y el tema”–, termina por agregar “la inspiración y el sentimiento cubano”, dos elementos que resultan imposibles de obtener si es que no se llevan en el alma.


“Hay que entender de dónde viene esto para poder hacerlo”, asegura el boricua, quien siendo todavía un niño se integró en la Gran Manzana a grupos vocales que ejecutaban otros estilos musicales. “Lo que hacíamos entonces era el rock’n’roll de los 60s y de los 70s; al principio estaba un proyecto a capella llamado The 4 J’s, pero después formé Little Jr. & The Class Mates, un grupo que llevaba batería, bajo y guitarra”.


El asunto del “sentimiento cubano” se fue gestando sobre todo debido a lo que pasaba en su hogar paterno, donde se escuchaba mucha música latina hecha por tríos y orquestas. “A los 11 años yo ya tocaba un poco las congas y me gustaba hacer coritos”, prosigue; “pero cuando me mudé a la Calle 13, tres años después, me interesé mucho en este género, ya que en la cuadra donde vivía había mucha gente que tocaba percusiones y estaba envuelta en esto. Comencé a comprar mucha música cubana para empaparme [de ella] y poder tocar con esos músicos”.


Pese a haberse iniciado musicalmente con el rock’n’roll, Miranda asegura que nunca le tuvo prejuicios a su cultura nativa, como suele ocurrir con algunos latinos que nacen o crecen en los Estados Unidos y que ni siquiera hablan bien el español. “Siempre fui bien puertorriqueño, porque mis padres ni siquiera aprendieron a hablar inglés”, precisa. “Nuestra cultura era primero y después venía la local. Todos los boricuas teníamos ese orgullo; pero como iba a la escuela y estaba rodeado de amistades que vivían en otros lugares, compartía con ellas otros estilos, aunque al llegar a Puerto Rico me quitaba la camisa americana”.


En cuanto a su formación vocal, Miranda asegura haber tenido cierta educación académica con un profesor estadounidense –“en la 54 y Broadway”, como recuerda con precisión–. “Aprendí también mucho escuchando a Ismael Rivera; a Beny Moré; a algunas orquestas que tocaban música cubana, como la de Chapotín – donde cantaba Miguelito Cunín– y a cantantes puertorriqueños como Felipe “La Voz” Rodríguez”, recuerda.


“Pero hay que tomar en cuenta que me gusta interpretar muchos estilos distintos, porque he grabado música venezolana, dominicana y hasta temas navideños”, aclara. “Un cantante no debe limitarse a hacer un solo estilo, sino probar suerte en distintos terrenos”.


A pesar del paso del tiempo, este puertorriqueño conserva muy bien sus cualidades vocales, algo que no pueden decir todos los cantantes que han pasado la barrera de los 50. “Me he cuidado mucho a través de los años”, precisa. “Este es un don de Dios, y cuando Dios te da uno, te lo da perfecto; si lo cuidas, lo vas a tener toda la vida. Fíjate en Tony Bennet, que tiene más de 80 años. Yo creo que mi propia voz se pone más potente con el paso del tiempo”.


A mediados de los 70, justo en el mejor momento de Miranda, la salsa se encontraba en su máximo apogeo, una situación que no se presenta en estos días, cuando hay incluso muchos que la catalogan como un género muerto. “Eso es algo que yo no podría decir, porque grabo un disco nuevo cada año”, enfatiza el entrevistado. “Voy mucho a Colombia, Venezuela, Perú, Panamá, República Dominicana y Estados Unidos, y en todos estos países, además de que se escucha mucho nuestra música, llenamos los locales en los que nos presentamos”.


De todos modos, él mismo reconoce que la música ha cambiado mucho, y que la salsa que hace en la actualidad no es la misma que interpretaba 20 años atrás. “Han cambiado las letras y los arreglos musicales, así como el empleo de elementos de otros géneros, como el rap”, comenta. “Pero yo trato de seguir más o menos igual, como se puede notar en mi álbum más reciente, Edición Especial”.


Miranda sabe además que no existen ahora ni por asomo tantas orquestas como en los 70. “En esa época, un solo baile reunía en la misma tarima a Tito Puente, Larry Harlow, Eddie Palmieri, “Machito”, Ricardo Rey, Bobby Cruz, Ray Barretto, “La Lupe” y Willie Colón, y eso era todos los días”, rememora. “Ahora, si ponen a un artista es mucho. En Nueva York había como cincuenta clubes, y ocurría lo mismo en Puerto Rico y Venezuela; fue una época violenta”.


En el 1988, el boricua anunció su retiro, pero éste no llegó a consumarse –ni se debió aparentemente al bajón que experimentaba la salsa–. “Necesitaba un tiempo para relajarme y estar con mi familia, porque llevaba una vida muy agitada”, dice él. “Tenía que pensar también en mi hogar. Estuve fuera como dos años, porque después de eso regresé a hacer un programa de televisión y volví a los escenarios”.


La invasión actual del reggaetón ha llevado a muchos salseros a introducirse de un modo u otro en el mentado género, y Miranda no ha sido la excepción, porque Edición Especial –además de tener intervenciones estelares de Andy Montañez, Chucho Avellanet, Tito Nieves, Domingo Quiñones y Gilberto Santa Rosa– contiene un tema a dúo con el ‘rapero’ Cheka.


“Es un muchacho muy talentoso, que ha pegado bastante en Sudamérica y Puerto Rico”, justifica el sonero. “A mí no me gusta mezclar el reggaetón con la salsa, pero todos estos chicos que están haciendo reggaetón son muy salseros y muy fanáticos de nosotros, por lo que les tengo un gran respeto. No me niego a hacer algunas colaboraciones, porque ellos están haciendo lo que nosotros hicimos en los 70: cantarle a los barrios y darle consejos a la juventud a través de la música”.


Estas declaraciones pueden resultar un tanto extrañas si se sabe que Miranda es un excelente cantante, mientras que la inmensa mayoría de los reggaetoneros no le dan prácticamente nunca a la nota adecuada. “No me atrevería a decir eso, porque ellos tienen un sonido propio y cantantes de distintos niveles; además, lo mismo ocurre en nuestra música, porque algunos intérpretes de salsa son muy buenos y otros no”, aclara.


Según esta explicación, el que Andy Montañez, Tito Nieves y el mismo Miranda hayan grabado cosas de reggaetón por su lado respondería más a una cuestión de respeto que a la proclamada –y mucho menos romántica– necesidad de hacerlo para sobrevivir comercialmente. “No hay problema si alguien quiere hacerlo de ese modo, sobre todo si le sirve de ayuda”, defiende el boricua. “Tampoco es que se den muchas posibilidades para esta clase de colaboraciones, porque los raperos andan por su lado y nosotros por el nuestro, trabajando”.


Ismael se encuentra ahora mismo dándole los detalles finales a un disco suyo que debe salir entre octubre y noviembre. “Será un homenaje salsero a Nelson Ned”, precisa. Se trata de una clase de trabajo que ha venido haciendo en los últimos años, como sucedió con Tequila y ron (2003), un interesante tributo a José Alfredo Jiménez que fue nominado a un Grammy y que, según nuestro entrevistado, “fue un reto muy grande, porque tuvimos que cambiar todos los arreglos de mariachi a unos que fueran de salsa”.


“Nos interesa que el público sepa que podemos interpretar canciones de otros artistas con elementos de nuestro género y que el resultado puede ser muy bonito”, sigue el vocalista, que no trabaja siempre con un arreglista en particular, aunque sus últimos cuatro discos han sido producidos por Gilberto Santa Rosa.
Dentro de todo, y a pesar de su tendencia hacia la variedad –como fue el caso de los tres discos de boleros que grabó recientemente con Andy Montañez–, Miranda sigue siendo considerado como uno de los mejores exponentes de la rama dura de la salsa. “Y voy a seguir en eso, porque después del disco de Nelson Ned pienso sacar uno con canciones inéditas, algunas de ellas compuestas por mí”, puntualiza.


Como dato curioso, habría que señalar que tanto María Luisa como Manuela –dos de las más populares canciones de Miranda que llevan nombre de mujer– no son personajes que formaron parte de la vida amorosa del cantante, como él mismo nos lo señala. “No fueron esposas ni novias mías, porque esas canciones fueron compuestas por otros y yo las grabé”, comenta.

 
Miranda es padre de cinco y abuelo de siete. “Mi hijo menor está haciendo pistas de reggaetón y tratando de entrar poco a poco en lo que es producción de eventos”, dice. “Otro de ellos empezó a grabar un disco de salsa, pero nunca lo terminó, porque está ahora en la marina. Pero yo nunca los he empujado a hacer música ni les he dicho que no la hagan; me interesa, eso sí, que estudien y que tengan sus carreras”.


Finalmente, hay que señalar que el paso del tiempo tampoco le ha quitado al elegante Miranda el apelativo que se le diera cuando formaba parte de las Estrellas de la Fania, a principios de los 70. “Sigo siendo el ‘Niño Bonito de la Salsa’ ”, asegura con una risa. “No me veré como hace treinta años, pero hago mucho ejercicio y me cuido bastante”.


Mientras tanto, en medio de sus constantes presentaciones, Miranda espera el estreno de El Cantante, la película en la que Marc Anthony encarna a Héctor Lavoe, y en la que él mismo interpreta al padre del desaparecido sonero. “Filmando esto pasé uno de los momentos más felices de mi vida”, termina. “Hacer esta película con J-Lo y con Marc ha sido una experiencia muy linda”.

 

 

 
 

 

 

 

 

       
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