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PORTADA

RAY SEPULVEDA
Una voz distinta
Por Sergio Burstein
Lleva la música en la sangre. Su padre, Ray Sepúlveda Sr., era un
cantante de boleros que formaba parte de un trío llamado Los
Románticos, y fue él quien influyó en primer lugar la mentalidad del
entonces adolescente para que éste rectificara el rumbo musical que
llevaba hasta el momento.
“Yo nací y me crié en Brooklyn, y al principio escuchaba mucho a los
Beatles, pero con el paso del tiempo empecé a escuchar a El Gran
Combo, a Cortijo y su Combo y a Héctor Lavoe, que siempre será mi
ídolo”, es lo primero que nos cuenta el salsero, entrevistado por
nuestra revista a través de un contacto telefónico establecido con
La Gran Manzana.
Sabiendo que uno de los elementos más distintivos de nuestro
interlocutor es la particularidad de su voz –que alcanza tonos
sumamente agudos–, vale la pena preguntarle si esta característica
forma parte de la herencia paterna. “No, porque su voz era
completamente distinta a la mía, con un tono muy grave”, afirma Ray.
“Lo que mas aprendí de él fue el aprecio por la música romántica, y
eso fue justamente lo que me impulsó a fines de los 80 a grabar la
balada en salsa, a la que se llamó salsa romántica, y que es el
estilo que realmente me hizo conocido, porque antes de eso había
hecho con varias orquestas algunos discos de salsa brava”.
Para reafirmar su interés en las composiciones de matiz amoroso,
Sepúlveda señala que le encantaría incluso grabar en algún momento
un disco completo de baladas y de boleros, con la participación de
una sección completa de violines. En todo caso, su primera
aproximación al género practicado por su padre se dio recién en su
quinto disco como solista, Salsabor, donde incluyó Sin yo darte
motivo, un bolero compuesto por Miguel Angel Amadeo.
“Lo hice en ese momento porque me di cuenta de que los boleros
prácticamente habían desaparecido, y eso era algo injusto, ya que se
trata de una música preciosa”, confirma el artista.
Para entender al Ray Sepúlveda del 2006 hay que retroceder a la
década de los 70, cuando él era un jovencito de 14 años que se
encontraba obsesionado por los rudos sonidos del rock’n’roll.
“Llegué a tener una batería con la que practicaba en la sala de mi
casa, volviendo loca a mi mamá con el ruido”, recuerda con una risa.
“Había formado incluso con unos amigos un grupito de ese estilo.
Pero a los 15 años me mudé a Puerto Rico, y fue allí donde la salsa
me conquistó realmente”.
Durante sus seis años en la Isla del Encanto, Ray empezó a curtirse
en las lides de la música tropical, dando sus primeros pasos (o,
mejor dicho, gorgojeos) a los 17 años como corista de La Justicia –que
más tarde se conocería como La Solución–. Hay que remarcar que lo
suyo fue un aprendizaje natural y callejero. “En las playas y en los
parques se armaban las rumbas, con las congas al lado, y yo me
atreví un día a meterme a cantar por allí, hasta que me llamaron
para La Justicia”, rememora.
En 1977, mientras estudiaba Educación en una universidad de Puerto
Rico, Ray recibió una invitación para realizar una grabación –la
primera de su carrera– con la Orquesta Sociedad 76, lo que llevó a
regresar inmediatamente a Nueva York. “Mi sueño era grabar algo, por
lo que acepté de inmediato”, comenta. “En ese entonces usaba el
nombre ‘Ray Ramos’, empleando el apellido de mi mamá, porque me
habían dicho que Sepúlveda no era comercial. Pero cuando regresé de
un retiro que me tomé en determinado momento, lo hice llevando
adelante el orgullo de ser hijo de mi padre, sin importarme mucho
que los anglosajones tuvieran que esforzarse para poder pronunciar
el apellido”.
Lo siguiente para Ray, a principios de la década de los 80, fue una
breve pero provechosa colaboración con el legendario Héctor Lavoe.
“Hice algunas presentaciones como corista suyo, y fue una
experiencia memorable, a pesar de que muchas veces él se iba a la
mitad del show y yo tenía que cantar las canciones; o ni siquiera se
aparecía, porque estaba atravesando su etapa más difícil”, dice el
entrevistado. “Los músicos se molestaban, porque cuando Héctor no
llegaba, los shows se cancelaban y eso los dejaba sin nada; pero
cuando aparecía, su trabajo era tremendo, tremendo”.
En 1983, Sepúlveda se unió a la Orquesta de Adalberto Santiago, que
llegó a tener una participación en Moscow on the Hudson, una popular
película protagonizada por Robin Williams y María Conchita Alonso.
“Salíamos en una escena, tocando en el club Casablanca, que ya no
existe”, recuerda Ray, no sin cierto dejo de nostalgia. “También fui
extra del filme Turk 182, porque me interesaba probar suerte en
cosas distintas”.
Justo cuando todo parecía sonreírle a Sepúlveda en el área artística,
la salsa sufrió un severo declive que lo llevó a retirarse por seis
años de la profesión. “Me conseguí un trabajo muy seguro con el
Servicio Postal de Estados Unidos, porque tenía dos niñas y debía
pensar en mi familia y en mi futuro”, enfatiza.
“Trabajaba de noche y los fines de semana, y eso no me permitía
hacer nada de música; tuve que rechazar ofertas de Ray Barretto y de
‘Perico’ Ortiz, porque no me garantizaban el dinero que me daba el
correo, ya que el género estaba en un mal momento”, prosigue el
artista. “Estuve totalmente retirado; ni siquiera iba a los shows de
otros, porque me sentía triste al no poder hacer lo que quería”.
El regreso de Ray a los estudios se dio en 1988, “para hacer un
producto que era la balada en salsa”, según sus propias palabras.
“Ya estaban en su apogeo Frankie Ruiz, Eddie Santiago, Willie
González y Luis Enrique, y acepté la propuesta de un productor para
grabar un disco de ese estilo, pero sin asegurarle que pudiera
participar en giras y viajes”.
El proyecto se llamaba Johnny y Ray –porque incluía a Johnny Zamót y
su primer disco, Salsa con clase, contenía el sencillo Mi amor amor,
cuyo éxito fue francamente sorprendente, llevando a Sepúlveda de
regreso a las tarimas. Según Ray, fue producido por Sergio George, a
quien el mismo cantante atribuye la gestación del estilo vocal que
lo hizo famoso.
“Sergio George produjo completamente el álbum, pero Johnny no le dio
ningún crédito, tratando de decir que él había hecho todo”, se queja
Ray, dando cuenta del poco aprecio que tiene por su ex-compañero.
“Pero bueno, todo el mundo ya sabe cómo es Johnny Zamót, porque
después de que yo saliera del grupo –porque ya no soportaba sus
pendejadas, con el perdón de la palabra–, él quiso continuar
aprovechándose de nuestra fama, cambiando el nombre de Johnny y Ray
por el de Johnny Ray, para tratar al menos de mantener a algunos
seguidores con el recuerdo de lo que habíamos hecho juntos, aunque
eso lo llevara a emplear mi nombre con fines completamente
personales”.
Tras dejar de trabajar con Samó, Sepúlveda inició su carrera como
solista, dedicándose de lleno a un estilo que le ha dado sus mejores
créditos ante la audiencia. “Donde quiera que voy, la gente me pide
siempre los clásicos, que son Mascarada, Margarita, Bandolera, Mi
amor amor –de mi etapa con Johnny y Ray–, Dónde estarás –que hice
como solista– y No vale la pena, un súper éxito internacional que
grabé con Johnny Rivera y La Perfecta Combinación”.
Según Ray, nunca le preocupó que los salseros de la escuela dura no
tuvieran muy buena opinión sobre el citado estilo ochentero, al que
llegaron a ponerle adjetivos poco amables. “Sí, como salsa monga”,
reconoce Sepúlveda con una risa. “Pero yo me crié con la salsa dura,
de la Fania, de fines de los 60s, cuando el género empezó a agarrar
fuerza. Eso es lo que me llama en realidad la atención, aunque creo
que lo romántico debe ser considerado, porque, modestia aparte, lo
hago muy bien, aunque pertenezco a la escuela de sonero. La verdad
es que es mejor hacer ambas cosas”.
En ese sentido, Ray menciona a cuatro vocalistas como influencia
esencial en su carrera (“aparte de mi papá, que no era salsero”):
Héctor Lavoe, ‘Chamaco’ Ramírez, Tito Allen y Néstor Sánchez, “el
Albino Divino”. “Claro que también admiro a Ismael Rivera, sobre
todo durante su época con Cortijo y su Combo; y a El Gran Combo,
porque se escuchaba mucho en mi casa”.
La influencia no se debe necesariamente a los timbres de voz, porque
no todos sus ídolos poseen el mismo que él. “Lavoe tenía un tono muy
alto, Chamaco no tanto; en todo caso, me baso más en el estilo de
Allen y Sánchez, en su manera de sonear y en el hecho de que pueden
dar tonos muy agudos”, aclara.
Los dos primeros discos solistas de Sepúlveda fueron Un poquito más
(1991) y Con sabor (1992), que fueron producidos musicalmente por
Sergio George y contenían un par de temas en inglés. “Siempre va a
haber un público al que le gusta eso, porque donde quiera que voy,
hay gente que me pregunta cuándo voy a grabar otra canción en
inglés”, justica el cantante.
En 1994 llegó un tercer álbum, Llegaste tú, producido en Puerto Rico
con la dirección musical de Julito Alvarado y la inclusión de uno de
los más grandes éxitos románticos de Ray: Cuando vuelvas conmigo.
El cuarto trabajo se lanzó en 1997 y se llamó De todo un poco. La
producción recayó en las manos del pianista dominicano Ricky
González, quien además se convirtió en director musical de la
orquesta de Sepúlveda por más de cinco años. El álbum contenía un
llamativo dúo con Tito Nieves, La dama de mis amores, que se hizo en
honor a Puerto Rico.
El quinto disco solista, Salsabor, se lanzó en 1999, y es su trabajo
discográfico más reciente. “Mucha gente me dice que ya es tiempo de
que grabe otro, pero no lo he hecho porque el reggaetón está tan
fuerte ahora que pienso que sería una pérdida de tiempo lanzar algo
nuevo en estos momentos”, explica Ray. “Pero ya tengo ciertas ideas
para hacer algo”.
Muchos respetados soneros provenientes de la escuela tradicional,
como Andy Montañez y Tito Nieves, han aceptado la supremacía del
reggaetón al grabar discos en los que emplean a artistas del ritmo
de moda, pero Sepúlveda asegura que no se encuentra listo para hacer
algo así.
“No me llama la atención, pero uno no puede decir ‘de esa agua no
beberé’, porque no me gusta criticar a los artistas por el género
que hacen ”, señala. “Hay gente que me dice que lo haga para
mantenerme vigente o por el dinero; pero no puedo hacer algo que no
me de un sentimiento determinado, con lo que no me sienta a gusto”.
En todo caso, luego de haberse tenido que dedicar durante varios
años a labores ajenas a la música para poder mantenerse, y a pesar
de no tener un álbum nuevo en el mercado, Ray puede darse el lujo de
vivir nuevamente de lo que sí le gusta, ya que no le faltan
actuaciones en vivo (como la que lo traerá durante el mes de agosto
a la ciudad de Los Angeles).
“Yo vivo de mis presentaciones, no de la venta de mis discos”,
confirma. “La gente me llama para actuar por las canciones que ya
hice, por las que fueron grabadas hace varios años”.
Además de la música, Ray es un verdadero fanático de los Yankees, el
afamado equipo neoyorquino de béisbol. “El año pasado tuve el placer
de estar en un reality show con el que viajé al lado de ellos,
viendo cada juego de la temporada”, dice con entusiasmo. “Me pagaron
un salario, salí en la televisión cinco veces a la semana en el
canal de los Yankees y nos dieron incluso un premio Emmy. Fue una
experiencia increíble, aunque resultó bastante agotador, porque duró
cerca de siete meses y sólo pude presentarme como cantante tres
veces durante ese tiempo”.
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