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PORTADA

BEBO VALDES
El pianista eterno
Por Sergio Burstein
A los 87 años de edad recién cumplidos, Dionisio Ramón Emilio Valdés
Amaro (Bebo para todo el mundo) sigue siendo considerado no sólo
como uno de los mejores pianistas del mundo, sino como una verdadera
leyenda viviente, comparable sólo al desaparecido Ernesto Lecuona,
también cubano.
A pesar de su edad, el maestro se encuentra en plena actividad,
grabando discos, ofreciendo conciertos (se acaba de confirmar su
actuación en la próxima ceremonia del Grammy Latino) y creando
música del más alto nivel, como la que se puede escuchar actualmente
en Bebo de Cuba, un impresionante recorrido por los distintos
estilos y ritmos de la isla que está siendo distribuido en este país
por DLN.
Además, quienes quieran tener un acercamiento visual mayor a este
genio de la música (ya que el citado álbum incluye un DVD donde se
le ve durante el proceso de creación de la obra), pueden asistir en
estos días al Festival Internacional de Cine Latino de Los Angeles,
donde el mismo Bebo se convierte en protagonista del documental El
milagro de Candeal, dirigido por el reconocido cineasta español
Fernando Trueba (Belle Epoque, Calle 54, La niña de tus ojos).
Por lo pronto, y para no dejarlos más con la miel en los labios, les
brindamos la larga entrevista que sostuvimos con el lúcido y locuaz
pianista, director de orquesta, arreglista y compositor, la misma
que se efectuó a través de una conexión telefónica con su hogar en
la lejana ciudad de Estocolmo, en la que vive desde hace muchos años.
Usted salió del largo retiro en el que se encontraba en el 94,
gracias a una invitación de Paquito D'Rivera para la grabación del
disco Bebo Rides Again. Se supone que fue un favor para él, porque
cuando le llegó la propuesta, Ud. no quería aceptarla. Pero desde
entonces ha estado grabando mucho; ¿eso quiere decir que el éxito
que tuvo ese álbum lo convenció de que era el momento de regresar?
Nunca me retiré; no salía a tocar, pero seguía escribiendo música y
arreglos. Cuando hago mis composiciones, las hago porque me gustan;
si no las uso yo, quedarán para mis hijos. Paquito tenía las ideas,
pero no los arreglos; el problema es que tuve que hacer todo para
ese disco en 36 horas, y eso fue lo que me llevó a negarme al inicio,
porque era muy duro. Hacía 34 años que no grababa, porque acá en
Suiza no se me presentaba esa clase de ofertas; yo era un
desconocido. Tocaba en un bar donde lo que les interesaba era la
música internacional, americana y europea. Es que tuve que cambiar
[de estilo] para mantener a mi familia.
La más reciente adición a su nuevo catálogo es el disco Bebo
de Cuba, que acaba de ser lanzado en Estados Unidos. Es un trabajo
doble donde se le escucha tocando maravillosamente. ¿Le cuesta
trabajo hacerlo a estas alturas?
Los pianistas tienen un enemigo en común: el reuma o 'la triste'.
Mientras uno no tenga eso, puede seguir tocando, y mejorar incluso
con el paso del tiempo. Hay algunas cosas que se van yendo, como la
memoria; pero hay otras que vienen con la experiencia. Sigo
manteniendo mi estilo, pero creo que ahora tengo más variaciones,
porque puedo meter a veces detalles clásicos; irme después por una
rumba; tocar distintos tipos de boleros que he ido conociendo con
los años, o experimentar de otro modo con el guaguancó. Cuando un
ambiente se satura, hay que probar con otras cosas.
Justo en la época en la que Ud. regresó al mercado
discográfico, se dio todo el fenómeno de Buena Vista Social Club,
que fue el mayor boom comercial que tuvo Cuba a nivel mundial
despues de muchísimo tiempo ¿Cómo vio Ud. el proceso teniendo en
cuenta que es un artista exiliado?
Cuando subió en Cuba el gobierno que sigue en el poder, dijeron que
querían al “hombre nuevo” en todos los sentidos; que no era posible
tener a gente con una mentalidad que estuviera en el pasado. La
mayoría de estos muchachos tocaban conmigo, como Omara [Portuondo] o
Ibrahim [Ferrer], que tenía unos falsetes muy lindos. Tuvieron que
pasar 40 años para que llegara una persona de otro país e hiciera
famosos a esos artistas. Eso fue un orgullo para mí y para todos los
cubanos. Cuando yo hablo de música, no me refiero nunca a la
política.
En los últimos meses han fallecido muchos de ellos… ¿qué
sensación le genera eso?
La ley de la vida es así: se nace y se muere. Hay que aceptarlo.
Casi todos los que tocaron conmigo al principio, entre ellos Luis
Escalante, Gustavo Más, los hermanos Hernández y “El Negro” Vivar,
están ya muertos. Como me dijo “Cachao” [López] hace unos días,
quedamos sólo cinco o seis de esa generación. Yo sigo ahora en esto,
pero no por el simple hecho de seguir, sino porque me produce
satisfacción escribir y tocar. Cuando no estoy ante el público, toco
en mi casa para mí mismo, y hago mis escalas y mis arpegios para
mantenerme en forma. Cuando uno es músico muere con eso, y sigue en
lo suyo hasta que el cuerpo lo permita; da la mismo que tengas 10
años o 100, porque lo harás aunque estés enfermo, hecho una basura.
Es que esto es como un virus que no se va nunca.
¿Está de acuerdo con que no se deje entrar a artistas cubanos
de la isla a Estados Unidos?
Ese problema empezó por otro lado. Cuando yo estaba en Cuba en el
59, si me agarraban con un dólar, me metían en la cárcel. Nosotros
éramos una generación que no convenía; pero estos nuevos muchachos
han nacido y se han educado en un régimen del que nosotros, los que
nos fuimos primero, somos enemigos. Son cubanos que pueden ser parte
de mi familia, y que buscan ganarse la vida; no debemos atacarlos,
porque no tienen la culpa de que a ellos los hayan educado de esa
manera y a mí de otra. Ese es el problema de los políticos, que no
se dan cuenta de las diferencias.
Se supone que el paraíso de los exiliados cubanos es Miami,
pero Ud. vive en Suiza.
Estuve un tiempo allá antes de venir a Europa. Lo que pasa es que en
México trabajaba para Hispavox, donde le hacía los arreglos a [los
cantantes chilenos] Monna Bell y Lucho Gatica; y de ahí me mandaron
a trabajar a un festival en Madrid. Yo quería conocer Europa, porque
tenía más de cuarenta años y nunca había estado allí. Luego llegué a
Helsinski y conocí a la que es mi esposa, en el año 62. Cuando vino
la crisis de los misiles, mis amigos cubanos me dijeron: “Olvídate
de Cuba, ya no hay esperanza de volver; mejor cásate y quédate por
aquí, que éste es un buen país”. Eso hice, y me salió muy bien,
porque llevamos 42 años casados, y acá tengo hijos y nietos, así
como mi casa y mi pensión. Si sigo trabajando es porque me gusta
hacerlo, no por necesidad.
Parece raro que un músico cubano se sienta a gusto en un país
tan frío.
El primer trabajo que tuve al llegar a Suiza, cuando sólo tenía
pasaporte de refugiado político, fue en el Círculo Polar Artico y en
invierno, cuando no hay sol. Pero cuando llegué me di cuenta de lo
lindo que era ese lugar; le recomiendo que vaya. Es muy distinto a
lo que se ve en otras partes del mundo. ¡Hacen un agujero en el mar
congelado y se bañan allí! Dicen que es muy saludable.
“Bebo de Cuba” es un disco con un sabor muy tradicional, pero
“Bebo Rides Again”, el del regreso, tenía incluso guitarra eléctrica,
algo que definitivamente no estaba en la mira suya cuando hizo las
grabaciones de los años 50.
Al inicio no usaba ninguna clase de guitarra, pero después me di
cuenta de que podía servir para que no todo el show fuera de puro
piano. Además, yo no escogí a los músicos en ese disco [Bebo Rides
Again], sino que lo hizo Paquito. De todos modos, Carlos Emilio
Morales [de Irakere] es un guitarrista divino, al que conocí en Cuba
cuando él era muchacho. La idea para ese álbum fue poner músicos de
los dos bandos.
A partir de ese momento, Ud. empezó a colaborar con algunos
musicos que aún viven en la isla, incluyendo a su hijo Chucho; pero
hay artistas del exilio que se niegan hasta a compartir un escenario
con estas personas.
No trabajo con músicos que se hayan metido mucho en la política;
pero hay otros que por vivir allí tienen que aceptar la situación,
les guste o no les guste, y no se les pregunta sobre eso. El
problema es el doble sentido y el doble cinismo: si a mí no me gusta
el sistema de Cuba, ¿cómo es que le mando siempre algo a los
familiares o a los amigos que están allá? Es que lo hacemos por amor
hacia ellos.
Se sabe que Ud. dejó de ver durante mucho tiempo a su familia
de allá, pero este resurgimiento musical le permitió incluso
compartir un escenario con una nieta suya de 20 años, radicada en la
isla, que aparentemente es una fabulosa pianista, ¿verdad?
Donde quiera que esté un hijo mío, seguirá siendo mi hijo; ahí no
vale la política. Dejé de ver a Chucho durante dieciocho años,
porque él no iba a los lugares a los que yo iba. Después del 78,
empezó a ir a Estados Unidos todos los años. Tanto él como yo
hicimos al lado de esa nieta un concierto a tres pianos en Tenerife.
Y hace sólo unos días, para celebrar que yo cumplía 87 años y él 64,
Chucho y yo dimos juntos un concierto de dos horas y media en España.
Cuando yo me fui de Cuba, Chucho era mayor de edad; a los 16 años ya
era un señor pianista, y tocaba en mi orquesta Sabor de Cuba. El
empezó con el piano a los 4 años, y durante 10 tuvo como maestro a
un profesional extraordinario que le dio toda la educación que yo no
pude tener.
Hay una composicion en “Bebo de Cuba” que se llama Cachao, el
creador del mambo, y que tiene un título que refuerza mucho la
teoría suya de que 'Cachao' fue quien invento el mambo y no Pérez
Prado, como creen muchos.
La gente se confunde: una cosa es triunfar internacionalmente, y
otra es crear. Lo hizo 'Cachao' con su hermano; tenían incluso un
danzón que se llamaba Mambo, donde más allá de darle nombre al
género, desintegraron la estructura musical tradicional para darle
una nueva forma. Eso pasó en los años 30, cuando nada de eso existía
aún.
Siguiendo con las definiciones y las redifiniciones, sé que a
Ud. no le gusta el nombre de Latin jazz, sino que prefiere el de
AfroCuban jazz, ¿verdad?
Esto es cosa de negocios. En los 50s se decía 'música afrocubana', y
ahora se la quiere conocer con unas denominaciones que no la
distinguen realmente de lo que se hace en México u otras regiones
del Caribe. En el año 28 existía ya una canción de Ignacio Piñeiro
que se llamaba Echale salsita, dedicada a un señor que vendía
longaniza cerca de Matanzas.
Despues de Paquito, llegó a su vida el director de cine
español Fernando Trueba, quien ha tenido también mucho que ver con
la promoción de su carrera en los últimos años, empezando por la
invitación que le hizo para la película Calle 54, pasando por
Lágrimas negras -el disco con Diego “El Cigala”- y terminando no
sólo con el documental El milagro de Candeal, sino también con este
nuevo disco doble, del que fue productor.
Lo conocí en el 99, y empezamos a trabajar inmediatamente juntos.
Aunque no lo diga, él también es músico; toca muy bien el saxofón y
el clarinete. No me extrañó que siendo español se interesara en esta
música, porque antes estuvieron figuras del mismo país como Enrique
Madriguera y Albeniz. Hay muchos músicos españoles que han vivido en
las Antillas. Oye bien esto que te voy a decir: un cubano es un
ibero-afro, o un afro-ibero, porque Cuba fue colonizada por gente de
todos los pueblos de España. Ellos trajeron esclavas negras, y así
nacieron en Cuba miles de mulatos, porque no habían mujeres
españolas. Todo allí es una mezcla.
El Festival Internacional de Cine Latino de Los Angeles nos va
a dar la oportunidad de ver en estos días El milagro de Candeal, un
documental filmado en Salvador de Bahía (Brasil) en el que Ud. tiene
un papel muy importante. ¿Qué lo llevó a involucrarse en el proyecto?
Soy católico, pero una parte de mi familia es africana, al menos por
parte de mi padre. Mi tía era santera, yoruba o como lo quieras
llamar. Hace mucho tiempo me recomendaron que no dejara de ir a esa
ciudad, porque las cosas están en estado puro por allá, al igual que
en Africa. Fui por el trabajo con Trueba, pero también por una
cuestión religiosa, porque cuando mi madre murió, no pude verla;
pero cuando fui a este lugar, me encontré con una señora llamada
Evangélica, a la que le dicen Mayamba, que era mi mamá. Y eso fue
maravilloso.
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