Hacer
música de verdadera extracción popular no es una labor fácil en un
mundo que se guía muchas veces por las demandas de la radio
comercial y que, además, si quiere ser plenamente rentable, debe
satisfacer ahora a una audiencia de gustos sumamente diversos.
Para
Albita, sin embargo, la cuestión artística parece haber tenido
siempre prioridad, aunque haya pasado una parte de su carrera al
lado de Emilio Estefan Jr. (un productor que no se ha
distinguido precisamente por su devoción al universo musical
alternativo o a las tradiciones culturales) y coquetee recientemente
con estilos como el rap y hasta la ‘banda’.
Ubicado
ahora en el ámbito independiente, el arte de la cantante cubana no
tiene quizás la distribución de sus años más venturosos en términos
comerciales, pero conserva el respeto de su público y le permite
seguir presentándose ante audiencias masivas en distintos puntes del
orbe, como será el caso de las tres presentaciones que realizará en
Los Angeles en jornadas venideras.
Cuando Albita lanzó al mercado discográfico Son,
hace ya cinco años, estaba tomando una decisión particularmente
relevante en su carrera, ya que se trataba del primer álbum que
lanzaba en Miami sin el amparo de Sony Music y, más precisamente,
sin Crescent Moon, el subsello de Emilio Estefan Jr. para el que
trabajara de 1995 a 1998, obteniendo el reconocimiento internacional
del que aún goza.
Fue un
cambio importante en la vida de una artista que, en la etapa
anterior de su vida, se había visto enfrentada a la separación de su
patria -que abandonó por razones políticas-, y que, después de los
lujos y del glamour con que la acunó la industria del exilio
en la Florida, tuvo que continuar con sus ambiciones musicales de
manera independiente.
Pese a
todo, la cantante cubana no tiene palabras de reprobación para su
famoso compatriota. “Tú puedes tener discrepancias artísticas con un
empleador y eso no quiere decir que te vayas a parar en la esquina a
hablar mal de él”, asegura. No parecen importarle tampoco las voces
que acusan a Estefan de haber creado una ‘dictadura artística’ en
Miami. “Esos son chismes de farándula que no tienen nada que ver con
una cosa seria”, dice de manera escueta, dando por cerrado el tema
(y es que, según nos enteramos después, la artista renovó hace poco
relaciones contractuales con Estefan, aunque ésta vez lo haya hecho
sólo en el área de la composición de canciones).
Aunque la
misma entrevistada reconoce que Una mujer como yo (1997) -su
último trabajo para la discográfica Sony- fue “muy obvio, muy
comercial, y siguió caminos trillados, tuvo canciones que quedaron
bien. Son, en cambio, fue un disco más conceptual, una
búsqueda de raíces, pero con arreglos contemporáneos y mucho trabajo
armónico. Quise darle preferencia al son en sí; demostrar que es un
género muy vasto, que no sirve sólo para bailar, sino que puede
tener un texto y arreglos más complicados, aunque también puede ser
muy simple y recurrir al lenguaje, tanto musical como literario, del
pueblo”.
La
historia de Albita Rodríguez como ser humano se inicia en La Habana;
y aunque se sabe que la isla es la cuna definitiva del son, la misma
cantante recuerda con pesar que, paradójicamente, durante los años
80, sus contemporáneos se empeñaban en escuchar música “de fuera”
para burlar las restricciones gubernamentales que imperaban sobre
todo lo que estuviera cantado en inglés. “Cualquier cosa que viniera
de otro país era mejor que lo nacional, por malo que fuera”,
reconoce. “Hay un chiste cubano muy desagradable: cuando le
preguntan a un niño qué quiere ser de grande, éste responde:
extranjero”.
Pero ella
no tuvo una formación convencional; aunque al ir a la escuela y
salir a la calle se ponía en contacto con este medio juvenil que
negaba las tradiciones, sus padres, que son campesinos, la criaron
en medio del respeto y la valoración hacia el arte de los
antepasados. “No rechacé ninguna de las dos facetas,
afortunadamente, porque ambas son válidas y tienen que ver con mi
formación actual, ya que en mi más reciente producción
independiente, Albita llegó, incluyo hasta elementos del rap”,
cuenta. Pero quizás lo más importante fue el ambiente
musical del hogar, donde se sucedían fiestas, serenatas y parrandas.
“Nunca estudié música”, admite la cantante. “Lo que estudié fue
radiomecánica de aviación. Eso hace quizás que tenga una
aproximación más libre a la música, porque trato de recoger las
cosas que escucho en todos los países que visito”.
Sin
embargo, fuera de todas las fusiones a las que alude, Albita se ha
mostrado siempre muy dispuesta a revalorizar el punto guajiro, un
género del campo que sus padres le enseñaron a apreciar y que, según
ella, nunca había sido recogido en grabación alguna hasta hace unos
cuantos meses, cuando ella misma le produjo un álbum a sus
progenitores, quienes en la citada placa aparecen como un dúo.
“El punto
guajiro está compuesto por décimas que se improvisan en el momento”,
asevera la artista. “Tienen un nivel literario muy alto para ser
producto de la inspiración, y no ha sido fácil trasladar estas
originales influencias a mi repertorio, que de todos modos no
utiliza esas formas en su estado puro. Improvisar en este estilo es
muy complicado, pero lo que sí aprendí desde niña es a hacer
décimas, y las incorporo a casi todas mis canciones”.
La
trayectoria artística de Abita se inició en los clubes nocturnos de
la capital cubana y en el programa televisivo de variedades
Palmas y Canas. En 1998 logró lanzar su primer y único disco en
la isla, a través del sello Egrem, convirtiéndose aparentemente en
una de las artistas favoritas de Fidel Castro. Su respeto por la
música tradicional se notaba ya en el tema Habrá música guajira,
que se convirtió en un verdadero éxito, mientras que Son de
Tahurete rememoraba el periodo en el que Cuba se enfrentó a
España en busca de su independencia.
Pero
parece que había alguien más que buscaba su propia independencia: en
1992, la cantante logró un permiso y un contrato para actuar en
Latinoamérica, y una vez instalada en Bogotá, Colombia, decidió no
regresar más a su lugar de origen, trasladándose un año después a
México y obteniendo poco después asilo en los Estados Unidos. La
estadía en Miami no le pudo resultar más provechosa; al poco tiempo
de llegar, firmó con Crescent Moon/Epic para el lanzamiento de No
se parece a nada (1995) y Dicen qué (1996), dos álbumes
que apelaban todavía a estilos tradicionales de la isla, basándose
muchas veces en experiencias personales.
El
siguiente trabajo, Una mujer como yo -del que se ha hablado
ya al inicio de este artículo-, intentó cambiar la ruta musical con
los resultados que se comentaron arriba, marcando el inicio
independiente y un afortunado regreso a terrenos muchos más acordes
con la tradición que la cantante pretende mantener, plasmado en
Hecho a mano, un trabajo prácticamente acústico, muy rural, que
curiosamente fue sucedido por Albita llegó (2004), su más
reciente producción –lanzada con Angels Dawn, su disquera propia-,
donde impuso un cambio rotundo de estilo.
Como la
misma cantante reconoce, “este disco, a pesar de mantener muchos
elementos cubanos, tiene también cosas del hip-hop y de la música
‘banda’ mexicana”, algo que se plasma en el sencillo Que me
quiten lo bailao, donde se encuentran el rap, el sucu sucu y el
vallenato.
“Es que
realmente nunca he sido una cantante tradicional”, se defiende ella.
“Y ni siquiera es que me preocupe demasiado por definir mi estilo de
canto [NR: fuerte y grave], ya que es algo que me sale naturalmente,
desde que era muy chica; no me he detenido nunca a analizar lo que
hago. De todos modos, ser artista en estos días es muy difícil,
porque la gente que te escucha proviene de culturas muy distintas”,
agrega, queriendo quizás con esto justificar su apelación a ritmos y
estilos tan ajenos al quehacer estrictamente cubano.
Cuando se
le pregunta si el hecho de trabajar ahora de manera independiente es
una limitación (de hecho, sus dos últimos discos han pasado bastante
desapercibidos en estos lares), la entrevistada asegura que no lo
siente así. “Estoy acostumbrada a hacer las cosas de ese modo; de
hecho, la etapa con esa compañía grande fue breve, y antes de eso yo
ya lo hacía por mi cuenta, como pasó incluso desde niña, cuando
trabajaba en la televisión cubana”, explica. “Nunca he dejado de
estar en actividad; ahora mismo tengo programada una gira en Europa,
y al menos dos veces al año me invitan a festivales de jazz”.
Finalmente, sabiendo que Albita es una de las portavoces más
enérgicas del anti-castrismo (y a pesar de que la intención de esta
revista es musical y no política), se hacía necesario hacerle al
menos una pregunta sobre una militancia que la ha llevado a
manifestar su apoyo por el presidente George W. Bush. “No es que
éste sea el sistema ideal”, dice ella, refiriéndose evidentemente a
Estados Unidos; “pero por lo menos recibes otras opiniones. El
problema en Cuba es que desde que naces hasta que mueres oyes una
sola cosa y piensas que todo es así. Cuando sales, te enteras de
todo lo que no te cuentan dentro. Yo viví 30 años de mi vida en Cuba
y sólo hice un disco, porque rogué y supliqué, y se supone que
debería estar agradecida toda la vida porque ellos me ayudaron”.