...Su revista de música tropical...  

Home
Ediciones anteriores
Artistas incluidos
Calendario
Salsa clubs
Restaurantes
Nosotros
Elenco de escritores
Enlaces
Subscríbase
Contáctenos

 

 

 

 

 

PORTADA

 

Carlos Vives

La provincia eléctrica
Por Sergio Burstein

 

Los pobladores de la costa colombiana venían tocando el vallenato en playas, fiestas y parques desde el siglo XIX. En tiempo más recientes, artistas como Los Embajadores Vallenatos, Binomio de Oro y Lisandro Meza (antes de renegar del género) desgranaron con entusiasmo sus composiciones por diversos escenarios. Pero tendría que llegar un joven galán de telenovelas para que el género trascendiera fronteras y adquiriera un éxito inimaginable a principios de los noventa. 

 

No hay que interpretarlo mal: aunque se hizo conocido como protagonista de innumerables teledramas, el caballero, nacido en Santa Marta, soleada región caribeña, mostró desde su primer álbum –un logrado tributo a los compositores clásicos del vallenato que llevaba por nombre Carlos Vives, Clásicos de la Provincia– enormes méritos artísticos. Claro que algunos lo podían considerar un advenedizo: fue una de sus incursiones televisivas la que le permitió conocer el ritmo tropical. Antes, Vives había probado suerte en la balada. “Como trabajaba en telenovelas y era uno de los galanes de la época, la industria pensó que lo mío iba por ese lado”, nos comentó el artista durante una entrevista realizada en Los Angeles. “Yo no tomaba muchas decisiones sobre lo que hacía y lo grabé contento, aunque regresara a mi casa y me cantara un vallenato, porque la música de mi localidad siempre tuvo un lugar especial en mi familia”.


El hecho de interpretar al legendario compositor de vallenatos Rafael Escalona en la telenovela del mismo nombre le permitió interesarse en una música que hasta entonces no le había llamado tanto la atención como para dedicarse en cuerpo y alma a ella. Carlos Vives, sin embargo, no era nuevo en esto de la melodía; desde chico se paseaba con su guitarra y tocaba en reuniones familiares, aunque había estudiado arte dramático y publicidad. “Mis papás ya me habían enseñado a apreciar el vallenato, asistiendo a parrandas donde nos reuníamos para escuchar canciones en las que terminaban involucradas las mismas personas que estaban allí presentes”, asegura.


El mismo artista ha insistido siempre en marcar diferencias entre ese folclor natural y el que surgió dentro de la industria discográfica. “Sus productores han sido personas de las grandes ciudades que trabajan detrás de escritorios, muy alejados de la filosofía verdadera del género. Cuando llegaban los artistas de la provincia les decían: “Ustedes no se pueden ver pobres; tienen que vestirse así, con estos colores brillantes, y salir en la portada del disco con una niñas en bikini. Siempre me ha preocupado mucho la frase ‘vestir de gala al folclor’, porque esa gala a la que se refieren distorsiona su sentido original”.


Son estos ejecutivos, según Vives, quienes lo atacaron cuando decidió dedicarse al vallenato, no sólo por su apariencia física, sino también por las modificaciones que le hizo al género. “Que el pelo largo, que los pantalones cortos, que la carita de galán, que no era el mejor cantante... Había recelo por parte de ciertos grupos muy establecidos”, asegura el samario, que se basó en estos problemas para hacer una canción titulada Malas lenguas, incluida en el álbum Tengo fe. “Pero en el mundo del auténtico vallenato siempre fui bien recibido. Respeto a esa gente por su servicio a su humanidad. Los más humildes suelen ser los más generosos”.


Fuera de la cuestión musical, lo primero que se criticó fue su aspecto, debido a su supuesta falta de pertenencia racial al grupo de los que se consideraban como auténticos intérpretes populares. “Eso es un cliché que tenemos”, nos aseguró Carlos. “Somos la mezcla de muchas cosas; no existe un tipo latinoamericano.


Mi papá era un médico blanco de una ciudad pequeña, que no cogía sol porque le daba cáncer a la piel; pero que, terminado su trabajo, se comía una arepa tal como lo hacía el negro o el indio. Y después, se iba a una fiesta de vallenatos. Esa es la realidad de nuestra cultura latinoamericana y ésa es nuestra gran riqueza”.


Su primer aporte fue brindarle un aire contemporáneo al género, agregándole batería y una sección de metales. Los puristas se le fueron encima. “El folclor no lo hacen los instrumentos; es un sentimiento que se vale de cualquier forma para expresarse”, se defendió él. No le faltaba razón: nadie podría acusar su interpretación de La gota fría –clásico de Emiliano Zulueta cuya versión original fuera pontificada por el mismísimo “Gabo” y que se convirtiera en caballito de batalla del primer álbum de Vives– de pereza, falta de destreza instrumental y vocal o simple plasticidad comercial. Y es que él ha sonado siempre como un cantante popular, a diferencia de otros artistas que asumen géneros ajenos por requerimientos mercantiles.


A partir de ahí, todo fue en ascenso: en 1994, Vives y su agrupación La Provincia reunían a 50 mil personas en un concierto realizado en Bogotá y se presentaban ante un entusiasta público en Miami. Un año después, el disco La tierra del olvido mostraba una disminución en las ventas, pero ratificaba la credibilidad folclórica del artista, trayéndole de paso uno que otro escándalo: en Venezuela, la Comisión contra el Uso Ilícito de las Drogas lo acusó de promover el consumo de sustancias ilícitas, porque según sus funcionarios la portada del álbum mostraba “una mata de marihuana y otra de coca”.


De todos modos, ya nada frenaba a Vives, que empezó a componer sus propios vallenatos. Tengo fe (1997), su tercer álbum, grabado entre Bogotá y Nueva York, mostraba un insospechado sesgo introspectivo que lo alejaba momentáneamente de la alegría desbordante. Más allá del descenso de revoluciones, la placa era un llamado a la cordura ante una Colombia que se desangraba. El espíritu celebratorio del vallenato sufría aparentemente ante la violencia, aunque el artista asegura que muchas las piezas de la placa se habían gestado en el pasado. “Uno de los factores más importantes para que no fuera un disco muy comercial es que [en ese momento] no teníamos disquera, cuando los dos anteriores habían sido distribuidos por Polygram”, explica. “Dentro del país estábamos viviendo momentos muy difíciles, y empecé a buscar letras de canciones que había escrito a los 17 años. Fue un álbum pensado a nivel local, bastante nostálgico y triste”.


Pero la alegría sólo estaba de paseo: El amor de mi tierra (EMI, 1999) fue nuevamente risueño y desenfadado. La mano de Emilio Estefan Jr. se encontraba en la producción, pero no afectó la integridad del producto. “No tuvimos que cambiar a nuestros músicos ni dejar las canciones que queríamos hacer”, sigue Carlos. “Además, resurgió la posibilidad de exportar nuevamente nuestra música”. Fruta fresca, el primer sencillo del álbum, tuvo innegables atractivos comerciales, pero también una enorme capacidad expresiva y una sorprendente mixtura de guitarras eléctricas y acústicas, percusiones, acordeón y gaita –una especie de flauta tradicional–.


Déjame entrar (EMI, 2001) mostró con mucha mayor claridad el sentido de su propuesta. “Lo que pasa es que siempre trabajé con productores que tenían miedo y suavizaban todo”, dice Vives. “Pero hicimos este disco con Sebastián Krys, un argentino que escucha punk y que está enamorado de la música orgánica, rebelde. El pudo comprender mejor las necesidades que teníamos como grupo. Somos los mismos músicos de siempre, pero el resultado tiene más cohesión y participación de todos”.
Amor latino, uno de los cortes del nuevo trabajo, tenía un ritmo muy sonero, y otros de los temas insinuaban tendencias que hasta entonces habían estado ausentes en la oferta de Vives. Esta comunión entre las diferentes formas expresivas de América Latina fue una revelación importante en su carrera.


“El vallenato es del Caribe, pero también le pertenece a los Andes”, enfatiza. “De por sí ya es una fusión. Los colombianos nos llenábamos de orgullo porque la cumbia era nuestro aporte a la música afroantillana. Sin embargo, el vallenato es hijo de la cumbia. Eso sí, mientras la cumbia viene de la época de la esclavitud –de los negros africanos mezclados con los europeos y con los indios–, el vallenato es la música del hombre libre, que trabajaba para el blanco en el campo, pero que no estaba amarrado, sino que iba a la playa y se tomaba su ron, lo que lo hacía más alegre”.


Pero el disco tamb n se metía en terrenos alejados de la tradición latina, como ocurría en el corte Déjame entrar, llena de insólitos sonidos rockeros. Este fue el preludio del concepto que se atrevería a plasmar en El rock de mi tierra (EMI, 2004), su trabajo más reciente y osado hasta la fecha, que a pesar de su título, no ha alterado radicalmente su sonido, sino que hace alusión al parentesco entre los géneros musicales a través del mundo que él mismo seala. “El rock argentino me enseó mucho, porque sus intérpretes, antes que nada, fueron grandes poetas”, nos dice. “Me dieron pistas para vivir. Lo importante es que los mensajes se referían a sus propias realidades, que finalmente eran cercanas a las mías. Hoy yo hago más rock que antes, porque éste es el mío, el que me corresponde. Soy el rockero de mi localidad”.


Como era de esperarse, Krys volvió a ser llamado para las labores de producción, redondeando las intenciones de un disco en el que Vives asume la composición de todos y cada uno de los surcos (y haciendo de paso que el colombiano mantenga su relación con Estefan, ya que el citado argentino trabaja con su esposa Gloria). Aunque permanece aún una que otra pieza de extracción directamente vallenata, como La llamada y Gallito de caramelo –desarrolladas por Carlos al lado de su acordeonista Egidio Cuadrado, definitivamente el músico más conservador de su agrupación–, la presencia de elementos no tradicionales como guitarra eléctrica y batería es constante incluso en estos casos.


La prepoderancia de la “modernidad” es totalmente evidente en temas como El rock de mi pueblo (donde destaca el pedal de distorsión y que, en palabras de su autor, es “una declaración de amor a mi país, a la cumbia y al río Magdalena”), La fuerza del amor (una suerte de ska positivo en tributo al corredor colombiano de autos Juan Pablo Montoya) y Como tú, un enérgico vallenato rockero en el que se infiltran solos de guitarra eléctrica y hasta de armónica, un instrumento típico del área Nueva Orleans, cuyo legado musical queda también plasmado en el cadencioso tema Santa Marta–Kingston–New Orleans, aunque lo haga más en las alusiones líricas que en el estilo, muy apegado a los terrenos del reggae. “El vallenato tiene la alegría del Caribe y la melancolía andina”, asevera el músico; “y es allí donde se encuentra con el fenómeno cultural del río Mississipi en los Estados Unidos”.


Se podría decir que no todo es evolución en El rock de mi pueblo: hay, por ejemplo, un tema lento titulado Voy a olvidarme de mí que, a pesar de sus arreglos de acordeón –y del hecho de que Carlos asegura que “está basada en el buyerengue”–, parece retomar en cierto sentido el poco ilustre pasado de Vives en la balada comercial, aunque las conexiones directas que se pueden establecer entre su letra y la situación de separación entre el artista y su ex esposa, la boricua Herlinda Gómez, le brindan un importante carácter vivencial y autobiográfico.


Finalmente, para zanjar la inevitable comparación, hay que sealar que, si bien Vives provino de una vertiente mucho más alejada del rock que su compatriota Juanes (quien en su grupo original Ekhymosis tocaba incluso canciones cercanas al ‘metal’), lo que hace actualmente el reinventor de La gota fría suena mucho menos ‘popero’ que las canciones del creador de La camisa negra. Y ese simple hecho hace que valga la pena acudir a alguna de las muchas presentaciones que brindará durante esta temporada, desde agosto hasta octubre, en diferentes escenarios de los Estados Unidos.

 

 

 

 

 

 

       
Home ] Ediciones anteriores ] Artistas incluidos ] Calendario ] Salsa clubs ] Restaurantes ] Nosotros ] Elenco de escritores ] [ Enlaces ] Subscríbase ] Contáctenos ]

¿Cómo? en L.A.

2107 D West Commonwealth Ave # 353, Alhambra, CA 91803

Phone: 213-509-2158  Fax: 626-282-9047

E-Mail: info@comoenla.com