Los pobladores de la costa colombiana venían tocando el vallenato en
playas, fiestas y parques desde el siglo XIX. En tiempo más
recientes, artistas como Los Embajadores Vallenatos, Binomio de Oro
y Lisandro Meza (antes de renegar del género) desgranaron con
entusiasmo sus composiciones por diversos escenarios. Pero tendría
que llegar un joven galán de telenovelas para que el género
trascendiera fronteras y adquiriera un éxito inimaginable a
principios de los noventa.
No hay que interpretarlo mal: aunque se hizo conocido como
protagonista de innumerables teledramas, el caballero, nacido en
Santa Marta, soleada región caribeña, mostró desde su primer álbum
–un logrado tributo a los compositores clásicos del vallenato que
llevaba por nombre Carlos Vives, Clásicos de la Provincia– enormes
méritos artísticos. Claro que algunos lo podían considerar un
advenedizo: fue una de sus incursiones televisivas la que le
permitió conocer el ritmo tropical. Antes, Vives había probado
suerte en la balada. “Como trabajaba en telenovelas y era uno de los
galanes de la época, la industria pensó que lo mío iba por ese lado”,
nos comentó el artista durante una entrevista realizada en Los
Angeles. “Yo no tomaba muchas decisiones sobre lo que hacía y lo
grabé contento, aunque regresara a mi casa y me cantara un vallenato,
porque la música de mi localidad siempre tuvo un lugar especial en
mi familia”.
El hecho de interpretar al legendario compositor de vallenatos
Rafael Escalona en la telenovela del mismo nombre le permitió
interesarse en una música que hasta entonces no le había llamado
tanto la atención como para dedicarse en cuerpo y alma a ella.
Carlos Vives, sin embargo, no era nuevo en esto de la melodía; desde
chico se paseaba con su guitarra y tocaba en reuniones familiares,
aunque había estudiado arte dramático y publicidad. “Mis papás ya me
habían enseñado a apreciar el vallenato, asistiendo a parrandas
donde nos reuníamos para escuchar canciones en las que terminaban
involucradas las mismas personas que estaban allí presentes”,
asegura.
El mismo artista ha insistido siempre en marcar diferencias entre
ese folclor natural y el que surgió dentro de la industria
discográfica. “Sus productores han sido personas de las grandes
ciudades que trabajan detrás de escritorios, muy alejados de la
filosofía verdadera del género. Cuando llegaban los artistas de la
provincia les decían: “Ustedes no se pueden ver pobres; tienen que
vestirse así, con estos colores brillantes, y salir en la portada
del disco con una niñas en bikini. Siempre me ha preocupado mucho la
frase ‘vestir de gala al folclor’, porque esa gala a la que se
refieren distorsiona su sentido original”.
Son estos ejecutivos, según Vives, quienes lo atacaron cuando
decidió dedicarse al vallenato, no sólo por su apariencia física,
sino también por las modificaciones que le hizo al género. “Que el
pelo largo, que los pantalones cortos, que la carita de galán, que
no era el mejor cantante... Había recelo por parte de ciertos grupos
muy establecidos”, asegura el samario, que se basó en estos
problemas para hacer una canción titulada Malas lenguas, incluida en
el álbum Tengo fe. “Pero en el mundo del auténtico vallenato siempre
fui bien recibido. Respeto a esa gente por su servicio a su
humanidad. Los más humildes suelen ser los más generosos”.
Fuera de la cuestión musical, lo primero que se criticó fue su
aspecto, debido a su supuesta falta de pertenencia racial al grupo
de los que se consideraban como auténticos intérpretes populares.
“Eso es un cliché que tenemos”, nos aseguró Carlos. “Somos la mezcla
de muchas cosas; no existe un tipo latinoamericano.
Mi papá era un médico blanco de una ciudad pequeña, que no cogía sol
porque le daba cáncer a la piel; pero que, terminado su trabajo, se
comía una arepa tal como lo hacía el negro o el indio. Y después, se
iba a una fiesta de vallenatos. Esa es la realidad de nuestra
cultura latinoamericana y ésa es nuestra gran riqueza”.
Su primer aporte fue brindarle un aire contemporáneo al género,
agregándole batería y una sección de metales. Los puristas se le
fueron encima. “El folclor no lo hacen los instrumentos; es un
sentimiento que se vale de cualquier forma para expresarse”, se
defendió él. No le faltaba razón: nadie podría acusar su
interpretación de La gota fría –clásico de Emiliano Zulueta cuya
versión original fuera pontificada por el mismísimo “Gabo” y que se
convirtiera en caballito de batalla del primer álbum de Vives– de
pereza, falta de destreza instrumental y vocal o simple plasticidad
comercial. Y es que él ha sonado siempre como un cantante popular, a
diferencia de otros artistas que asumen géneros ajenos por
requerimientos mercantiles.
A partir de ahí, todo fue en ascenso: en 1994, Vives y su agrupación
La Provincia reunían a 50 mil personas en un concierto realizado en
Bogotá y se presentaban ante un entusiasta público en Miami. Un año
después, el disco La tierra del olvido mostraba una disminución en
las ventas, pero ratificaba la credibilidad folclórica del artista,
trayéndole de paso uno que otro escándalo: en Venezuela, la Comisión
contra el Uso Ilícito de las Drogas lo acusó de promover el consumo
de sustancias ilícitas, porque según sus funcionarios la portada del
álbum mostraba “una mata de marihuana y otra de coca”.
De todos modos, ya nada frenaba a Vives, que empezó a componer sus
propios vallenatos. Tengo fe (1997), su tercer álbum, grabado entre
Bogotá y Nueva York, mostraba un insospechado sesgo introspectivo
que lo alejaba momentáneamente de la alegría desbordante. Más allá
del descenso de revoluciones, la placa era un llamado a la cordura
ante una Colombia que se desangraba. El espíritu celebratorio del
vallenato sufría aparentemente ante la violencia, aunque el artista
asegura que muchas las piezas de la placa se habían gestado en el
pasado. “Uno de los factores más importantes para que no fuera un
disco muy comercial es que [en ese momento] no teníamos disquera,
cuando los dos anteriores habían sido distribuidos por Polygram”,
explica. “Dentro del país estábamos viviendo momentos muy difíciles,
y empecé a buscar letras de canciones que había escrito a los 17
años. Fue un álbum pensado a nivel local, bastante nostálgico y
triste”.
Pero la alegría sólo estaba de paseo: El amor de mi tierra (EMI,
1999) fue nuevamente risueño y desenfadado. La mano de Emilio
Estefan Jr. se encontraba en la producción, pero no afectó la
integridad del producto. “No tuvimos que cambiar a nuestros músicos
ni dejar las canciones que queríamos hacer”, sigue Carlos. “Además,
resurgió la posibilidad de exportar nuevamente nuestra música”.
Fruta fresca, el primer sencillo del álbum, tuvo innegables
atractivos comerciales, pero también una enorme capacidad expresiva
y una sorprendente mixtura de guitarras eléctricas y acústicas,
percusiones, acordeón y gaita –una especie de flauta tradicional–.
Déjame entrar (EMI, 2001) mostró con mucha mayor claridad el sentido
de su propuesta. “Lo que pasa es que siempre trabajé con productores
que tenían miedo y suavizaban todo”, dice Vives. “Pero hicimos este
disco con Sebastián Krys, un argentino que escucha punk y que está
enamorado de la música orgánica, rebelde. El pudo comprender mejor
las necesidades que teníamos como grupo. Somos los mismos músicos de
siempre, pero el resultado tiene más cohesión y participación de
todos”.
Amor latino, uno de los cortes del nuevo trabajo, tenía un ritmo muy
sonero, y otros de los temas insinuaban tendencias que hasta
entonces habían estado ausentes en la oferta de Vives. Esta comunión
entre las diferentes formas expresivas de América Latina fue una
revelación importante en su carrera.
“El vallenato es del Caribe, pero también le pertenece a los Andes”,
enfatiza. “De por sí ya es una fusión. Los colombianos nos
llenábamos de orgullo porque la cumbia era nuestro aporte a la
música afroantillana. Sin embargo, el vallenato es hijo de la cumbia.
Eso sí, mientras la cumbia viene de la época de la esclavitud –de
los negros africanos mezclados con los europeos y con los indios–,
el vallenato es la música del hombre libre, que trabajaba para el
blanco en el campo, pero que no estaba amarrado, sino que iba a la
playa y se tomaba su ron, lo que lo hacía más alegre”.
Pero el disco tamb n se metía en terrenos alejados de la tradición
latina, como ocurría en el corte Déjame entrar, llena de insólitos
sonidos rockeros. Este fue el preludio del concepto que se atrevería
a plasmar en El rock de mi tierra (EMI, 2004), su trabajo más
reciente y osado hasta la fecha, que a pesar de su título, no ha
alterado radicalmente su sonido, sino que hace alusión al parentesco
entre los géneros musicales a través del mundo que él mismo seala.
“El rock argentino me enseó mucho, porque sus intérpretes, antes
que nada, fueron grandes poetas”, nos dice. “Me dieron pistas para
vivir. Lo importante es que los mensajes se referían a sus propias
realidades, que finalmente eran cercanas a las mías. Hoy yo hago más
rock que antes, porque éste es el mío, el que me corresponde. Soy el
rockero de mi localidad”.
Como era de esperarse, Krys volvió a ser llamado para las labores de
producción, redondeando las intenciones de un disco en el que Vives
asume la composición de todos y cada uno de los surcos (y haciendo
de paso que el colombiano mantenga su relación con Estefan, ya que
el citado argentino trabaja con su esposa Gloria). Aunque permanece
aún una que otra pieza de extracción directamente vallenata, como La
llamada y Gallito de caramelo –desarrolladas por Carlos al lado de
su acordeonista Egidio Cuadrado, definitivamente el músico más
conservador de su agrupación–, la presencia de elementos no
tradicionales como guitarra eléctrica y batería es constante incluso
en estos casos.
La prepoderancia de la “modernidad” es totalmente evidente en temas
como El rock de mi pueblo (donde destaca el pedal de distorsión y
que, en palabras de su autor, es “una declaración de amor a mi país,
a la cumbia y al río Magdalena”), La fuerza del amor (una suerte de
ska positivo en tributo al corredor colombiano de autos Juan Pablo
Montoya) y Como tú, un enérgico vallenato rockero en el que se
infiltran solos de guitarra eléctrica y hasta de armónica, un
instrumento típico del área Nueva Orleans, cuyo legado musical queda
también plasmado en el cadencioso tema Santa Marta–Kingston–New
Orleans, aunque lo haga más en las alusiones líricas que en el
estilo, muy apegado a los terrenos del reggae. “El vallenato tiene
la alegría del Caribe y la melancolía andina”, asevera el músico; “y
es allí donde se encuentra con el fenómeno cultural del río
Mississipi en los Estados Unidos”.
Se podría decir que no todo es evolución en El rock de mi pueblo:
hay, por ejemplo, un tema lento titulado Voy a olvidarme de mí que,
a pesar de sus arreglos de acordeón –y del hecho de que Carlos
asegura que “está basada en el buyerengue”–, parece retomar en
cierto sentido el poco ilustre pasado de Vives en la balada
comercial, aunque las conexiones directas que se pueden establecer
entre su letra y la situación de separación entre el artista y su ex
esposa, la boricua Herlinda Gómez, le brindan un importante carácter
vivencial y autobiográfico.
Finalmente, para zanjar la inevitable comparación, hay que sealar
que, si bien Vives provino de una vertiente mucho más alejada del
rock que su compatriota Juanes (quien en su grupo original Ekhymosis
tocaba incluso canciones cercanas al ‘metal’), lo que hace
actualmente el reinventor de La gota fría suena mucho menos ‘popero’
que las canciones del creador de La camisa negra. Y ese simple hecho
hace que valga la pena acudir a alguna de las muchas presentaciones
que brindará durante esta temporada, desde agosto hasta octubre, en
diferentes escenarios de los Estados Unidos.