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PORTADA

Oscar D’León
CON LA SALSA EN LA SANGRE
Por Manny González
Aunque no lo parezca, Oscar D’León no vive de la música. El
vive para ella. La trae consigo. En su sangre. O como él mismo dice:
"desde el vientre materno".
Todo empezó en el año 1943, mientras resonaban
los cañones nazis durante la Segunda Guerra Mundial, allá en el
barrio Antímano de Caracas, Venezuela, un 11 de julio. Ese día fue
cuando la familia León Dionisia recibió en su seno a Oscar Emilio,
su único retoño. Su mamá, una bella mulata amante de la música, el
baile y el canto; su padre, un gallardo albañil de profesión. De
clase media, Oscar, aunque consentido, fue criado con férrea
disciplina por sus padres, a los que adoraba.
Desde niño, su rasgo distintivo fue la inquietud.
Creció entre el béisbol –el deporte nacional en Venezuela– y, por
supuesto, la música… y aunque jamás la estudió, su don natural se le
manifestó de forma innata. Desde pequeño, su oído era capaz de
captar cualquier secuencia y repetirla con lo que tuviera a mano. "Siempre
me envolví con la música con lo que estuviese haciendo. Cualquier
menester lo acompañaba con la música. Cualquier momento de esos de
aburrimiento que suele tener la gente, yo lo combatía con el canto,
o buscando un sonido en algún cajón, alguna mesa, cualquier cosa que
tuviera acústica. Ahí estaba buscando la forma de sacar música",
recuerda.
Se crió entre los sones de El Trío
Matamoros, La Orquesta Aragón, La Sonora Matancera,
Beny Moré, Celia Cruz, Mario Hernández,
Cortijo, Ismael Rivera y Billo’s Caracas Boys,
convirtiendo el lápiz de la escuela en instrumento de percusión. Así
y todo, comparado con muchos otros artistas, la fama le llegó tarde,
y antes de llegar a la cima tuvo que desempeñar muchos oficios,
haciéndolos con cierto desgano, pero poniéndoles a todos esa buena
vibra que lo caracteriza.
En su juventud estudió topografía, aunque nunca
la ejerció. En cambio, trabajó en una ensambladora de carros, luego
se compró un bus escolar y más tarde un taxi, al que llamaba: "¡El
taxi de la rumba!" En ese entonces, sus dotes de cantante se hacían
sentir, y se convirtió en un taxista muy popular. Sus clientes
hacían fila para montarse en el carro de la parranda, una travesía
musical ya que, por el mismo precio que cobraban otros, con Oscar
tenían transporte y fiesta con su bongó y sus canciones.
D’León inició su carrera con un pequeño grupo en
el que tocaba por afición, quizá motivado por la existencia del
Conjunto Venezuela, una agrupación en la que participaban su
mamá, sus hermanos y algunos de sus primos. Más tarde creó la
Golden Star, que no tuvo mucho éxito. Luego formó Los
Psicodélicos, un conjunto que tampoco tuvo la trascendencia
esperada. Fue en 1972 cuando se unió a Enrique "Culebra" Iriarte,
César "Albóndiga" Monge, José "Rojita" Rojas, José
"Cheo" Rodríguez y Elio Pacheco, con el fin de cubrir una
vacante que acababa de presentarse en La Distinción, un local
nocturno de Caracas, debutando como La Dimensión Latina. Un
año más tarde, reventaron con el éxito Llorarás.
Bautizado como "El Bajo Danzante", continuó
tocando, cantando y grabando con La Dimensión Latina rotundos éxitos
como Mi adorada, Parampampam, Taboga y El
frutero, hasta que en 1977, los problemas internos que azotaban
al grupo desembocaron en la salida de Oscar del mismo. Es cuando
D’León inició su carrera en solitario, creando La Salsa Mayor
y, más tarde, La Crítica, orquestas con las que se consolidó
como uno de los grandes soneros del momento, gracias a éxitos como
Se necesita rumbero, Monta mi caballo y A él – este
último como homenaje a su padre–, entre otros. Su éxito en la salsa
siguió en ascenso con Oscar D’León y su Orquesta, hasta que
llegó su internacionalización.
Fue en la década de los ochenta que Oscar dio dos
pasos definitivos que le abrieron las puertas del mundo. Por un lado,
conquistó México y, desde allí, su éxito se difundió por toda
Latinoamérica, desde Argentina hasta la gran colonia hispana de los
Estados Unidos. Por el otro, su obra se instaló en la preferencia
del público europeo y asiático, tan diverso como el sueco, el inglés,
el japonés y el australiano. Hoy, son 174 países que Oscar D’León ha
visitado en más de una oportunidad.
De su comienzo, Oscar recuerda: "Comencé mi
carrera profesional ya de grande, con treinta años, algo impensable
para estos tiempos. Realmente, mi intención era tocar el contrabajo
en una orquesta. Yo salía mucho de noche a las discotecas porque me
gustaba mucho ese ambiente. Pero se dio la oportunidad de cantar y
me animé. Un día estaba en una orquesta en la que el cantante no
vino a trabajar. Imagínate, sin cantante no había orquesta, y sin
orquesta no había trabajo ni dinero para llevar a mi casa. Recuerdo
que, aquel día, di un paso adelante y ya nunca volví atrás."
Si algo lo dio a conocer artísticamente desde sus
inicios es que cantaba, bailaba y tocaba el contrabajo al mismo
tiempo, marca que le otorgó una gran ventaja sobre muchos otros. Era
un verdadero showman, un fenómeno que llamó mucho la atención
en Europa, mercado que empezó rápidamente a conquistar. La BBC de
Londres lo escogió para un especial registrado y difundido por la
televisora. En Amsterdam grabó un disco en vivo en el Teatro
Paradiso y, de paso, también encantó a los jazzistas, quienes lo
invitaron a participar en sus festivales, desde Nueva York hasta
Europa, pasando por Canadá. Desde entonces, se ha presentado en
conciertos por todo el planeta, en mercados tan anómalos como los de
Tokio, Hiroshima, Bélgica, Alemania, Suiza, Suecia, Francia,
Australia, Países del Este, Turquía, Finlandia, Dinamarca,
Inglaterra, Canadá y Estados Unidos.
Según Oscar, dentro de los lugares que ha
visitado, el que más lo impactó -y donde encontró al público con el
que se sintió más identificado- fue Cuba. "El público cubano me dio
muchas satisfacciones cuando estuve en Varadero", dice. "Cuando
llegué allá, en la década del ochenta, mi música marcaba una
diferencia al no cantar yo canciones de protesta. Lo mío era la
diversión, y los cubanos estaban ansiosos por divertirse. Hoy, 20
años después, miro aquella experiencia desde dos lados diferentes.
Uno muy lindo, que fue la proyección que me dio en Europa el
triunfar en Cuba, porque los europeos estaban muy pendientes de la
música que se escuchaba en la isla. Y por otro lado, esa visita me
costó que muchos países me vetaran; ni siquiera Celia entendió las
razones por las que fui a cantar, y se alejó de mí por un tiempo.
Pero de Celia recuperé su afecto, mucho afecto de su parte, y en
Europa crecí mucho desde aquel momento".
A principios de los noventa, Oscar formó parte
del elenco de la casa disquera RMM, para la cual realizó
participaciones con dos de los grandes artistas latinos de todos los
tiempos: la guarachera Celia Cruz, en La combinación
perfecta, y el rey del timbal, Tito Puente, en su
Disco número 100. Además, también grabó con otros intérpretes
del nivel de José Alberto "El Canario", La India,
Cheo Feliciano, Tony Vega y Domingo Quiñones.
A la pregunta: "¿si tuvieras que hacer un
paralelo entre tu carrera y la de otro artista, con quien te
identificarías?", D’León responde: "Sin dudas, con Beny Moré. Por su
estilo y su manera de cantar, con Celia Cruz, que es mi ejemplo más
cercano debido a su personalidad, su alegría constante y la energía
que transmitía. Celia fue y será la reina. Yo todavía me emociono
hasta las lágrimas cuando escucho a La Sonora Matancera. Pero
reconozco también una gran admiración por El Gran Combo,
Tito Puente, Tito Rodríguez y La Orquesta Aragón,
entre otros. Imagina que cuando empecé mi carrera yo tenía treinta
años, y todas estas figuras ya estaban más que consagradas. Eran los
ídolos de toda mi generación."
En su andar por el mundo, sus apelativos han sido
muchos: El Bajo Danzante (obra de un locutor); El Faraón De La Salsa
(bautizado así en Perú); El Diablo De La Salsa (por una anécdota
junto a Ricky Rey y Bobby Cruz, llamados ‘los ángeles
de la salsa’) y El Sonero del Mundo (por razones evidentes).
En 1996, Oscar presentó el álbum El rey de los
soneros, producido por el cubano-americano Willie Chirino,
disco que fuese nominado en la ceremonia del Grammy del año
siguiente. En 1999 realizó su último trabajo para RMM titulado La
fórmula original. En el año 2000 lanzó una nueva aventura
comercial, esta vez como empresario del disco, con su propio sello:
Bazz Records. Su primer lanzamiento fue el compacto Doble Play,
donde se reunió con su compañero de travesías en La Dimensión Latina
y La Salsa Mayor: Wladimir Lozano.
Después de un silencio discográfico forzoso, al
sonero más grande que ha dado Venezuela le pasó lo mejor que le
podía pasar: firmar con Sony Discos y lanzar su más reciente álbum,
Así soy, producido y arreglado por el mismo Oscar, del que
dice: "Lo he disfrutado mucho. Hacía tiempo que no hacía un disco
que me diera tanta satisfacción". Entre los doce temas del álbum se
encuentra un dúo con el destacado cantante cubano Rey Ruiz,
No volveré, además de una parranda puertorriqueña y dos temas
de la autoría del mismo D’León.
Increíblemente, su formación empírica le ha dado
la capacidad de poder realizar un arreglo ‘por oído’ y, más aún,
hacerlo en vivo. Su máquina musical es absolutamente diferente. Si
ha vivido la música y disfrutado de ella a cabalidad, esto no ha
hecho mella en su vida personal. Tiene ¡doce retoños! Su único vicio
confesado abiertamente: ser un reproductor, como asumido canceriano,
hogareño y amante de la familia, a la que considera el valor
fundamental, más allá que cualquier riqueza.
¿Y qué siente Oscar D’León en el escenario? "Siento
placer, me siento íntegro, me desconecto de todo para entregarme. Es
un estado que quizás sólo otro artista pueda entender", asegura. "Va
más allá de estar frente a tres o treinta mil personas y de cuánto
te paguen por tu trabajo. En una oportunidad, estaba en un show en
el Madison Square Garden, en Nueva York, y el productor del evento -que
era Ralph Mercado- y mi manager Oswaldo me estaban
pidiendo que cerrara el show porque había que cumplir con las leyes
de la Unión de Trabajadores. Pero el público quería más y yo también.
Entonces, pregunté cuanto valía la multa si me pasaba de hora, y me
dijeron que 12 mil dólares. No dudé un minuto más, se pagó la multa
y seguí con el show. Ese momento no tenía precio para mí."
Su espíritu es incansable. Sus malestares, sus
penas, sus rabias, siempre lo ha endulzado y sanado todo sobre la
tarima. Allí se desquita, se da bálsamo y revive. Tiene el verdadero
‘espíritu negro’… Y su color de voz es tan amplio que da para lo ya
escuchado y para mucho, pero mucho más.
Hace algunos años, Oscar tuvo un problema de
corazón. ¿Qué le recuerda esa experiencia? "Recuerdo a mi hijo que
me abrazaba, y yo le suplicaba que no me dejara morir, que no me
dejara abandonar mi música. En aquel momento, mientras todos
hablaban de llevarme al hospital, yo solamente pensaba en cómo
volver al escenario."
Con muchos éxitos -entre los cuales se encuentran
innumerables Discos de Oro, varios premios y nominaciones, además
del sitial que ha logrado y que lo ha puesto al nivel de los más
grandes soneros del mundo-, a sus 61 años y con más de 60 álbumes,
Oscar D´León sigue siendo un sonero entre soneros, un grande entre
los grandes, una de las más brillantes estrellas en el firmamento
latino.
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