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NOSTALGIA

MARIA TERESA VERA
La reina de la vieja guardia
(1895-1965)
Por Manny E.
González
manny@comoenla.com
Si hay algo difícil cuando se trata de
escribir nostalgias de artistas de antaño es recopilar información
que sea no sólo necesaria, sino también verídica, porque la mayoría
de las veces, la búsqueda queda llena de parábolas y suposiciones.
Especialmente si los textos fueron escritos por publicistas o
escribanos cuyo lema generalmente es “si no lo sé, lo invento”.
Es el caso de Maria Teresa Vera –que me fascinó cuando yo tenía 15
años y la vi presentarse en vivo en un programa cubano de televisión–;
aunque siempre quise escribir sobre ella, nunca pude recopilar la
información necesaria para lograrlo, hasta que un amigo me presentó
una dilapidada e incompleta edición de la revista cubana Bohemia,
publicada en 1957, en la que Don Galaor –que no sé quién es– la
entrevistó de forma muy inteligente. Gracias a él (y a otros que
copiaron su texto), aquí está su historia.
Estaba sentada en un sillón de caoba y pajilla. La sala estaba
oscura. La vieja casa de madera parecía enteramente vacía. Pero allá,
en el fondo, las sobrinas, hijas de su medio hermano, preparaban el
almuerzo. Un cansado murmullo iba y venía alrededor. Estaba rodeada
por un invisible círculo, como si nada la pudiera tocar. El sol
entraba en el patio, caía sobre las hojas de la frescura y los
helechos, de inmóviles arecas, plantas de patio de ciudad. Hacía
calor.
Es María Teresa Vera, reina de la Vieja Guardia, embajadora de la
canción de antaño. La eterna trovadora de la isla estaba callada.
Simplemente callada. No cantaba ya. Daba con la punta de los dedos
sobre el brazo del asiento. Era un compás, un ritmo de bolero. Cerró
los ojos, la frente brillaba. Desde la calle entraba un escándalo
apagado de cláxones y vendedores. No rozaban siquiera el ámbito que
la rodeaba, porque ¿qué otra música posee la memoria en la soledad,
que la memoria de una canción, un bolero, una balada? ¿Qué otra cosa
queda sembrada en uno cuando no me quieres ya? Un temblor de labios,
imperceptible, y un hilo de voz: “¿Qué te importa que te ame si tú
no me quieres ya?”
Noches de canción en el cine Mundial, el Cincinnatti, el Recreo de
Belascoaín, funciones de beneficio cuando la luz caía sobre la
mulata más hermosa, guitarra en mano: “Soy un triste trovador
cansado de esperar / quien mitigue mi dolor, quien alivie mi penar/
quien comprenda mi dolor / para en él reposar como mariposa en la
flor.” Y quienes pasaban frente al portón de la casa humilde no lo
imaginaban, no tenían por qué hacerlo.
Ella estaba sola, gloriosamente sola, vuelta a ser María Teresa niña,
María Teresa joven, la amante que no podrá comprender nunca de qué
extraña manera hoy represento el pasado, noción terrible, pues no es
posible concebir semejante corte, despego como aquél, desierto
humano, aunque vayan frases duras de desamor de un lado a otro
anunciando el término, es decir, la muerte del amor. “No es el amor
quien muere, somos nosotros mismos” escribió Luis Cernuda para
alumbrar esos trances de miseria. Con qué tristeza miramos un amor
que se nos va, rezan los versos simples, sabios también, de la
habanera Veinte años.
– ¿Quiere que le sea sincera? De ese número sólo me pertenece la
mitad, la música.
– Y la letra ¿de quién es?
– De ninguna manera puedo pronunciar ante nadie el nombre de esa
señora que pertenece a la alta sociedad y que posee un corazón de
poeta. Lo único que me atrevo a decirle es que desde hace años esa
digna señora pone letra a mis mejores producciones, pero
advirtiéndome constantemente que no se divulgue su nombre. Su placer
es escuchar en su alcoba mis audiciones radiales.
–¿Un amor frustrado?
–No insista, por favor. A veces ella me dicta por teléfono sus
versos, que inmediatamente yo musicalizo. Pero nada más... Lo que
ella fue y lo que es ¡a nadie le importa! Hay que dejarla ahí, en su
residencia de silencio, en su anonimato. No desea otra cosa. Es
necesario complacerla, si es que cumplimos con la soberanía de
nuestro corazón.
Cantante, guitarrista y compositora, María Teresa nació en el
poblado de Guanajay de la Provincia Habana, el 6 de febrero de 1895,
y aprendió a tocar guitarra con Manuel Corona y Patricio Ballegas.
Su primera presentación en público fue el 18 de marzo de 1911 en el
teatro Politeama Grande de la Habana, a los catorce años, en un
homenaje que se le rendía a Arquímedes Pous, famoso actor cómico del
teatro vernáculo. Allí la conoció Ernesto Lecuona, que, como ella,
nació en 1895, y que no tardó en sumarse a la compañía de Pous.
Esa primera noche, María Teresa cantó una canción de su maestro,
Manuel Corona: “Mercedes, la que mi alma consuela sin cesar...” Unos
días después actuó en el cine Gris. Su voz tenía mucho de tierra,
del agridulce de la vega tabacalera y del aroma de los jazmines
montañosos y, desde entonces, el público se encargó de reclamarla en
otros escenarios y fiestas donde contrataban cantadores.
En el cine Esmeralda recibió la proposición de grabar un disco, su
primero, con las canciones de Ballagas, Corona, Rosendo Ruiz,
Alberto Villalón y Sindo Garay, temas concebidos para ser cantados
por un dúo de voces, habitualmente masculinas, de tenor y barítono
–primo y segundo–, respaldadas por una o dos guitarras. A partir de
1916, María Teresa cantó con Rafael Zequeira lo mejor del repertorio
de esa época, que quedó impreso para la historia en esforzadas
placas de Víctor, Columbia y Pathé, de 78 revoluciones por minuto y
además acústicas, ya que la electricidad no había todavía entrado en
el mundo fonográfico. Allí, María Teresa cantaba y tocaba la
guitarra, mientras Zequeira hacía la segunda voz y tocaba las
claves. Con Zequeira viajó en varias ocasiones a Nueva York, donde
grabó discos, hasta que en 1926 se unió a Miguelito García.
En diciembre de 1933, año especialmente convulso para la historia
cubana, María Teresa se retiró del canto por dos razones: la primera
era la difícil situación económica que vivía la isla –cosa que
limitaba las ya escasas posibilidades de trabajo para los artistas,
en especial los “cantadores”– y la segunda fue su poderosa
convicción religiosa, ineludible para un sincero creyente. El ita, o
letra recibida al “hacer santo”, le prohibía cantar. Obediente, dejó
la guitarra a un lado en sacrificio a Ochún, la Caridad del Cobre,
patrona de Cuba.
–A Zequeira lo quise como amigo, como compañero–, dijo en esa
entrevista. –Nunca sentí amor por él. El cariño que le dedicaba era,
sin embargo, superior a otra manifestación. Recuerdo que él y yo
fuimos a Nueva York en 1924; allí se enfermó, y atendiéndolo como
una hermana regresamos a Cuba, donde lo acompañé hasta sus últimos
momentos.
María Teresa buscó otra voz entre los cantadores que existían en La
Habana del año 25. No eran pocos. Cantó con Aurelio, con Quirino,
con Martiatu “el mulatico de Colón”, hasta que por fin se encontró
con Miguelito García, quien la acompañó hasta 1931, fecha en la que
García entró al famoso Septeto Habanero, al disolverse el Sexteto
Occidente.
–Cuando la canción decayó y los bailables primaban en el ambiente,
fundé un sexteto al que llamé Occidente. Lo formé con los músicos
Miguel García, segundo y guía, Ignacio Piñeiro, contrabajo, Manolo
Reynoso, bongosero, Julio Biart, tres, y Francisco Sánchez.
En 1918, María Teresa participó en la primera grabación de sones, de
la cual se recuerda que fue realizada en una habitación del hotel
Inglaterra, alquilado para el caso por técnicos norteamericanos que
fueron a La Habana para registrar “música autóctona cubana”. Ahí
grabaron seis sones a cargo de María Teresa, Corona, Carlos Godínez,
Alfredo Boloña y otro mulato del que sólo se sabe que su apodo era
Sinsonte. Y aunque María Teresa fue una guarachera magnífica, como
lo aseguran quienes tuvieron la suerte de verla actuar, no cabe duda
de que su preferencia se centraba en la canción y el bolero en todas
sus formas y estilos. Ella intentó, y muchas veces logró, salvar del
olvido una larga serie de piezas que parecían estar condenadas
inexorablemente.
–Pedro Vargas me decía que era una lástima que nuestro tesoro
musical -y se refería a Corona, Sindo, Ruiz, Ballagas, Enrique
González, Villalón, Miguel Companioni y otros- no fuera conservado.
Y ahora me pregunto yo: ¿es que podemos permitir que tantas y tan
diversas melodías se pierdan por causa de nuestra abulia, de nuestra
indiferencia o sabe Dios qué? El Estado debería hacer lo que fuera
necesario para recoger lo más representativo de nuestra expresión.
Pero muy pronto, la Vieja Guardia se acabará... Apenas quedamos un
puñadito. ¿Verdad que es desconcertante que muera uno sabiendo que
con nosotros se van las más depuradas manifestaciones de nuestro
espíritu?
En 1935, Lorenzo Hierrezuelo formaba parte del cuarteto de Justa
García y se presentaba con éste en Radio Salas en dos espacios
diarios dedicados a “la canción de antaño”. En el ambiente de los
cantadores, llamados por esa época trovadores, iba de boca en boca
una habanera recién compuesta por María Teresa Vera desde su retiro.
Hubo quien la cantó en forma de bolero, otros le incluyeron un
montunito final, pero hay imprecisiones en la letra y en la melodía.
Nadie estaba seguro, y Lorenzo y Juan Díaz salieron en busca de
María Teresa para que les enseñara Veinte años. La sorprendieron en
su casa y no sólo lograron convencerla para que fuera a la estación
de radio, sino para que cantara dos canciones de Corona: Longina y
Santa Cecilia. De inmediato, el público reaccionó y los teléfonos no
dejaron de sonar. ¿Era ésta la misma María Teresa de los tiempos de
Zequeira, la que cantaba con Miguelito García, la misma del
Occidente?
Contratada por el dueño de la emisora, trabajó por corto tiempo con
el cuarteto y, al deshacerse el grupo, Hierrezuelo y ella siguieron
interpretando las canciones del ayer, trabajando donde y cuando
podían, muchas veces sin retribución alguna, apareciendo fugazmente
en las fiestas de la Patria –20 de mayo, 10 de octubre, 24 de
febrero– para entonar la Clave a Marti, La palma herida y Pobre
Cuba. Al finalizar la década del cincuenta, su situación era crítica.
Declaró la artista a Bohemia: “Me lo estoy preguntando a todas horas.
¿Y yo qué haré? ¿Cuál es el papel que me tocará representar mañana,
cuando en mi garganta no quede una gota de música y se me muera la
última canción?”
Afortunadamente, estrenó su sello de discos Kubaney y le grabó un
larga duración junto a Hierrezuelo con el conjunto de Nené Allué,
registros que se han reproducido profusamente en los últimos años en
soporte digital en La Habana, Miami y Tokio. Luego grabó otro elepé
para el sello Velvet con sonido estereofónico y a partir de entonces,
renovó su popularidad y realizó una buena cantidad de grabaciones
para varias emisoras habaneras gracias a María Teresa Linares y
Argeliers León. De estas últimas se conoce hoy una ínfima parte,
aunque se sabe que sobrepasaron las 400, algo que indica que la
mayoría se perdieron por nuestra “abulia, nuestro desinterés o sabe
Dios qué”.
En 1960, el gobierno cubano promulgó una ley que le otorgó a María
Teresa una pensión vitalicia, y aunque ella era continuamente
invitada a actuar en fórums y festivales de música popular, la salud
apenas la acompañaba. Para entonces, no fue Ochún, sino la tiranía
de los años, la que la apartó del canto y de la guitarra.
Varios amigos, entre ellos su leal Hierrezuelo, consiguieron grabar
un disco con doce canciones originales de María Teresa en un acto de
justicia y de cariñoso agradecimiento. Lorenzo, Evelio Valdés y
Valeriano Daugherty bautizaron al efímero trío con la más hermosa
canción que ella escribiera: Veinte Años.
Las últimas presentaciones públicas de María Teresa tuvieron lugar
en 1961, cuando varias dolencias le imposibilitaron el canto y nadie
fue capaz de lamentarlo tan hondamente como ella misma, que se había
entregado de manera absoluta a la canción cubana. Falleció en La
Habana el 17 de diciembre de 1965, para quedar por siempre como una
de las figuras cimeras de la canción trovera cubana.
Notas finales
Las letras de las canciones de María Teresa fueron escritas en su
gran mayoría por Nena Núñez (Esta vez tocó perder, Yo quiero que tú
sepas, Es mi venganza, El último es el mejor, Es mi sentencia) y por
Guillermina Aramburu (Porque me siento triste, No me sabes querer,
Veinte años), la misteriosa y digna señora que le ponía letra a sus
mejores producciones, y que procedía de una antigua familia de
Guanajay, siendo hija del escritor y periodista Nicolás Aramburu, en
cuya casa la madre de María Teresa trabajó durante años como
doméstica.
La propia trovadora escribió los textos de sus canciones Con mi
madre siempre, Amar y ser amada, Arrolla cubano, Ya te conocí y
otras que aún permanecen inéditas. Su sincera alabanza a Ochún,
madre suya en el santo, titulada A la Virgen de Caridad, fue grabada
por el trío Veinte Años en 1961, junto a boleros deliciosos, llenos
de cándido rencor.
La grabación de Hierrezuelo-Valdés-Daugherty fue guiada por la
compositora, y mucha de la expresión suya quedó impresa en cada tema
de manera indeleble, ya que la “marcha” que María Teresa le imponía
al ritmo del bolero, un tanto “adelantada” en relación con otros
intérpretes de esa era, fue la herencia que aprovechó Lorenzo para
sus interpretaciones junto a Francisco Repilado (Compay Segundo) y
más tarde junto a su hermano Reynaldo en el dúo Los Compadres (fundado
en 1945) cuando aún cantaba con María. Este disco fue reeditado en
disco compacto por el sello EGREM en 1999 bajo el título de Las
canciones de María Teresa Vera.
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