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NOSTALGIA

ERNESTO LECUONA
(1895-1963)
El gran maestro
Por
Ernesto Martínez
ernesto@comoenla.com
Hacer una reseña breve del maestro Ernesto Lecuona para esta sección
es difícil por muchos motivos. Primero, porque la vida y la obra de
este gran músico cubano son tan ricas y prolíferas que no podrían
jamás contenerse en estas limitadas cuartillas. Segundo, porque
escribir sobre el maestro en términos de “nostalgia” nos parece un
tanto inadecuado, si tenemos en cuenta que muchas de sus
composiciones, como por ejemplo Siempre en mi corazón, se mantienen
vigentes en el tiempo, gracias a las grabaciones de intérpretes
actuales. Por lo tanto, Lecuona es de ayer y es de siempre, y la
riqueza de su legado se niega a un resumen breve.
Comencemos por recordar que Ernesto Lecuona y Casado fue el músico
cubano más importante de la primera mitad del siglo XX, y que su
obra le alcanzó una merecida popularidad a nivel mundial. Nacido el
6 de agosto de 1895 en el seno de una familia muy musical, pero de
modestos recursos, en Guanabacoa, cerca de La Habana, sintió desde
muy niño el amor por la música. Fue su hermana Ernestina (quien
también lograría una carrera musical importante) la responsable de
que aprendiera a tocar piano a la edad de 6 años.
De 1904 a 1907, Lecuona cursó sus primeros estudios formales de
música en el Conservatorio Carlos A. Peyrellade donde, como dato
curioso, conoció a una niña aspirante a estrella llamada Rita
Montaner. No pudieron sospechar entonces que el destino los uniría
en triunfos arrolladores.
De acuerdo a los historiadores, Lecuona comenzó a trabajar
profesionalmente a la edad de 13 años en el Teatro Martí, mientras
cursaba estudios con el maestro Antonio Saavedra. Es difícil
comprender cómo pudo este adolescente introducirse en círculos
teatrales de esa categoría, ni cuál era su participación en las
obras musicales del Martí. Lo que sí parece cierto es que al
entonces jovencísimo pianista le interesaba la composición y que
estrenó, en el mencionado teatro, su primera comedia musical,
titulada Fantasía tropical, cuyo éxito lo animó a adentrarse en el
género de la ópera.
Es muy posible también que, debido a la muerte de su padre por esas
fechas, Lecuona tuviera que ayudar económicamente a la familia, y
que de ahí surgiera su empleo en el Martí y en otros bistrós de La
Habana, donde se proyectaban películas mudas que él acompañaba al
piano, como era la costumbre de la época.
Cualquiera que fuera la situación, hay que señalar que el joven no
abandonó sus estudios de música clásica. En 1910 era ya discípulo
del prestigioso Joaquín Nin, y más tarde de Hubert de Blanck,
compositor holandés residente en La Habana, bajo cuya tutela logró
graduarse en el Conservatorio Nacional, obteniendo medalla de oro.
En 1912, Lecuona compuso su primer ballet, La comparsa, causando no
poco revuelo al integrar las influencias españolas y africanas que
definen la cultura cubana. En 1914, sus servicios como pianista
tenían tal demanda en cinemas y salones de baile que se vio obligado
a formar su primera orquesta, con la que actuó por toda la capital.
En 1916, decidió probar suerte en Nueva York, y en la ciudad de los
rascacielos compuso otros ballets como el Vals España. Un año
después, realizó las primeras grabaciones de esos ballets y ofreció
un gran concierto en el Aeolian Hall de la Gran Manzana, donde
interpretó a autores clásicos y piezas de su propia cosecha.
Precedido por ese éxito en Estados Unidos, regresó a La Habana en
1918 y fundó el Instituto Musical de La Habana. Ese mismo año,
compuso su primera ópera profesional, Domingo de piñata, con letras
de Mario Vitoria, que se estrenó en El Martí a teatro lleno. Más
tarde unió fuerzas con el poeta Gustavo Sánchez Galárraga para la
zarzuela El recluta del amor, y surgió entre ambos una gran amistad,
que resultó en muchos años de colaboraciones artísticas.
Desde entonces, Lecuona se apasionó por la ópera y escribió obras de
gran calidad musical y profundo arraigo popular como María la O, El
cafetal, Rosa, la china, etc. Lo curioso de este Lecuona operístico
es que se expresaba en un idioma musical claramente afro-cubano, y
las arias de estos musicales se convirtieron inmediatamente en
éxitos populares que cantaba todo el mundo. Un logro fuera de serie
para un compositor entrenado primordialmente en la música clásica
europea.
En 1923, estrenó su Concierto típico cubano en el Teatro Nacional, y
de allí pasó a ofrecer recitales en Madrid, donde se anotó un éxito
multitudinario con la pieza para piano Levántate y anda, que tendría
que repetir más de mil veces.
En 1927, entregó a su antigua amiga, Rita Montaner (ya consagrada en
los escenarios de Cuba, Estados Unidos y Francia), nueve partituras
hechas a su medida, entre las que destacaban Es mucha Habana, La
revista femenina y Niña Rita. Las colaboraciones Lecuona-Montaner
definieron la llamada “época de oro” de la zarzuela cubana. Pero
esos éxitos sin precedentes no detuvieron el genio musical del
artista cubano, quien sin marearse con el éxito de sus operetas en
La Habana, viajó a Nueva York ese mismo año y debutó en el teatro
Roxy con su Malagueña, logrando otro triunfo absoluto en la capital
del mundo.
Aceptado entre los “clásicos”, el maestro Lecuona seguiría
sorprendiendo al componer canciones que se convertían en grandes
éxitos discográficos. Una de las más grandes fue Siboney, publicada
en 1928 y grabada por un sinnúmero de vocalistas y orquestas.
En esos tiempos, la actividad de Lecuona era imparable. Grabó
discos, hizo giras por España, Francia y Estados Unidos, y comenzó a
interesarse por el nuevo cine con sonido, el cual requería de
talentos musicales como los que él poseía para sus bandas sonoras.
La influencia cinematográfica puede captarse ya en su Preludio a la
noche o en la parte central de Ante el escorial, que algunos
críticos acusaron, quizás con cierto aire despectivo, de tener “un
estilo claramente hollywoodense.”
Pero, críticas aparte, Lecuona empezó a llamar la atención en los
círculos cinematográficos, y comenzaron a atribuirle el sobrenombre
de “el Gershwin cubano”. Su música fue usada en el cine por primera
vez en 1930, en la película Hell Harbor. Esa inspiración fue no
solamente aprovechada en Hollywood, sino también en México y en
Cuba, en más de dos docenas de películas, entre las que destacan
Ex-Lady (1933), La cruz y la espada (1934), Vogues Of 1938 (1937),
Dancing Co-Ed (1939), Always In My Heart (1942), Cuban Pete (1946),
Carnival in Costa Rica (1947) y la versión cinematográfica de su
María la O (1948).
Mientras las películas popularizaron sus melodías por todo el mundo,
el propio Lecuona era reclamado como intérprete en muchos mercados.
Por ese motivo, fundó la Orquesta Cubana, con el también pianista
Armando Oréfiche, y se lanzó con él en una gira europea que hizo
historia. En esas actuaciones, el maestro Lecuona se limitaba a
interpretar al piano sus propias composiciones, mientras que
Oréfiche tocaba música de otros autores.
En España, las cosas se complicaron cuando Lecuona se enfermó, y
ambos decidieron regresar al clima más benigno de Cuba. La orquesta
cambió de nombre a Lecuona Cuban Boys, y bajo la dirección de
Oréfiche, continuó cosechando éxitos en Europa y América, llegando
incluso a participar en varias producciones fílmicas. Con el paso
del tiempo, debido a problemas internos, Oréfiche abandonó el
conjunto, que continuó por muchos años más bajo el nombre de Havana
Cuban Boys.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Lecuona dosificó un tanto su
intenso quehacer artístico. Para entonces ya había construido un
impresionante catálogo de éxitos que incluía más de 400 canciones,
176 piezas para piano, 50 operetas, 31 conciertos, 11 bandas sonoras
para películas, 5 ballets, un trío y una ópera.
Tras esa insuperable faena, comenzó a disfrutar del fruto de su
trabajo y escogió un estilo de vida sencillo, rodeado de sus
familiares y amigos, de los premios recibidos y de un espectacular
jardín en el que cuidaba personalmente la cría de pájaros exóticos.
Sin embargo, no se alejó mucho de su primera pasión, y continuó
ofreciendo recitales, a veces como solista y otras veces acompañado
por vocalistas que interpretaban sus composiciones. También ofreció
su arte en radio y televisión, sin descuidar esporádicas grabaciones
de discos.
Lecuona detestaba la política y ayudaba generosamente a los
necesitados, especialmente si formaban parte del gremio artístico.
Fundó con su propio dinero muchas asociaciones para ayudar a sus
compañeros menos afortunados, y en la década de los cincuenta, junto
al maestro Gonzalo Roig, fundó la Sociedad Nacional de Autores de
Cuba, con el fin de proteger los derechos de los músicos de la isla.
Era feliz en su Habana, rodeado de los suyos y dándose el lujo de
trabajar cuando le apetecía, sin los apuros o las demandas de los
primeros años.
Las cosas cambiaron drásticamente con la llegada del régimen de
Fidel Castro a Cuba en 1959. La clase artística cubana fue una de
las primeras que recibió urgentes presiones para que se manifestara
a favor de la Revolución, con el fin de sentar ejemplos e
influenciar al pueblo. Algunos se prestaron al juego político, pero
la mayoría se fue marchando silenciosamente hacia el exilio, usando
como excusa las “giras internacionales.”
Como cientos de miles de sus compatriotas, Lecuona escogió la
partida y se estableció en Tampa, Florida, donde pidió públicamente
que, cuando falleciera, sus restos no se trasladaran a Cuba hasta
que cayera el régimen en la isla. Y así vivió, calladamente, la
existencia del desterrado, soñando siempre con regresar a su querida
patria, y tomando parte en muy pocas actividades, tanto artísticas
como civiles.
En 1963, recibió una invitación formal del gobierno de las Islas
Canarias, España, para que asistiera a un homenaje organizado en su
honor, con el fin de conmemorar su labor artística y su linaje
canario, ya que su padre había nacido en esas tierras.
El 23 de noviembre de ese mismo año, en Santa Cruz de Tenerife, el
gran pianista y compositor falleció a consecuencia de un ataque
asmático. Su cuerpo fue trasladado a Estados Unidos y sepultado en
el Cementerio Gate of Heaven, en Hawthorne, Nueva York, donde espera
el regreso a su patria.
Aún así, aunque el genio musical descansa en paz, su música sigue
viva. Y continuará viva gracias a las nuevas generaciones que siguen
nutriéndose del maravilloso legado cultural que comenzó en Cuba,
pero que ahora le pertenece al mundo entero.
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