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NOSTALGIA

 

 

 

DAMASO PEREZ PRADO

(1916-1989)

 

El INDISCUTIBLE REY DEL MAMBO

 

por Ernesto Martínez

 

Entre los muchos ritmos que Cuba exportó al mundo, “el mambo” es uno de los más duraderos en la preferencia de los públicos. Quizás esto se deba a que se caracteriza por una musicalidad optimista y agresiva que invita al baile y a la diversión, actividades siempre bien recibidas por personas de todas las culturas.


Existen muchas leyendas sobre el inicio de este ritmo, y es posible que la verdad se encuentre parcialmente reflejada en esos relatos apócrifos. Lo que sí puede comprobarse históricamente es la cubanía del mambo, ya que su génesis se remonta a los hermanos Orestes e Israel “Cachao” López, músicos cubanos que, en la década de los 30, escribieron una pieza musical basada en el danzón, ejecutada con más rapidez y agilidad. La llamaron El Mambo, y su éxito en los salones de baile fue definitivo en la evolución del nuevo ritmo. Casi al mismo tiempo, Arsenio Rodríguez, otro genio musical cubano, experimentaba con su conjunto para darle brío y movimiento al son tradicional. Es posible que ambas influencias, la de Arsenio y la de los hermanos López, convergieran en el quehacer musical de otros artistas, para dar vida a lo que sería mundialmente conocido como mambo.


Sin embargo, hay que aclarar que aquellos comienzos fueron tímidos en comparación a lo que vendría después. A principios de los 40 surgió otro músico cubano que definiría al mambo para siempre. Este joven innovador sacó al género de los pequeos conjuntos que lo interpretaban y lo lanzó en la tradición de las “big bands” estadounidenses – Glenn Miller, Benny Goodman, etc.–, logrando una fusión entre el ritmo cubano y “el swing” anclado dentro del jazz estadounidense. Desde entonces, ese músico visionario, llamado Dámaso Pérez Prado, sería conocido como el “Rey del Mambo.”


Pérez Prado nació en Matanzas, Cuba, el 11 de diciembre de 1916. Su padre trabajaba en un diario local y su madre era maestra. Fue precisamente ésta la que inculcaría al pequeño Dámaso su devoción por la música, ya que la señora era una magnífica pianista. El niño fue enrolado en la Escuela Principal de Matanzas, donde estudió piano clásico con Rafael Somavilla, y desde muy jovencito comenzó a tocar piano y órgano en los cines de su ciudad, acompañando a las películas mudas de entonces.


Tenía 26 años de edad cuando decidió probar suerte en la capital cubana. La Habana vivía entonces su gran época de oro y era conocida como “El París de las Américas” debido a su gran actividad cultural y artística. Era una ciudad repleta de teatros, cabarets, night clubs, salones de baile y estaciones de radio que ofrecían oportunidades ilimitadas para artistas de todos los géneros.


Quizás por todo eso, los comienzos de Dámaso se antojan un tanto errantes ya que, entre 1942 y 1943, el músico cambió de trabajos frecuentemente, pasando de tocar piano en la orquesta del cabaret Pennsylvania a hacer lo mismo en el cabaret Kursaal, así como en la orquesta Cubaney y en la de Paulina Alvarez.


Poco después se destacó como arreglista para Gaspar Roca de la Peer, cuyas4  canciones eran interpretadas por el conjunto musical más popular del momento, la Orquesta Casino de la Playa, dirigida por Liduvino Pereira y con “Cascarita” como vocalista. Fue tanto el entusiasmo del cantante por el trabajo de Dámaso que lo incorporaron a la famosa agrupación en calidad de pianista y arreglista.


Pérez Prado comenzó su propia concepción del mambo en 1943, en reuniones informales de músicos que terminaban siempre en conciertos improvisados (lo que se llama en Estados Unidos “jam sessions”). En estos ensayos experimentales, cada músico se dejaba llevar por su propia inspiración, libre de todo arreglo restrictivo, y se creaban sonidos musicales que después eran incorporados a sus actuaciones regulares con las diferentes orquestas.


Dámaso sacó mucho provecho de estas sesiones, y decidió que el futuro de la música bailable estaba en el mambo interpretado dentro del concepto de las “big bands”, haciendo que los instrumentos de viento fueran tan importantes como la percusión afrocubana.


Este nuevo concepto gustó mucho al público, pero causó consternación en los círculos más ortodoxos de la música cubana, quienes consideraban que la fusión propuesta por Pérez Prado era una corrupción de la verdadera expresión musical cubana, “adulterada” por influencias extranjeras. En 1947, cansado de la falta de visión de sus críticos, Pérez Prado organizó una agrupación musical y se embarcó en una extensa gira por toda la América Latina, comenzando en Buenos Aires, Argentina, y terminando en México. Los resultados no fueron espectaculares, pero sí lo suficiente como para que Pérez Prado popularizara su estilo, especialmente entre los adolescentes.


En 1948, el músico decidió radicarse en México, formando allí una nueva orquesta, la Jazz Band Latino, con todos los elementos que siempre había soñado. En el Club 1-2-3 del Distrito Federal, frecuentado por la alta sociedad mexicana, artistas y celebridades, el artista matancero obtuvo su primer gran éxito en la capital azteca, convirtiéndose en parte integral del show business mexicano.


A partir de este momento, las cosas se aceleraron para él. Firmó contrato con la empresa de discos RCA, y su música fue requerida por el cine mexicano, que en esos momento gozaba de gran prestigio y popularidad internacional. Su primera incursión en la pantalla grande fue en el filme Coqueta (1949), protagonizado por su compatriota Ninón Sevilla junto al consagrado compositor Agustín Lara. Un año después, en 1950, Pérez Prado aparecería en cinco películas, y si este dato resulta sorprendente, no es nada comparado a que en 1951 serían diez las cintas en las que intervendría, y que ayudarían en gran parte a la difusión del género.


Entre esas producciones se destacaron Al son del mambo, Traicionera, La reina del mambo, Amor perdido y Del can-can al mambo. La aparición de Pérez Prado en la gran pantalla, frente a su orquesta y vestido llamativamente de zoot-suit o “pachuco,” con zapatos de dos tonos, significó la creación de un personaje carismático, el mismo que fue redondeado por su grito indefinible y saltos imprevistos que subrayaban el momento preciso en que el mambo adquiría su desenfreno máximo. El músico tenía ahora una imagen propia que lo haría reconocible y entrañable para todos los públicos.


Sus grabaciones para la RCA llevarían su música por todos los rincones del continente. Entre ellas, cabe destacar las 24 canciones que grabó entre 1947 y 1948 con Beny Moré, el genial cantante cubano. Pero fue el mambo el que le abriría los mercados internacionales al establecerse y estallar primero en el panorama musical mexicano. El sencillo, en disco de 78 rpm, de los temas Qué rico el mambo y Mambo # 5 causaron un verdadero furor en toda América.


En los Estados Unidos entraron a través de las estaciones de radio hispanas y brincaron a las “anglos”, algo que raramente sucedía entonces (y que incluso hoy no sucede casi nunca, por mucho que se empeñen los partidarios y promotores del soñado “crossover).”
Precedido por estos éxitos, Pérez Prado y su orquesta debutaron en Nueva York en 1951, y después recorrieron Chicago, San Francisco y Los Angeles. Sin embargo, el impacto total en los Estados Unidos no llegaría hasta 1955, año en el que la RCA lanzó en ese mercado el tema Cerezo Rosa, titulado en inglés Cherry Pink and Apple Blossom White, que se mantuvo en la lista de popularidad de Billboard durante 26 semanas, 10 de las cuales lo encontraron en el primer lugar. El músico obtuvo otro éxito similar en 1958 con Patricia.


La influencia del músico alcanzó límites insospechados en la cultura estadounidense. Todos bailaban el mambo, y todos los artistas populares del momento asociaron sus nombres al contagioso ritmo. Recordemos unos pocos: Perry Como y su Papa Loves Mambo, Rosemary Clooney en Mambo Italiano y hasta Vaughn Monroe y su They Were Doin’ The Mambo. Con ese triunfo sensacional en EE.UU., fue natural que su fama se esparciera por toda Europa, el Medio Oriente y hasta Japón.


Pérez Prado vio así realizados todos sus sueños, manteniéndose año tras año como el favorito de las multitudes a nivel mundial. Su música estaba en demanda constante no solamente en discos y en conciertos, sino también como banda sonora en películas tan importantes como Y Dios creó a la mujer (1956) -donde Brigitte Bardot se desmelenaba bailando el mambo- o La dolce vita (1960), de Federico Fellini. Al parecer, el fenómeno de utilizar su música para ambientar películas no ha acabado. Como ejemplos citamos La ley del mambo (1991), Kika (1993), Ed Wood (1994) y Bésame mucho (1998).


A pesar de los constantes cambios dentro de la música popular, Pérez Prado y su orquesta se mantuvieron respetados y queridos tanto por la industria como por la audiencia. Trabajador incansable, el músico mantuvo su actividad artística y creadora hasta el mismísimo final, a pesar de que en los últimos años se vio afectado por muchos problemas de salud.


Como cubano, fue solidario con la mayoría de los artistas de la isla que marcharon al exilio al establecerse el régimen castrista, y se negó a regresar a su querida tierra a pesar de ser invitado por el gobierno en varias ocasiones. Para entonces, Pérez Prado amaba México, su patria adoptada, donde alcanzó la fama, el amor de una mujer y un hijo netamente mexicano. Esto lo demostró en 1980, haciéndose ciudadano de ese país al que le debía tanto.


Continuó su carrera en teatros, night clubs, cabarets, cine y televisión, hasta el 14 de septiembre de 1989, cuando un paro cardiaco lo sorprendió en la Ciudad de México. Al morir, tenía 72 aos de edad; pero todavía sigue vivo en cada lugar del mundo donde suene un mambo, un mambo en el que se escuche aquel particular grito, ese que invitaba al baile y a la felicidad.

 

 

 

 

 

       
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