Sin
duda, la música popular define la identidad cubana gracias a su
capacidad de conmover e impresionar con sus letras, así como de
hacernos reír. Entre todos los géneros nacidos allí (boleros,
tangos, sones, cha-cha-chas, danzones, mambos, guajiras, etc.), el
más propicio para bromear y “soltar el trapo” es sin duda la
guaracha; una melodía alegre, con letra de ambiente popular, de
carácter satírico, burlona, pícara, irónica, crítica y hasta
difamante.
La guaracha se escucha en La Habana desde abril de 1583, cuando
Torrequemada y el Gobernador Gabriel De Luján competían por el poder
político, mientras que los guitarristas en las calles y las plazas
públicas les cantaban expresando su crítica a la situación vigente
con un estribillo que decía: “Que Dios te perdone, Gobernador.”
Desde luego, no tenían la misma tonada rítmica que las que conocemos
desde el siglo XX.
Las guarachas también formaron parte del teatro bufo, donde con
mucha frecuencia las estrofas tenían propósitos humorísticos. Más
tarde, cuando la guaracha se independizó y entró en los salones de
baile, mantuvo siempre el propósito de bromear y de hacer reír. A
comienzos del siglo XX, empezó a ser tocada y cantada junto a otros
géneros, y desde entonces hasta nuestros días, no ha dejado de
aparecer en el flujo creativo de importantes compositores como
Osvaldo Farrés, cuyo volumen de boleros es increíble, pero que
también escribió piezas de ese tipo (Mis cinco hijos, Un caramelo
para Margot, La glotona, Cómo me gusta hablar español y Mario Agüé).
Reflejando siempre situaciones o acontecimientos que tuvieran
elocuente repercusión en su momento, entre todos los compositores de
guarachas el más importante quizás fue Benito Antonio Fernández
Ortiz, aunque mencionarlo por ese nombre en el mundo de la música es
como si no se dijera nada. En cambio, si lo llamamos por su nombre
artístico, Ñico Saquito, enseguida reconoceremos a un maestro del
género que, a través de sus composiciones, ha dejado un legado sin
fronteras, un legado universal.
Nacido en febrero de 1901 en Santiago de Cuba, al oriente de la Isla,
Benito Antonio Fernández Ortiz fue uno de esos seres que, gracias al
talento que se impone ante cualquier obstáculo, nunca se apartó de
lo que parecía ser su destino. A los 12 años, tuvo que convertirse
en soldador metalúrgico debido a la pobreza en la que vivía su
familia. Luego, participó en algunas zafras azucareras, y cuando
aparecía el temido “tiempo muerto” –periodo en que cesaba la molida–,
vendía sortijas, fosforeras, fogones de cocina y coladores de café.
De acuerdo con la leyenda, en su adolescencia, Ñico (como
acostumbran nombrar en Cuba a los Antonio) era contratado por los
equipos de béisbol que visitaban Santiago de Cuba para que recobrara
las pelotas que se escapaban del terreno, lo que él hacía utilizando
un saco. De ahí que los aficionados lo bautizaran como Saquito,
apelativo que lo acompañó por el resto de su vida.
La música siempre formó parte de su existencia. Su mamá y su tía
cantaban a dueto tanto en su casa como en actividades en el barrio
Tivolí, donde él nació. Además, la influencia y la tradición
folclórica y musical de Santiago de Cuba, la cuna de los trovadores,
lo llevó a los 15 años por primera vez a acariciar una guitarra, y
tomó clases con el maestro Félix Premión.
Después de varios años probando fortuna por su cuenta, Ñico se
integró al Cuarteto de Manolo Castillo, donde cantó y tocó la
guitarra hasta 1934, cuando pasó a formar parte del grupo Típico
Oriental, dirigido por el brillante tresero Guillermo Mozo.
Hace años, el difunto Compay Segundo me dijo: “A Ñico Saquito lo
contacté en Santiago de Cuba e hicimos un quinteto. Tocábamos en las
peñas y nos ofrecían ñame con bacalao –comida de trovadores–;
también macho (cerdo) asado con plátanos fritos (tostones) y mucho
ron cubano”.
Su primer éxito –por el que todas las miradas lo iluminaron– llegó
en 1936, cuando compuso Cuidaíto Compay Gallo, pieza que recibió
gran notoriedad en las voces y guitarras del Trío Matamoros, que
grabó el tema y lo hizo popular. Más tarde, otros conjuntos lo
incorporaron a su repertorio, especialmente por la estrofa: “Valga
que hable, que si no, valga que hable, que si no, me coge el gallo
Rufino; esto lo dijo el perico, porque un gallo equivocado lo
confundió con gallina”.
Estimulado por ese triunfo, Ñico Saquito fundó en 1937 el trío
Compay Gallo, con el que grabó otras de sus populares y contagiosas
piezas, entre ellas la guaracha Saca la jabita y el son Un domingo
en el batey, tema que escogió el maestro Gonzalo Roig para que fuera
interpretado en el filme Romance del Palmar.
Pero la canción más popular de Ñico Saquito, que ha quedado como
sellada en la memoria de los cubanos, es María Cristina, cuya
estrofa, ya convertida en leyenda, dice: “María Cristina me quiere
gobernar, y yo le sigo, le sigo la corriente, porque no quiero que
diga la gente que María Cristina me quiere gobernar”.
Después de trabajar en los años 40 con el Grupo Típico Oriental en
el afamado cabaret Montmartre de la capital cubana, Ñico regresó a
su ciudad natal y, junto a Florencio Santana, “Picolo”, voz segunda
y guitarra –quien ya lo había acompañado anteriormente en el trío
Compay Gallo–, formó Los Guaracheros de Oriente, agrupación a la que
después se sumaron Gerardo Macías, “el Chino”, guitarra y tercera
voz, y Félix Escobar, “el Gallego”, en los timbales.
De regreso en La Habana, esta vez al frente de Los Guaracheros,
actuó con éxito en RHC Cadena Azul y Radio Cadena Suaritos, emisoras
radiales que tuvieron una gran influencia en la difusión de la
música cubana en esos años, además de presentarse en infinidad de
teatros y clubes nocturnos habaneros. En sus grabaciones, Los
Guaracheros utilizaron varias voces primeras, como las de
Maximiliano Sánchez, “Bimbi”, Orlando Vallejo, Jack Sagué, Alfredito
Valdés, Carlos Embale, Manolo Fernández y Ramón Veloz.
Los Guaracheros, genuinos intérpretes del son oriental y de la
guaracha, actuaron en la mayoría de los países latinoamericanos, y
en 1950, debido a razones políticas –la guaracha fue prácticamente
reprimida y perseguida no sólo por su procacidad, también porque se
usaba para criticar a los gobernantes de turno–, el quinteto viajó a
Venezuela, donde permaneció por los próximos 10 años.
De sus composiciones, una de las más controversiales fue El
muñequito, tema que el escritor madrileño Lázaro Morell sentenció
como “Muñequito Racista” por creer que la canción se prohibió ya que
discriminaba a la mujer de color. Sin embargo, como menciona el Dr.
Cristóbal Díaz Ayala en su libro Del Areyto y la Nueva Trova,
“canciones como ésa se prohibían por atentar contra la moral y las
buenas costumbres de la época, porque el doble sentido que se
aplicaba a sus letras se consideraba muy fuerte para las personas
decentes. Por eso se creó la Comisión de Etica Radial, con un fuerte
código que se aplicaba para la programación de radio y de televisión,
y que prohibió canciones y programas. Tarajano –encargado de dicha
comisión– suspendió programas como Ranchuelera y Guantanamera, o
prohibió de un cantazo ciento setenta y tres canciones por contener
frases ‘groseras o sugestivas’, como Devuélveme el coco, A romper el
coco, El caballo y la montura, El Yoyo y Pónme la mano, Caridad.”
En 1960, estando en Venezuela, Ñico Saquito decidió regresar a Cuba.
Los otros integrantes marcharon entonces a una gira por Estados
Unidos, ahora con el formato de trío. En 1962 se trasladaron a
Puerto Rico, donde continuaron sus grabaciones y actuaciones. Macías
falleció en 1996; “Picolo” se retiró, y “el Gallego” continuó
trabajando con otros músicos boricuas, grabando numerosos discos con
gran parte del repertorio de Ñico Saquito, mientras que Saquito
trabajó por años, cantando acompañado por su guitarra, en el famoso
restaurante de La Habana La Bodeguita del Medio.
La obra musical de Saquito – más de 500 composiciones – abarcó toda
la gama de la música popular cubana, incluyendo la campesina. Sus
composiciones han integrado el repertorio de los más destacados
artistas y agrupaciones de Cuba, siendo además interpretadas por
importantes voces en el extranjero. Todas adquirieron asombrosa
popularidad, entre ellas, Camina como Chencha la Gambá, Mi cinturita
y Me voy para la luna. El famoso trío mexicano Los Panchos conquistó
a miles de admiradores con el tema Silverio, Facundo y la luna.
Otras piezas famosas de su autoría son la canción de protesta Al
vaivén de mi carreta, así como No dejes camino por vereda, La negra
Leonor, ¿Qué te parece mi compay?, Choncholí se va pa'l monte y Yo
no escondo a mi abuelita, entre otras.
En 1979, ya enfermo, grabó con Eliades Ochoa, el también trovador
santiaguero (director del Cuarteto Patria y uno de los participantes
del disco Buena Vista Social Club), un disco de antología que hoy
tiene perspectivas de reimprimirse, mientras la nueva hornada de
músicos cubanos y otros ya arraigados le siguen rindiendo tributo.
Reconocido como el máximo exponente de la guaracha, Benito Antonio
Fernández Ortiz, alias Ñico Saquito, falleció el 4 de julio de 1982.