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ENTREVISTA

 

 

 

 

 

 

 

 

Jorge Drexler

 

CONFESIONES DE UN MORO JUDIO

 

Por Sergio Burstein

 

Hace varios meses, durante la ceremonia más reciente del Oscar, al subir al podio de los ganadores y cantar una larga estrofa de su tema premiado como Mejor Canción de Película bajo la sorprendida mirada de los millones de espectadores que veían el espectáculo a través de la televisión, Jorge Drexler se cobró suave y elegantemente la revancha ante quienes le habían impedido interpretar la pieza durante la misma ceremonia.


Además de haber sido la primera canción en español nominada a un Oscar, Al otro lado del río fue la primera pieza musical no cantada en inglés que triunfó en la misma premiación, lo que resulta particularmente significativo si se tiene en cuenta que, a pesar de su relevancia en Europa y en ciertos países latinoamericanos, Drexler no había logrado hasta la fecha ver lanzado en Estados Unidos ni uno solo de sus siete discos. Esa fue la razón esgrimida por los productores de la ceremonia para no dejarle interpretar en el escenario un tema que había sido cantado y tocado por él mismo en la banda sonora de Diarios de motocicleta, la película de Walter Salles sobre el viaje efectuado por el Che Guevara a lo largo de Sudamérica antes de convertirse en el más famoso de los guerrilleros.


Con el recuerdo de dicho triunfo un tanto acallado (aunque haya sido el responsable principal de que Drexler dejara de ser un total desconocido para muchos de los consumidores de música en este país), el músico uruguayo tiene otras cosas que celebrar, como su reciente nominación a un Grammy Latino por la misma canción que le dio ya un Oscar, y que ha terminado siendo incluida en la pertinente reedición de Eco, su último disco (que originalmente no la tenía en su listado).
Anticipando el lanzamiento de su primer DVD en vivo, y a pocos días del show que ofrecerá el 9 de noviembre en el Rey Theatre, les ofrecemos aquí la interesante entrevista que el talentoso sudamericano le brindó a nuestra revista.

Esta nominación al Grammy pone nuevamente en vitrina una canción que sin duda es la más exitosa de tu carrera. ¿Es verdad que la creaste y la grabaste en unos cuantos minutos?
Walter [Salles] me mandó el guión de la película a Madison [Estados Unidos], donde yo estaba de vacaciones visitando a unos amigos jazzeros, Leo y Ben Sidran. Me interesó mucho la propuesta, porque había visto Estación central y me había parecido una maravilla. No me dijeron qué escena debía elegir para la canción; me dieron libertad artística total. Me fui a dormir, y a la mañana siguiente la tenía lista; fui hasta mi laptop, grabé una voz, una guitarra y un loop, y le mandé todo por mp3 a Salles. “¡Ya está!”, me respondió. “¡Eso es lo que tiene que entrar en la película!” ¡No quería que la grabara en un estudio, profesionalmente! Tras mucho insistir, lo convencí de hacer al menos un arreglo de cuerdas y de meterle un piano, algo en lo que me ayudaron los Sidran. Esa voz puede haber tenido que ver con el premio, porque como fue la primera toma, tiene toda la emoción de quien acaba de crear algo; y yo siempre le he dado prioridad a la emotividad y al sentimiento sobre la perfección tecnológica.

Hay quienes todavía critican el hecho de que el tema fuera recreado en la ceremonia del Oscar por Banderas y Santana; pero el mejor recuerdo de todo ha terminando siendo el de tu interpretación vocal espontánea al recibir el premio.
Me alegro de que el gran ojo mediático que todo lo ve me agarrara haciendo algo bueno, porque lo que se difundió fue una imagen mía cantando en el Oscar y no robando algo de un supermercado, por ejemplo [risas]. De todos modos, creo que lo mío va por otro lado que lo que se escucha normalmente en esta clase de ceremonias, incluyendo la del Grammy que se viene, porque Al otro lado del río tiene un estilo musical muy sudamericano, con una tendencia muy nostálgica que responde al frío –de Uruguay, y que no tiene nada que ver con ese estereotipo latino– un estereotipo maravilloso, por cierto de la alegría y la sensualidad, que viene más bien de la música caribeña. Además, la canción tiene toda una cuestión electrónica que responde al hecho de que no he sido jamás un artista tradicional ni un folklorista ortodoxo; me gustan mucho Portishead y Massive Attack, por ejemplo, y eso se ha visto reflejado en todas mis composiciones y en mis discos recientes.

Esos mismos discos a los que te refieres incluyen muchos contenidos sociales, pero tus primeros trabajos se limitaban a experiencias amorosas. Es recién a partir de Llueve (1998), tu cuarto álbum, que empiezas a adquirir ese rumbo, ¿verdad?
Todo eso surgió tras tener un hijo, un hecho que hizo que me sintiera mucho más vulnerable, porque en ese momento te preocupas por alguien que no eres tú, y por extensión empiezas a preocuparte por todas las demás personas y a ver las injusticias más claramente. Eso me llevó a meterme cada vez más en los aspectos oscuros de la existencia, como se muestra en las canciones El pianista del gueto de Varsovia y La milonga del moro judío, donde hablo de mis raíces sin tratar nunca de imponer un tipo de creencias. Mi principal profesor de composición en los últimos años ha sido mi hijo; me ha enseñado a ver el undo de otra manera, y a salir de ese hermoso limbo hedonista en el que estaban antes mis canciones. Claro que también disfruto mucho de la vida, porque un hijo te enseña a gozar de muchas cosas que antes no gozabas; pero luego te empieza a preocupar qué mundo le estás dejando, y empiezas a preguntarte cosas del pasado para ver qué va a pasar en el futuro.

Antes de dedicarte a la música, eras un otorrinolaringólogo. ¿Puede acaso tener algo que ver esa profesión con la marcada tendencia ética de tus letras?
Sí, porque la ética médica es uno de los principales pilares del ejercicio de la medicina como práctica. Si aprendes determinadas cuestiones éticas en un campo, las puedes aplicar en cualquier otro; si aprendes cómo manejar tu angustia ante la enfermedad de otra persona, cómo manejar la cuota de poder que te da el determinar cosas que deciden muchas veces la diferencia entre la vida y la muerte, en qué grado te involucras con una persona y qué grado de apertura tienes ante lo que te está contando, todo eso sirve para tu vida como enseñanza en general.
El hecho de haber estudiado medicina y de haber empezado en la música recién a los 30 años me dejó muy en claro para qué estaba yo en este trabajo: porque realmente me interesa desarrollar la canción al máximo posible. Si tuviera que hacer esto simplemente para vivir, como una fuente de ingresos, me hubiera quedado en la medicina y tendría más dinero del que tengo ahora.

 

 
 

 

 

 

 

       
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