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ENTREVISTA

Javier García
Heredero de la tradición
Por
Sergio Burstein
Javier
García no es estrictamente cubano. En realidad, no es tampoco
estrictamente ‘popero’, ni salsero, ni se adhiere a un género
musical específico; pertenece a la misma categoría de artistas en la
que se encuentra Manu Chao, porque tiene padres de diferentes
procedencias, ha vivido en distintos países y, por ello mismo, posee
una visión muy amplia sobre las posibilidades del arte. Todo ello,
por supuesto, no tiene porqué asegurarle el éxito comercial; de
hecho, su primer álbum, lanzado hace siete años, provocó cierto
entusiasmo entre los que pudieron escucharlo, pero pasó
desapercibido ante las grandes audiencias.
Todo ello cambió este año con el lanzamiento de 13, el sucesor
discográfico, que además de haber sido lanzado por la transnacional
Universal, contó con la producción de Gustavo Santaolalla, “el Rey
Midas del Rock en Español”. Sin embargo, como ya lo dijimos, la
música de García no le pertenece exactamente a un género; y aunque
tiene matices propios del estilo de las guitarras eléctricas,
también le debe mucho a la música tropical de origen afroantillano,
a pesar de que contiene además elementos del rap, del funk y hasta
de la música judía.
La faceta sonera de este hijo de cubano e irlandesa, nacido en
España, criado parcialmente en Irlanda y radicado actualmente en
Miami, se hace evidente en Dinamita, un enérgico corte que tiene
influencias del son, del reggae y hasta del rock’n’rol. Pero cuando
se trata de acercarse al género afrocubano, el mismo García asegura
que no le presta precisamente atención a lo que se hace en la ciudad
donde vive. “Mis influencias vienen de la música cubana más antigua,
del son tradicional; no sigo mucho lo que se hace en Miami, sino a
Beny Moré, Los Papines de Guagancó, Ignacio Piñeiro y El trio
Matamoros. Yo he escuchado realmente música de todo el mundo, pero
la que me dejó más impresionado fue la música cubana de esa época,
de los años 50. Tomo en consideración a la música latina de la Fania
para atrás; claro que también escucho a Rubén Blades, por ejemplo,
pero es que él formó justamente parte de esa escuela. De todos modos,
mi aproximación es más inocente que consciente, sin pensar en el
mercado o en las clasificaciones”.
García tiene un pasado rockero que tuvo que aplacar de algún modo al
ir creciendo para poder así encontrar gusto e inspiración en
terrenos menos bulliciosos. “Cuando era adolescente y empecé a venir
a los Estados Unidos durante los veranos, la salsa no me gustaba,
aunque ya me llamaba la atención escuchar las congas en vivo”, nos
confiesa. “Tuvo que pasar mi etapa oscura y rebelde para descubrir
mi apetito como músico y empezar a buscar ritmos más complejos,
además de interesarme en la raíz africana, que al combinarse con la
influencia española en Cuba, ha dejado una huella profunda en la
música mundial”.
Para nuestro entrevistado, la gestación de 13 como producto final no
hubiera sido posible sin la mano de Santaolalla, a quien tuvo
siempre en la mira como productor definitivo del disco.
“Curiosamente, lo que más me llamó la atención de él no fueron sus
colaboraciones con los artistas que ahora son famosos, sino un álbum
suyo como solista, totalmente instrumental, que se llama Roncoco”,
asegura. “Me encantó ese concepto del charango, toda la idea
instrumental allí contenida. Eso fue quizás más importante para mí
que sus trabajos con Café Tacuba, Molotov y Juanes, a los que por
supuesto considero excelentes. Otra cosa importante de Gustavo es
que no busca ponerle su sello de productor al artista, sino sacar lo
mejor de quien graba con él, sin presentarlo necesariamente de una
manera perfecta. Esto quiere decir que no intenta quitar la magia de
cada uno, porque a lo mejor hay productores con muchos conocimientos
que te pueden decir “esa nota no va con los acordes y causa
disonancia”, aunque quizás ese sea el detalle que le da originalidad
a su estilo”.
13 cuenta con el aporte de muchos instrumentistas, pero surgió
totalmente de la mente de García, quien asegura haber hecho la pre-producción
entera del álbum en su casa. “Toco un poquito de todo, aunque no soy
un maestro; para la pre-producción usé muchas máquinas, pero toqué
las congas, el bajo y el piano”, dice. “Me gusta coleccionar
instrumentos de todo el mundo, y los uso de vez en cuando en las
canciones que hago, como es el caso de la cítara, que fue tocada por
mí mismo en la toma de la canción que terminó en la mezcla final del
disco”.
Fuera de que el compacto se grabó con la ayuda de dos trompetas, un
trombón y un saxofón –lo que demuestra la intención de García de
brindarle un sonido orgánico de vientos a una placa que, por otro
lado, cuenta con uno que otro elemento electrónico–, varios músicos
cubanos de renombre participaron en la grabación, como es el caso de
Arturo Sandoval, que según Javier aceptó la invitación “porque le
gustó la dirección a la que yo estaba llegando, ya que mi idea era
lograr un sonido latino más moderno que lo que se ha venido haciendo
últimamente”.
Pero uno de los momentos más significativos es el solo de
percusiones comandado por Francisco Aguabella en la canción Llegó
changó (que suena más ‘funkera’ que salsera). “Me encantan las
congas, porque hacen que te metas en trance”, señala García; “pero
más trance todavía es el del batá, y este hombre ha hecho por ese
instrumento más que nadie en el mundo. No sé exactamente qué edad
tiene, pero todavía está fuerte y absolutamente creativo, ya que es
capaz de poner el tiempo rítmico en un lugar que no esperas, de una
manera tan loca que te hace alucinar y viajar en el tiempo”.
El artista asegura sentirse plenamente identificado con distintas
vertientes de la música popular, provenga ésta de donde provenga.
“En la India y en Brasil también hay cosas muy interesantes, así
como en la música americana”, comenta. “Me gustan las canciones que
se dirigen al pueblo, porque tienen una identidad particular y
normalmente son muy alegres; además, en el son montuno encuentras
por ejemplo una parte donde empieza la repetición, para que la gente
pueda cantar, y después hay un espacio que permite una expresión
instrumental que puede ser muy compleja, aunque se encuentre dentro
un contexto muy sencillo que se puede cantar y bailar”.
Curiosamente, a pesar de vivir en el epicentro del anticastrismo,
García viajó hace un par de años a la isla para grabar una canción
al lado de Los Papines. “Tuve la suerte de poder llevarles un tema
que yo mismo había compuesto bajo su inspiración, y lo registramos
en La Habana”, recuerda. “Más allá de que yo simpatice con los
sentimientos de mi padre, que perdió su patria y su casa y, lo que
es más importante aún, no pudo ver morir a sus padres, creo que la
música es algo que nos une y que debe trascender cualquier asunto
político. Por supuesto que a mi padre no le hizo gracia el viaje,
pero después de explicarle mis motivos, llegó a pedirme que pasara
por donde él vivía”.
Cuando tomó la decisión de ir a la isla, el músico no se encontraba
demasiado preocupado por la reacción de la comunidad cubana de
Miami. “Como no soy cien por ciento cubano, no tengo que tener la
misma visión [de ellos] y, además, no se me puede tratar del mismo
modo”, explica. “Este viaje no fue publicitado, pero si en algún
momento alguien quiere tener una conversación lógica conmigo sobre
el asunto, no hay ningún problema; claro que si se van a poner a
gritar, lo dejamos mejor así”.
De todos modos, el papel que el padre de García ha ejercido en el
destino musical de su hijo es claro no sólo en los cortes de 13 que
tienen elementos soneros, sino también en una canción donde se le
menciona directamente, haciendo alusión a su predilección por cierta
clase de fisionomía femenina con generosos atributos. “Bueno, pero
esos son sus gustos”, dice el entrevistado con una risa. “A los
cubanos viejos les gustan las mujeres con unas caderas enormes, muy
bien comidas. A mí, en cambio, me gustan las flaquitas con curvas”. |