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HUMOR


PEPITO y MARIA
Durante una clase de moral y buenas maneras, la profesora les dice a
sus alumnos: “A ver, muchachos, vamos a ver como están en buenos
modales. Antonio, si fueras a cortejar a una joven de buena
educación, de buena familia, etc., durante una cena íntima para
ustedes dos, y tuvieras la necesidad de dejarla sola para ir al baño,
¿qué le dirías?”
Antonio responde:
–Espérame un momento, que voy a orinar. “No, no. Eso sería muy
grosero y de muy mala educación”. La profesora le pregunta a Juan:
“En la misma situación, ¿qué le dirías? – Perdón, pero tengo que ir
a usar los servicios y enseguida vuelvo.
“Eso está mejor, aunque resulta desagradable decir "servicios"
durante una comida. A ver tú, Pepito; ¿serías capaz de usar tu
intelecto e intentar mostrarnos tus buenas maneras?
– Profesora, yo le diría: "Querida, te pido perdón por ausentarme un
momento, pero voy a darle la mano a un íntimo amigo mío al que
espero poder presentarte después de la cena”.
Los padres de Pepito, que en esos tiempos tenía cinco años, estaban
cansados de que el pequeño los interrumpiera en los momentos más
inoportunos cuando hacían el amor. Al fin, al padre se le ocurrió
una solución y le dijo al nño: “Mira, Pepito, tu mamá y yo vamos a
hablar de problemas muy serios en la habitación y requerimos
tranquilidad para hacerlo, por lo que queremos que te asómes a la
ventana y nos digas lo que ves, ¿sí?”
Pepito accedió y comenzó:
–Hay una señora paseando a su perro. Hay un autobús rojo que está
pasando. Hay un ciego pidiendo limosna. Los vecinos de enfrente
están teniendo sexo…
Desde el cuarto, los padres alarmados le gritaron: “¿Y tú cómo sabes
eso?
– Porque su hijo se está asomado a la ventana y haciéndose el
pendejo como yo…
La profesora de una escuela primaria le pide a sus alumnos que
escriban una redacción donde sean tratados los siguientes temas: 1.
Monarquía; 2. Sexo; 3, Religión y 4. Misterio. El que terminase
primero, podría salir de la clase más temprano e irse a su casa.
Tras unos segundos, Pepito levanta la mano y dice que ha terminado.
Sin poderlo creerlo, la profesora le pide que lea su redacción.
Pepito se levanta y le dice: “¡A la reina se la cogieron!... ¡Dios
mío!... ¿Quién fue?”
La pareja tenía dos niños pequeños: María, de 8 años, y Pepito, de
10 años, y estos eran extremadamente traviesos. Siempre se metían en
problemas y sus padres sabían que, si algún desastre ocurría en el
pueblo, sus hijos estaban seguramente involucrados.
Cuando la mamá escuchó que el sacerdote del pueblo había tenido
mucho éxito disciplinando niños, le pidió que hablara con sus hijos,
algo que el cura aceptó inmediatamente, pero con una condición:
verlos individualmente. Así, la mamá le envió primero a María, la
más pequeña.
El sacerdote, que era un hombre enorme con una voz muy profunda,
sentó a la niña frente a él y le preguntó gravemente: “¿Dónde está
Dios? La niña se quedó boquiabierta, pero no le respondió.
Nuevamente, el sacerdote repitió la pregunta, esta vez en un tono
todavía más grave: “¿Dónde está Dios?” De nuevo, la niña no contestó.
Entonces el sacerdote subió aún más su voz, agitó su dedo frente a
la cara de la niña y le gritó: “¿Dónde está Dios?” La niña, asutada,
salió gritando de la iglesia, corrió hasta su casa y se escondió en
el closet, azotando la puerta.
Cuando Pepito la encontró allí escondida le preguntó: “¿Qué pasó?”,
a lo que María, sin aliento, le contestó: “¡Ahora sí que estamos en
graves problemas, Pepito! ¡Resulta que han secuestrado a Dios y
creen que nosotros lo tenemos!”
“Mamá, ¿los tiburones comen sardinas?”–Sí, Pepito.
“¿Y cómo hacen para abrir la lata?”
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