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EDITORIAL

Queridos lectores,
A los que leen esta columna y esta revista, les damos
nuestra más cordial bienvenida; y a los que no lo hacen, nuestro más
sentido pésame. Como verán, esta edición, correspondiente a octubre
de 2005, es la primera que se publica enteramente a cuatro colores,
lo que si bien no mejora el contenido –que genuinamente creemos es
el mejor que se publica en español en Los Angeles para distribución
gratuita–, hace que luzca más impresionante: como ocurre con la
portada, cuya historia ha sido escrita por María Elena Piedra, sobre
Ismael Miranda, “El niño bonito de la salsa”; la nostalgia del
célebre dominicano-venezolano Luis Frómeta, de Billo's Caracas Boys;
la entrevista con la colombiana-caribeña Addasa, primera figura del
reggaetón de la que escribimos una nota, y los artículos acerca de
un par de famosos cantantes dominicanos, pero en diferentes géneros:
Santiago Cerón en la salsa y Rubby Pérez en el merengue.
Desde luego, no podemos olvidar las notas de cine de Sergio
Burstein, las reseñas de Eric González y las de Pepe Márquez, las
anécdotas de Luis Tamargo, las observaciones de Arpía, los chistes
de Pepito, el cancionero secreto y, desde luego, mi sátira, que este
mes dedico a todos los hipocondríacos que viven en esta ciudad.
Adicionalmente, desde ahora, y debido a la insistencia de
muchos para que le agreguemos a la revista una columna que revele
datos más 'profundos' de sus artistas preferidos (o sea, chismes más
jugosos que los que escuchan en “El Gordo y La Flaca)”, le hemos
añadido a nuestra publicación una columna y un columnista, Jessie
Ramírez, mejor conocido en los círculos salseros y merengueros de
Nueva York como “El Príncipe”. Desde La Gran Manzana, Jessie le dará
a esos lectores en la vena del gusto, pero con cierta discreción, ya
que hay noticias que, por muy interesantes que sean, es preferible
no sacar a luz.
Como en el caso del hacendado que salió de negocios fuera de
la ciudad durante tres semanas y lo dejó todo bajo el cuidado de su
capataz -un hombre muy honesto y trabajador, aunque algo despistado-,
dándole órdenes muy específicas: “Ya sabes, cuídalo todo muy bien
todo para que no vaya a pasar algo”.
Al finalizar su viaje, cuando regresó y le preguntó al capataz si
había alguna novedad, éste le respondió:
–No, patroncito, no pasó nada.. pero ahora que me pregunta, sí pasó
algo; se murió su gato. –¡Mi gato de angora! ¿Cómo se murió mi gato?
– Se murió de indigestión. – ¿Cómo que de indigestión? Si sólo comía
atún y caviar. – Es que comió carne de caballo. – ¿Qué caballo? –
Su caballo, patrón; porque cuando se murió, quise aprovechar la
carne. – ¡Bruto! ¿Qué pasó con mi caballo de paseo?
– Se murió de un esfuerzo. – ¿Qué esfuerzo? – Pues de cargar agua
patroncito.
– ¡Agua!¿Para qué?– Para apagar el incendio.– ¿Qué incendio?
– El de la hacienda, pues. – ¿Mi casa de campo? ¿¡Animal, qué le
hiciste a mi casa!?
– ¿Yo? Nada. Se quemó por la vela.–¿Qué vela?–La del velorio de su
esposa.
– ¿Mi esposa? Infeliz, ¿qué le pasó? –Se murió de la impresión.
– ¿Qué impresión? –La impresión de ver a sus hijos ahogarse.
Es cuando el hacendado lo agarró por el cuello y el capataz,
suplicando, le dijo:
– ¡Ya no más! ¡Ya no más, patroncito! ¡Si hubiera sabido que se iba
a poner así, no le hubiera dicho lo del gato!
Por eso, a veces hay que tener cuidado con lo que se pide.
Saludos y ¡hasta la próxima!
Manny González, ‘Publisher’
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