Erase una vez una jovencita a la que le decían Cenicienta, porque el
padrastro fumaba mucho y ella siempre tenía que limpiar las cenizas
que él tiraba por todo el suelo.
La mamá de Cenicienta era una persona muy moderna. Había tenido
cuatro maridos oficiales, más otro par de soldados. Ella era de las
que daba fiestas para celebrar sus divorcios.
Su último marido era alcohólico, por lo que veía doble. Un día, vio
la película “Los tres mosqueteros” y creyó que eran seis. La esposa,
que ya había pasado por los mejores años de su vida, le dijo un día,
muy amorosa: “El vino, mientras más viejo, mejor”. A lo que el
marido, borracho, le respondió: “Sí; pero no creo que nadie te
quiera beber a ti.”
Cenicienta tenía cuatro medias hermanas. Una era de buenos
sentimientos: oyó decir que un señor necesitaba un transplante de
corazón, y le sacó el corazón a un tío para donárselo. La otra era
tan bruta, que para contar hasta dos tenía que quitarse la blusa. La
tercera era tan flaca, que para saber si estaba de espaldas o de
frente, se miraba los pies. La cuarta, la menor, tenía todos los
atributos que cualquier hombre desea: músculos y barba.
A las cuatro les dieron fiestas de quince. En cambio, Cenicienta, a
los veintidós, jamás había ido a una fiesta. Ella cocinaba, fregaba,
lavaba ropa, sacaba la basura y comía las sobras; y lo único de lo
que le daban bastante eran bofetones.
Cuando empezó a quejarse, la llevaron a un psicólogo que dijo que
era una inadaptada, que tenía complejos sexuales porque uno de sus
padrastros la había violado, lo cual no era para tanto, y recomendó
que no la dejaran ver televisión, porque eso podía hacer de su
cerebro un sancocho. Cuando reclamó tener lo mismo que sus hermanas,
la acusaron de comunista.
Sin embargo, Cenicienta quería ser una muchacha libre, ir a una
fiesta y aprender a bailar salsa. Fue realmente un momento dramático
cuando le dijo al psicólogo, con lágrimas en los ojos, que quería
estar “in” en el 'rechocolateo'.
El psicólogo le dio consejos muy sabios: que no tomara Valium, que
dejara de fumar, que comiera más ensaladas y que dejara de comer
carnes rojas. Pero Cenicienta no mejoraba, porque no iba a ninguna
fiesta.
Una vecina le recomendó que fuera a un brujo muy bueno. Trabajando
'part-time' de cajera en una tienda de la que salía de trabajar a
las doce de la noche, pudo ganar algo de dinero y obtener
experiencias que, en parte, la libraron de su vida monótona, ya que
la asaltaron cuatro veces y la violaron dos.
Pero Cenicienta era persistente. Por fin reunió lo necesario y le
pagó al brujo para que le hiciera “un trabajito”; y con la última
paloma blanca que quedaba en un parque, le prometió que iría a una
fiesta y que conocería a un joven buen mozo.
Una noche, había un tremendo 'party' al que fueron la madre y sus
cuatro hermanas, y Cenicienta, como siempre, se quedó sola. De
pronto, se le apareció una sombra espectral que la vistió
elegantemente, con un escote que le llegaba al ombligo, la maquilló
dejándola como un dulce y le hizo un peinado que parecía pastel. O
sea que estaba para comérsela. Le puso zapatos que ella creyó eran
de cristal (aunque realmente eran de plástico), y la mandó en un
Cadillac negro rentado de una funeraria a la fiesta.
Era una fiesta de 'la jai'. Había de todo. Allí conoció a un joven
buenísimo que vivía muy bien. Tenía un Ferrari, un yate y viajaba
continuamente a Europa. El padre era un acaudalado hombre de
negocios y, aunque nadie sabía realmente qué clase de negocios eran
los suyos, tenía mucha influencia.
El joven era serio y distinguido, y aparecía todos los días en
diarios y revistas nacionales. No tenía vicios mayores, aunque
fumaba marihuana; de vez en cuando se daba sus pasecitos de coca
para estar a la moda, y a cada rato chocaba con el Ferrari.
Cuando conoció a Cenicienta, se prendó de ella. Bailaron
románticamente una salsa. Se dieron un matecito en el jardín y todo.
Pero Cenicienta recordó lo que le dijo el brujo: “A las doce de la
noche tendrás que irte, porque se te acabará el guaguancó”, por lo
que ella llevaba un diminuto relojito digital.
A las 11:58 p.m., la alarma del relojito sonó y ella, apresurada, se
despidió del joven corriendo. El le cayó atrás y, en ese corre-corre,
ella perdió un zapato. Cenicienta se montó en el Cadillac de la
funeraria, que en el camino se convirtió en una carriola, y él
recogió el zapato.
Pasaron los días. El joven puso un anuncio en el periódico buscando
a la dueña del zapato. Todas las damiselas del pueblo hasta las
hermanas de Cenicienta se fueron a probar el zapato pare ver si les
servía y el joven se casaba con ellas. Pero el zapato era muy grande,
porque Cenicienta se había pasado la vida descalza y tenía tremendas
patotas.
Por fin, yendo de puerta en puerta, el joven encontró un día a
Cenicienta, le puso el zapato y se casó con ella. Fueron muy felices…
durante tres meses. Luego se divorciaron. Tuvieron un hijo al que,
como ninguno de los dos quería cuidar, mandaron a vivir en un
'foster home'.
Ella recibió una pensión de divorcio, tomó clases de salsa y comenzó
a vivir recién su vida.