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CUENTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cenicienta moderna

 

Por Alvaro de Villa
 

 

 

 

Erase una vez una jovencita a la que le decían Cenicienta, porque el padrastro fumaba mucho y ella siempre tenía que limpiar las cenizas que él tiraba por todo el suelo.


La mamá de Cenicienta era una persona muy moderna. Había tenido cuatro maridos oficiales, más otro par de soldados. Ella era de las que daba fiestas para celebrar sus divorcios.


Su último marido era alcohólico, por lo que veía doble. Un día, vio la película “Los tres mosqueteros” y creyó que eran seis. La esposa, que ya había pasado por los mejores años de su vida, le dijo un día, muy amorosa: “El vino, mientras más viejo, mejor”. A lo que el marido, borracho, le respondió: “Sí; pero no creo que nadie te quiera beber a ti.”


Cenicienta tenía cuatro medias hermanas. Una era de buenos sentimientos: oyó decir que un señor necesitaba un transplante de corazón, y le sacó el corazón a un tío para donárselo. La otra era tan bruta, que para contar hasta dos tenía que quitarse la blusa. La tercera era tan flaca, que para saber si estaba de espaldas o de frente, se miraba los pies. La cuarta, la menor, tenía todos los atributos que cualquier hombre desea: músculos y barba.


A las cuatro les dieron fiestas de quince. En cambio, Cenicienta, a los veintidós, jamás había ido a una fiesta. Ella cocinaba, fregaba, lavaba ropa, sacaba la basura y comía las sobras; y lo único de lo que le daban bastante eran bofetones.


Cuando empezó a quejarse, la llevaron a un psicólogo que dijo que era una inadaptada, que tenía complejos sexuales porque uno de sus padrastros la había violado, lo cual no era para tanto, y recomendó que no la dejaran ver televisión, porque eso podía hacer de su cerebro un sancocho. Cuando reclamó tener lo mismo que sus hermanas, la acusaron de comunista.


Sin embargo, Cenicienta quería ser una muchacha libre, ir a una fiesta y aprender a bailar salsa. Fue realmente un momento dramático cuando le dijo al psicólogo, con lágrimas en los ojos, que quería estar “in” en el 'rechocolateo'.


El psicólogo le dio consejos muy sabios: que no tomara Valium, que dejara de fumar, que comiera más ensaladas y que dejara de comer carnes rojas. Pero Cenicienta no mejoraba, porque no iba a ninguna fiesta.


Una vecina le recomendó que fuera a un brujo muy bueno. Trabajando 'part-time' de cajera en una tienda de la que salía de trabajar a las doce de la noche, pudo ganar algo de dinero y obtener experiencias que, en parte, la libraron de su vida monótona, ya que la asaltaron cuatro veces y la violaron dos.


Pero Cenicienta era persistente. Por fin reunió lo necesario y le pagó al brujo para que le hiciera “un trabajito”; y con la última paloma blanca que quedaba en un parque, le prometió que iría a una fiesta y que conocería a un joven buen mozo.


Una noche, había un tremendo 'party' al que fueron la madre y sus cuatro hermanas, y Cenicienta, como siempre, se quedó sola. De pronto, se le apareció una sombra espectral que la vistió elegantemente, con un escote que le llegaba al ombligo, la maquilló dejándola como un dulce y le hizo un peinado que parecía pastel. O sea que estaba para comérsela. Le puso zapatos que ella creyó eran de cristal (aunque realmente eran de plástico), y la mandó en un Cadillac negro rentado de una funeraria a la fiesta.


Era una fiesta de 'la jai'. Había de todo. Allí conoció a un joven buenísimo que vivía muy bien. Tenía un Ferrari, un yate y viajaba continuamente a Europa. El padre era un acaudalado hombre de negocios y, aunque nadie sabía realmente qué clase de negocios eran los suyos, tenía mucha influencia.


El joven era serio y distinguido, y aparecía todos los días en diarios y revistas nacionales. No tenía vicios mayores, aunque fumaba marihuana; de vez en cuando se daba sus pasecitos de coca para estar a la moda, y a cada rato chocaba con el Ferrari.


Cuando conoció a Cenicienta, se prendó de ella. Bailaron románticamente una salsa. Se dieron un matecito en el jardín y todo. Pero Cenicienta recordó lo que le dijo el brujo: “A las doce de la noche tendrás que irte, porque se te acabará el guaguancó”, por lo que ella llevaba un diminuto relojito digital.


A las 11:58 p.m., la alarma del relojito sonó y ella, apresurada, se despidió del joven corriendo. El le cayó atrás y, en ese corre-corre, ella perdió un zapato. Cenicienta se montó en el Cadillac de la funeraria, que en el camino se convirtió en una carriola, y él recogió el zapato.


Pasaron los días. El joven puso un anuncio en el periódico buscando a la dueña del zapato. Todas las damiselas del pueblo hasta las hermanas de Cenicienta se fueron a probar el zapato pare ver si les servía y el joven se casaba con ellas. Pero el zapato era muy grande, porque Cenicienta se había pasado la vida descalza y tenía tremendas patotas.


Por fin, yendo de puerta en puerta, el joven encontró un día a Cenicienta, le puso el zapato y se casó con ella. Fueron muy felices… durante tres meses. Luego se divorciaron. Tuvieron un hijo al que, como ninguno de los dos quería cuidar, mandaron a vivir en un 'foster home'.


Ella recibió una pensión de divorcio, tomó clases de salsa y comenzó a vivir recién su vida.

 
 

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