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CINEMA

Por Sergio Burstein
sbursteinr@yahoo.com
Un
nuevo festín
El evento cinematográfico latino más importante del año en Los
Angeles (y quizás en todos los Estados Unidos, como aseguran sus
promotores) llega nuevamente a las pantallas del Teatro Egipcio de
Hollywood, desde el 21 de octubre hasta el 30 del mismo mes. En su
novena edición, el Festival Latino Internacional de Los Angeles se
constituye nuevamente en una inmejorable vitrina para apreciar, en
primer lugar, películas que jamás se estrenarán en las salas
locales, sobre todo si no son mexicanas; y, en segundo lugar, vuelve
a ver el punto de encuentro perfecto para quienes desean comentar
las cintas con sus realizadores, ya que muchos de ellos son
invitados a las actividades y departen amistosamente con los
concurrentes, como suele ocurrir en los grandes festivales mundiales
que no se limitan a ser simples muestras fílmicas.
Aunque al cierre de esta edición la programación del evento aún no
estaba totalmente establecida ni se había confirmado los nombres de
los invitados, pudimos obtener algunos adelantos exclusivos sobre lo
que se podrá ver en un evento que nunca decepciona (fuera de que los
buffets no resultan del todo deslumbrantes, algo que, a fin de
cuentas, no debería significar mayor problema para quien prefiera
alimentarse de buen cine).
Entre las proyecciones más atractivas se encuentra la versión
restaurada de Macario (1960), un clásico del cine mexicano, dirigido
y escrito por Roberto Gavaldón, que combina el realismo de la
pobreza reinante en el sector rural campesino con la fantasía. El
filme, que fue filmado en blanco y negro –y que resultó incluso
nominado al Oscar para Mejor Película Extranjera–, ha sido reparado
en su totalidad por varias instituciones culturales de renombre.
La demás información que pudimos conseguir se refiere
específicamente a largometrajes documentales, casi todos cubanos,
como es el caso de Música cubana y El milagro de Candeal (a los que
se hace amplia referencia en la sección Ambiente, ubicada en la
página 6 de esta edición), con la excepción de Habana Blues, una
cinta que por su nombre parece recoger también imágenes directamente
de la realidad, pero que es en concreto una coproducción entre Cuba,
España y Francia, dirigida y escrita por Benito Zambrano –creador
del aclamado drama Solas (1999)–, donde se presenta una historia que,
desarrollándose en la capital de la isla tropical, alude a
situaciones de amistad, amor y sacrificio, acompañada por un marco
musical que no se limita a canciones tradicionales, sino que incluye
vibrantes interpretaciones de agrupaciones alternativas.
Hay que destacar finalmente la presencia de El cielo gira, un
documental español que ha recibido comentarios más que entusiastas
por parte de los entendidos, y que se desarrolla en la villa
solitaria y casi abandonada en la que creció la directora del filme,
Mercedes Alvarez, quien muestra con ingenio y sin aspavientos la
vida de los únicos catorce habitantes de este intrigante paraje,
obteniendo aparentemente escenas que alcanzan un lirismo casi
pictórico.
Haciendo de mexicano
John Leguizamo, quien obtuvo críticas de lo más diversas por su
participación en la película ecuatoriana Crónicas –estrenada hace
sólo unos meses en nuestras salas–, donde interpretó su primer rol
en español, vuelve a protagonizar una cinta con título en nuestro
idioma y con personajes específicamente latinos, pero que esta vez,
en desmedro de lo que indicaban los datos iniciales, es hablada en
inglés.
Sueño, que se estrenará a fines de mes en los cines locales, es otra
producción independiente, de esas que le interesan cada vez más al
carismático actor, quien ha manifestado muchas veces en el pasado
reciente su desencanto por los guiones financiados por las grandes
compañías hollywoodenses.
Dejando de lado en la ficción su origen colombiano (nació en Bogotá,
pero se mudó a los tres años a Queens, Nueva York, y su madre es
boricua), Leguizamo interpreta a Antonio, un inmigrante mexicano del
DF, muy apasionado por los boleros que, en medio de su lucha para
sobrevivir en la exigente ciudad de Los Angeles (una lucha que, por
cierto, muchos de nosotros compartimos con el personaje), descubre
que Estados Unidos no es el paraíso de las oportunidades para los
que tienen intereses artísticos, y decide conformarse trabajando
como mozo en el restaurante de un tío.
Es en ese momento que su pintoresco representante, apodado 'El
Zorro', lo convence de inscribirse en una competencia local de canto
que puede significar su última oportunidad para llevar a cabo sus
ambiciones iniciales, siempre y cuando consiga armar una banda que
lo acompañe. De forma paralela, Antonio se envuelve en un triángulo
romántico con dos mujeres: una es una vecina experimentada pero
solitaria que se encuentra ya en sus 40s –y que, por ello mismo,
lleva encima una gran carga de frustración emocional–, y la otra una
joven estudiante mexicana de veterinaria, llena de esperanzas y de
inocencia.
Los papeles femeninos de esta prometedora producción están a cargo
de Elizabeth Peña, una figura habitual en la popular serie
televisiva Resurrection Boulevard, y Ana Claudia Talancón, una
simpática actriz nacida hace 25 años en Quintana Roo, quien ha
protagonizado tres cintas que se han podido ver en las pantallas
estadounidenses recientemente: El crimen del padre Amaro (2002),
Ladies Night (2003) y Matando Cabos (2004).
“Este filme trata sobre la fragilidad del sueño americano y la
importancia de recordar la pasión que yace en el corazón de nuestros
deseos”, ha dicho Renée Chabria, un joven realizador estadounidense
que debuta en el largometraje con esta cinta, pero que parece ya
haber tenido cierta experiencia en las lides fílmicas, como lo
demuestra el agradecimiento que recibió en los créditos de Monster's
Ball, el excelente drama que le diera un Oscar como Mejor Actriz a
Halle Berry, que de hecho es una película en la que trabajaron
también varios de los involucrados en el presente proyecto.
Para los que se interesan en la música, fuera del asunto de los
boleros (que a fin de cuentas parece ser una excusa para introducir
un elemento folclórico en la trama), la banda sonora de Sueño cuenta
con canciones de conocidos artistas de de rock en español como Café
Tacvba, Kinky, El Gran Silencio, Las Ultrasónicas, Zoé, Ely Guerra,
Volovan y Jumbo, así como de intérpretes más inclasificables como
Papa Roach, Pepe Aguilar, Steve Berlin de Los Lobos, Quetzal y José
José, quien también actúa en la película.
Otro festín, pero esta vez ajeno
Una de las películas favoritas para llavarse la Concha de Oro, el
premio mayor del afamado Festival de San Sebastián –cuya edición
número 53 se celebra en estos días en España–, es Obaba, un
largometraje dirigido por el cineasta navarro Montxo Armendáriz que
se basa en la complicada obra de Bernardo Atxaga, un libro que
ganara el Premio Nacional de Literatura en su país y que está
compuesto ni más ni menos que por 28 relatos.
El realizador tuvo por fuerza que tomar sólo algunas de estas
historias y encontrar el modo de darles una continuidad que
resultaba necesaria para la construcción dramática de un filme, algo
que logró al inventar el personaje de Lourdes (Bárbara Lennie), una
joven estudiante de comunicaciones que llega al ficticio lugar al
que alude el título de la cinta, supuestamente ubicado en la región
vasca, para filmar con su cámara lo que ocurre en el misterioso
paraje y entender así los secretos de una comunidad que va a
revelando poco a poco sus intimidades a través de interesantes
flashbacks y necesarios saltos de tiempo.
Armendáriz, de quien recordamos con sumo placer la película Secretos
del corazón (1999) –que pese a su almibarado título era un efectivo
retrato de las vivencias de un niño en la zona rural de Navarra a la
que pertenece justamente el autor–, es un cineasta con una
sensibilidad muy particular, ajena al bullicio de los que se dedican
a historias más urbanas y violentas; y es por eso que no nos
sorprende su gran alegría al enterarse de que Atxaga salió no sólo
contento tras ver la cinta, sino incluso eufórico, como lo declaró
el mismo escritor.
“Estuve muy dentro de la película; no sentí diferencias afectivas ni
emocionales entre lo que yo escribí y lo que se ve en la pantalla”,
dijo el literato, lo que desde ya es un excelente augurio para un
trabajo que Armendáriz estuvo tratando de desarrollar
infructuosamente a lo largo de toda una década debido a las
dificultades de adaptación.
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