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CUENTO

 

 

 

 

 

 

 

 

Plazo Fijo

 

Por Yanitzia Canetti
 

 

Lo que hoy les cuento no es cuento. Ocurrió ciertamente en un infierno grande (entiéndase, pueblo chico). De allí pasó a otro infierno, y luego a otro, hasta llegar a oídos de mi bisabuela Isadora, donde la historia torció rumbo y se convirtió en sermón dominguero: “cada uno tiene su hora, lo mejor es no tentar al destino”. Mi bisabuela Isadora murió, pero el cuento de Domitila Fonseca siguió viviendo en hijos, nietos y bisnietos.


No era que Domitila Fonseca amara tanto a don Mariano; era que ya había creado cierta fama en el pueblo de idolatrar pudorosa y rabiosamente a su difunto marido.
Ella, demasiado joven. Él, demasiado viejo. La gente, demasiado mal pensada.


El mismo día en que Domitila Fonseca arrastró a don Mariano ante el cura del pueblo, comenzaron las habladurías: que ésta lo que quiere es tumbarle el dinero al pobre viejo, que tiene cara de mosquita muerta, que qué bobo es él si le cree, que la verdad que hay gente impúdica en este mundo, que qué se puede hacer con un anciano de noventa años como no sea darle la papilla en la boca... Y rumores van, rumores vienen.


La mejor manera que encontró Domitila Fonseca, joven vigorosa y saludable, de acallar los chismes del pueblo, fue exagerar –con gestos, ademanes, gritos y sacrificios– su devoción y lealtad por el anciano.


Apenas salía a la calle del brazo de don Mariano, Domitila parecía presa de la euforia. Lo abrazaba, apretaba y besuqueaba hasta vislumbrar moretones en el artrítico cuerpo de su “Marianito del alma”, frase que gritaba de forma intermitente mientras lo ejecutaba a besos. Luego, no conforme, comprimía y exprimía a su marido hasta sacarle el jugo (léase, sangre de las encías, dos o tres escupitajos en la acera y algunas gotas de sudor muy rancias).
–Que me matas, Domitila–, jadeaba don Mariano. –Que no ves, mujer, que ya no estoy para estos trotes–.


–Que no ves tú que me encantas– ripostaba Domitila Fonseca, haciendo caso omiso de las súplicas de su cónyuge, –que me gustas, que me arrebatas, que me vuelves loca, que me resultas espantosamente atractivo...– (lo de “espantosamente”, pensó luego Domitila, fue el peor adverbio que se le pudo ocurrir).


Cuando don Mariano tenía un catarro común, por más leve que fuera la tos, su joven esposa llamaba a la ambulancia y gritaba a voz en cuello en los lugares más congregados: –Ay, ay, ay, que mi Marianito del alma se me muere, que se muere el amor de mi vida, la luz de mi existencia, la nia de mis ojos, el aire que respiro, la sangre de mis venas, el sol que me calienta, mi agua en el desierto, mi mayor tesoro, ay ay ay ay–.
–Que no exageres, Domitila– le rogaba su anciano esposo, –que con un jarabe se me quita.
Así transcurrió un año, cinco semanas, dos días y tres horas (minutos más, minutos menos es lo que menos importa). Y como era de esperar, a don Mariano le llegó su cuarto de hora. Murió. (Según constaba en el dictamen del forense, la causa fue una sobredosis de… jarabe para la tos).


Para hacerles el cuento corto, Domitila Fonseca estaba deshecha en la funeraria. Explicaba a todos, con lujo de detalles, todo aquello que tenía en común con su marido (lo de la cuenta común en el banco ni lo mencionó, por supuesto). Y repitió hasta el cansancio que aquel año, cinco semanas, dos días y tres horas habían sido una luna de miel tras otra. Llegada la hora de enterrar al féretro, Domitila Fonseca quiso hacer un alarde final de idolatría y entrega: –Oh, no, Dios mío, no te lo lleves. Concédeme, Dios mío, aunque sea un minuto más al lado de mi adorado esposo y a cambio, quítame cinco años de la vida que me tocará vivir.


Domitila Fonseca miraba, implorante, al cielo. Aunque era joven y tenía una vida por delante, las personas admiraron mucho que ella quisiera ceder cinco aos de su existencia. Domitila Fonseca, por su parte, pensó que aquel golpe de efecto cerraría para siempre un capítulo de habladurías malintencionadas, y observando la admiración que despertaban sus palabras, volvió a implorar: –Cinco años de mi vida por un minuto al lado de mi Marianito del alma, Dios mío. Sólo un minuto te pido...


Ante la incredulidad de los presentes, unos golpes secos dentro del ataúd hicieron estallar, primero, un silencio amedrentado, y luego, pusieron a correr a unos cuantos que, despavoridos, se aterraron ante la idea de un muerto–vivo. Pero algunos dolientes se precipitaron a abrir la caja de madera y vieron con espanto, que don Mariano tenía los ojos abiertos, casi fuera de las órbitas. Domitila Fonseca pensó que era su momento de actuar. Se abalanzó frenéticamente hacia el cadáver viviente y lo trituró a besos: –Ay, mi Marianito del alma, Dios ha escuchado mis súplicas. Estás vivo, vivo, vivo. Ay, mi Marianito que te adoro, ay, mi Marianito que te idolatro, ay, mi Marianito que te quiero, ay, ay, ay...


Don Mariano apenas se movía, sólo sus ojos giraban estrábicos hacia todas partes, sin entender el porqué estaba metido dentro de una caja y bajo la tortura sádica de su ferviente mujer. De pronto, Domitila Fonseca recordó que apenas tenía un minuto para dejar en claro que su ruego era una demostración heroica de amor sin par, algo que quedaría grabado para siempre en la memoria de aquel pueblo parlanchín, y extremó aún más sus besos y caricias.


Transcurrido el minuto exacto (esta vez, ni más ni menos), don Mariano lanzó un quejido y expiró nuevamente. Domitila Fonseca se desgarró la ropa, se haló de los cabellos, se arañó la cara y, enloquecida, gritaba por todo el cementerio: ay ay ay ay ay ay ay ay ay, mi Marianito, mi Marianito...


La gente sintió pena y no le cupo la menor duda de que la joven Domitila era un ejemplo incuestionable de mujer enamorada. Hasta sintieron culpa de haberla juzgado mal. Ahora sólo le quedaba disfrutar de la herencia y elegir un marido vigoroso y joven como ella.
Y esto fue lo que ocurrió. Apenas salía Domitila Fonseca de enterrar a don Mariano, soñando con el futuro que la esperaba, un rayo le cayó en la cabeza y la carbonizó al instante.


Dicen las malas lenguas, otra vez dadas al quehacer del chisme, que la tal Domitila Fonseca tenía sus días contados, pero que tal vez hubiera vivido cinco años más de no ser porque, ignorante del plazo de vida que le había fijado Dios, los cambió por un minuto.
Me pongo a pensar ahora si no habrá sido esta historia la causa de que mi bisabuela Isadora se mantuviera callada como una tumba durante el entierro del bisabuelo.
De cualquier modo, la enterramos al día siguiente.

 

 
 

 

 

 

       
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