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CINEMA

Por Sergio Burstein
sergio@comoenla.com
Volando bajo
Titulamos de este modo el primer segmento de nuestra columna en
alusión a ciertos plumíferos que forman parte del título de la
película Temporada de patos, una excelente producción mexicana que
se estrena la segunda semana de este mes en las salas angelinas con
un considerable retraso en lo que se refiere no sólo a su
lanzamiento dentro de su país de origen, sino también en referencia
a las exitosas proyecciones que tuvo hace ya buen tiempo en nuestra
ciudad, y que dieron como resultado que recibiera el máximo galardón
en el competitivo Festival del AFI (Instituto Americano de Cine) del
2004.
Con
todos estos datos, es evidente que lo del “vuelo bajo” no pretende
aludir a la calidad de la cinta, que es mucha; pero hay que señalar
además que los patos no son precisamente los protagonistas del filme,
sino una suerte de alegoría de la libertad para los personajes de
una historia que se desarrolla a lo largo de un domingo en un
apartamento ubicado en el medio de la Ciudad de México.
Realizado en blanco y negro, con un estilo que recuerda a veces al
del cineasta independiente Jim Jarmusch (Down By Law, Coffee &
Cigarettes), Temporada de patos se aleja ostensiblemente del
carácter espectacular de Amores perros y de la abierta sexualidad de
Y tu mamá también –por citar los dos éxitos mayores del cine
mexicano reciente–; pero esto no quiere decir que se trate de un
trabajo aburrido o intelectual, ya que centra su mirada en lo que le
ocurre a dos adolescentes durante una jornada que, en medio de su
aspecto mundano y cotidiano, los llevará a cuestionar muchos
aspectos de su vida.
Solos por un día entero, los engreídos Flama (Daniel Miranda) y Moko
(Fiego Cataño) deciden pasársela viendo televisión y tomando
refrescos; pero las inesperadas irrupciones de una joven vecina,
Rita (Danny Perea) –que quiere usar el horno para hacer un pastel– y
de un frustrado repartidor de pizzas, Ulises (Enrique Arreola) –al
que los niños se niegan a pagar por haber llegado medio minuto tarde–
alteran sus proyectos, además de desencadenar los conflictos
dramáticos.
No se trata tampoco de que haya mucho drama; las situaciones se dan
naturalmente, sin crisis mayores, reforzadas por el hecho de que
casi todos los actores no son profesionales. Sorprende que se trate
del primer largometraje de Fernando Eimbcke, y que éste haya
trabajado antes en publicidad y video-clips, porque lejos de poseer
un estilo visual a lo MTV, esta discreta pero encantadora película
no necesita prácticamente de movimientos de cámara para cautivar al
espectador, además de desarrollarse en una única locación.
De todos modos, pese a tener una estética muy relajada, Temporada de
patos no es un filme para niños, porque incluye escenas en las que
se muestran o insinúan asuntos relacionados con drogas, situaciones
adultas y homosexualidad, sin caer nunca en lo explícito.
Latinos en el Oscar
Como era de esperarse, a pesar de la proliferación de latinos en
este país, pocos de ellos recibieron una nominación en la ceremonia
de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas que se
llevará a cabo el 5 de este mes en el teatro Kodak de Hollywood.
Quizás la figura más relevante –debido a su cada vez más afortunada
incursión en excelentes proyectos fílmicos– sea el músico argentino
Gustavo Santaolalla, nominado en la categoría de Mejor Banda Sonora
por su labor en la celebradísima Brokeback Mountain. El que hasta
hace poco fuera conocido como “Rey Midas del Rock en Español” por
sus exitosas labores de producción en los discos de Juanes, Molotov,
Café Tacuba y muchos otros nombres de respeto dentro del panorama
latino internacional, ha venido rescatando en los últimos años una
brillante carrera como autor e instrumentista que se inició en los
70 con el grupo de fusión Arco Iris, pero que había quedado bastante
estancada en medio de sus colaboraciones con otros artistas.
Aunque Santaolalla mantuvo activo el proyecto experimental de
Bajofondo Tango Club, su verdadero retorno en plena forma se dio con
la realización de la banda sonora de la excelente película Diarios
de motocicleta, de Walter Salles, que fue seguida por una
participación más discreta –pero también muy lograda– en Ayre, una
destacada pieza de música clásica contemporánea (si es que tiene
sentido el término) creada por el también argentino Gustavo Golijov.
Hace sólo unas semanas, Santaolalla recibió el Globo de Oro a Mejor
Canción de Película por A Love That Will Never Grow Old, tema
original de Brokeback Mountain, conocida de manera rudimentaria como
“un western gay”, y convertida en la cinta favorita para llevarse
varios galardones importantes. Hay que destacar además que, el año
pasado, el uruguayo Jorge Drexler recibió el Oscar a Mejor Canción
por el tema que compuso y cantó para Diarios de motocicleta (cuya
banda sonora, como ya dijimos, fue hecha por Santaolalla).
En esta ocasión, Santaolalla estará compitiendo con otro compositor
de un país hispanoparlante, Alberto Iglesias, el vasco que diera
vida a la estupenda banda sonora de The Constant Gardener (una cinta
soberbia que ha sido injustamente excluída del rubro de Mejor
Película). Iglesias ha trabajado anteriormente en filmes españoles
tan importantes como Los amantes del círculo polar, Lucía y el sexo
y Hable con ella, por lo que la competencia será dura.
También hay dos mexicanos nominados, y en la misma categoría, la de
Mejor Dirección de Fotografía: Rodrigo Prieto (por Brokeback
Mountain) y Emmanuel Lubezki (por The New World). Prieto ya había
sido nominado por su labor en Frida, mientras que Lubezki estuvo en
la misma situación en dos ocasiones, debido a su trabajo en A Little
Princess –dirigida por su compañero de escuela Alfonso Cuarón, el
mismo de Y tu mamá también– y Sleepy Hollow.
Gangsters a la cubana
Debido al embargo y a cuestiones políticas por todos conocidas, ver
películas cubanas en los Estados Unidos resulta de lo más difícil.
Es por ello necesario aplaudir el hecho de que Warner Home Video
haya incluído una producción reciente de la isla en su paquete de la
Colección Latina, cuyo segundo tiraje contiene también un título
mexicano (la comedia La última noche) y
uno
español (el thriller Cámara oscura), además de un efectivo DVD de
ejercicios protagonizado por la escultural actriz Gabriela Spanic (que
lleva por nombre Mejorando tu vida).
Hormigas en la boca (2005), el filme al que aludimos más arriba, es
una coproducción entre Francia y España que, sin poner demasiado
enfásis en asuntos ideológicos ni apelar a un tono panfletario,
coloca sobre la mesa una temática moral: Martín (interpretado por el
actor barcelonés Eduard Fernández), un activista republicano, viaja
a La Habana tras ser liberado de una prisión española, meses antes
del estallido de la Revolución, para buscar a su novia Julia (Ariadna
Gil) y recuperar el dinero que ella se llevó tras un asalto
efectuado en la Madre Patria.
Aunque muchos de los oscuros personajes del relato son claramente un
símbolo del decadente sistema previo a la era castrista –lo que
muestra que las intenciones políticas no son ajenas a este trabajo–,
la cinta funciona perfectamente en el plano narrativo como un film
noir, y es allí donde se encuentran sus mayores encantos: valiéndose
de una fotografía sugestiva y de unas calles que muestran
naturalmente automóviles “de época” –que en Cuba se siguen usando,
el director Mariano Barroso (In the Time of the Butterflies) elabora
una historia de gangsters, mercenarios y femmes fatales con un
encantador sabor añejo.
Además de la presencia de Fernández (El misterio Galíndez) y de la
bella Gil (La virgen de la lujuria) en los roles protagónicos, hay
que destacar la invalorable actuación del gran histrión cubano Jorge
Perugorría, quien se hiciera inmensamente popular tras interpretar a
un simpático personaje gay en Fresa y chocolate (1994). Perugorría –que
encarna a un peligroso mafioso– estuvo hace varios meses en el Sur
de California con motivo del más reciente Festival Internacional de
Cine Latino de Los Angeles, en el que se pudo ver justamente esta
película. |