El 12 de abril de 1961, el cosmonauta ruso Youri Gagarin se
convirtió en el primer hombre en viajar hacia el espacio y, durante
los próximos años, en reconocimiento de esa hazaña, millares de
niños que nacieron por todo el mundo fueron nombrados Youri. Uno de
ellos fue así nombrado en Colombia, específicamente en Buenaventura,
un puerto en la costa pacífica de esa nación. “Es la parte del país
que ha permanecido lo más cerca posible a sus raíces africanas”,
afirma Yuri, quien como apellido artístico adoptó el nombre de su
ciudad natal. “En Buenaventura, la memoria de los esclavos que
buscaron su libertad escapándose de las plantaciones todavía es
profundamente recordada.”
Su apellido de cuna es Bedoya, y nació en una casa de madera, contra
cuyas tablas chocaban los eternos aguaceros, especialmente aquel que
cae, todos los días, a las nueve de la noche. Esos aguaceros que
debe añorar en La Ciudad Luz, en Londres, en Amsterdam, en España,
en Brasil y en Marruecos...o sea, en todas esas naciones a las que
lo lleva su música.
Yuri afirma que su ciudad natal siempre ha estado empapada en música.
“Usted puede escuchar salsa hasta en los hospitales”, menciona. “No
solamente en el cuarto de espera, sino también en el salón de
operaciones.” Su padre, maestro de música y profesor de teatro,
fundió en él la pasión por las artes, aunque originalmente no fuera
la música, ya que a lo que le dedicó su juventud fue al estudio de
la biología marina.
Salió de su pueblo a los 17 años para cumplir con el servicio
militar, y al terminar su obligación, formó parte de un proyecto
subvencionado por países europeos, pero un día, los encargados se
desaparecieron y se llevaron los fondos con ellos. “Es cuando me
dije que la única manera de evitar que me defrauden otra vez es
aprendiéndome bien los mecanismos de la economía”, recuerda.
Se mudó a París y se alistó en la facultad de economía, donde aparte
de franceses, tuvo el placer de rodearse de “sus hermanos
latinoamericanos”, como él los llama: chilenos, cubanos, venezolanos,
argentinos y brasileños. “Yo trabajaba como ayudante en una
cafetería donde servían alimentos de preparación rápida. Un día casi
me rompo el cuello cuando me caí mientras bajaba corriendo por la
escalera. Cuando acabé en el piso, comencé a pensar si había venido
a Europa para ganarme la vida vendiendo aperitivos y llegué a la
conclusión de que yo tenía mucho más que compartir con los franceses
y, para lograrlo, iba a utilizar a la música.”
Yuri, quien creció escuchando la salsa del sello Fania de Nueva
York, las canciones de protesta de la cantante chilena Violeta Parra,
la música del catalán Joan Manuel Serrat y la nueva trova del cubano
Pablo Milanés, rápida y naturalmente encontró su sitio entre los
músicos hispanoamericanos en París. Tocó en el tren subterráneo de
la ciudad, formó parte de la fiebre musical que arrasó Europa a
principios de los años 90, comenzó a cantar con el Grupo Caimán, fue
corista de Mambomania y se olvidó de la economía.
En corto tiempo, se convirtió en uno de los más importantes y
populares cantantes de salsa en el París latino, cuyo epicentro es
el salón de baile La Java, que años atrás fuera el templo del
acordeón. “Yo recuerdo esos tiempos con nostalgia”, dice Yuri. “El
público era altamente entendido y exigente, pero al mismo tiempo
daba su apoyo a los artistas. Me moví con músicos que fueron muy
importantes en mi crecimiento. De Camilo Azuquita aprendí elegancia
y clase. Con Ernesto Puentes descubrí la belleza de una buena
sección de metales, y el venezolano Orlando Poleo –quien me
introdujo a los tambores– me dio la educación y comprensión de la
cultura africana.”
Como miembro de la Orquesta Chaworo, la que dirigía Poleo –uno de
los mejores y más respetados congueros del mundo–, Yuri ascendió
otro peldaño en julio de 1996 durante el Festival Latino en el Campo
Vic-Fezensac. “Hubo un momento en el que Orlando estaba tocando un
solo de congas, y la condensación de su sudor le dio un halo
vaporoso, algo casi sobrenatural”, recuerda Yuri. “Tuve que darle la
espalda al público porque empecé a llorar. Así fue de magnífico.”
Yuri pudo haberse quedado con esa orquesta –con la que estaba
ganando rápidamente la fama–, pero su sentimiento estaba en otro
proyecto: lanzar su propio álbum. Para ello, regresó a Colombia,
donde fue grabando sus temas –cada vez que encontraba el dinero
necesario para hacerlo– en diferentes sesiones. Hoy, admite que para
narrar la epopeya de esa grabación –los quebrantos, las frustradas
esperanzas, las estafas, los malentendidos y las regrabaciones– se
necesitaría la pluma de Gabriel García Márquez.
Encontrándose en un callejón sin salida, arruinado y sin la
posibilidad de lanzar su grabación, Yuri decidió regresar a
Buenaventura y cambiar de profesión. Iba a conducir un taxi-autobús,
una labor agradable donde podía escuchar salsa todo el día mientras
conocía a diferentes gentes y se enteraba de sus alegrías y de sus
aflicciones.
Pero mientras en Colombia él llegaba al fondo, en París se comenzaba
a escuchar una extraña versión de Ne me quitte pas, y a Remy Kolpa
Kopoul, de Radio Nova, le agradó tanto el arreglo y la
interpretación de esa canción –una de las más tristes del repertorio
francés–, que lo ayudó a conseguir una editora y luego una etiqueta
discográfica (Mercury / Caracol) que lanzó Herencia africana, álbum
que hizo entrar a Buenaventura por la puerta grande en la historia
discográfica francesa como el primer cantante del salsa en obtener
un disco de oro en ese país.
Después del descomunal e imprevisto éxito de Herencia africana,
lanzó en 2000 Yo soy (Universal). Grabado a lo grande en San Juan,
Puerto Rico, le dio la oportunidad de probar nuevamente con
versiones de algunas canciones famosas, pero esta vez, después del
exitazo que tuvo con la versión del tema de Brel, la tarea no le fue
nada sencilla y, aunque el resultado no fue el mismo del primer
acierto, las composiciones originales le permitieron salir airoso en
su segunda prueba.
Su tercer disco se puede encasillar por su título, Vagabundo (2003),
porque en este álbum el cantautor mezcla la salsa ortodoxa con
experiencias híbridas –como hizo al cruzar el tango con ritmos
tropicales–. Para la grabación –nuevamente llevada a cabo en Puerto
Rico–, Yuri reunió a varios de los mejores músicos de la isla:
Roberto Roena, algunos miembros de El Gran Combo –incluyendo a su
cantante Jerry Rivas– y, como invitado especial para dos duetos, una
de las míticas voces de Las Estrellas de Fania, el inigualable Cheo
Feliciano,
“Mi ambición es componer música que haga a la gente no sólo bailar,
sino también pensar”, recalca Yuri. “Yo quiero crear un lugar donde
las culturas puedan dialogar y enriquecerse mutualmente.”
En 2004, el artista lanzó Lo mejor de Yuri Buenaventura, un disco
con 14 temas que incluye Palo y cuero, a dúo con Feliciano; Ne me
quitte pas; la reanudación del tema de Antonio Carlos Jobim
Insensatez; una nueva versión de Vagabundo y un dúo mágico con
Orishas.
Como escribe Chris Nickson en All Music Guide, Yuri Buenaventura es
mucho más que apenas otro salsero; en realidad, es un estilista
latino que utiliza sus raíces, su pensamiento e intelecto, y los une
con su pasión por la música. Poseedor de una voz expresiva y
maleable, es, además de cantante, un compositor notable. Entonces, ¿por
qué no es una enorme estrella mundial y resulta más bien un artista
casi desconocido en su propio país? Quizás porque, como dice el
periodista y escritor Umberto Valverde en el portal Caliescali.com,
su música casi no suena en Colombia debido a que es víctima de “La
payola”, la plata que, según él, exigen algunos para dar salida a
los discos.
A Yuri Buenaventura le falta mucho por conquistar. Debe entrar con
su música a Estados Unidos, pero como él mismo dice, “voy paso a
paso”, y hoy, su misión es complacer al público que lo reclama y que
lo escucha cantar en español o en francés,.