Bala que zumba no mata
Como era de esperarse, la soporífica versión fílmica de The Da Vinci
Code, basada en el controvertido libro de Dan Brown, rompió récords
de taquilla en Italia y se situó en el puesto número uno en su
semana de estreno en Estados Unidos, aún cuando El Vaticano
considera que el libro y la película son parte de una estrategia
para difamar a la Iglesia Católica, acusando a sus autores de ser
los Judas de ahora, “ya que siguen vendiendo a Cristo, no por 30
denarios, sino por miles de millones de dólares”. Mientras tanto,
los críticos en Hollywood le achacan a la película un carácter casi
siniestro, y otros clérigos la consideran una pesadez y un repudio a
los seguidores de Jesús.
En todo este revolú, la denuncia más fuerte la hizo el predicador de
la Casa Pontificia, el franciscano Raniero Cantalamessa, quien ante
el Papa Benedicto XVI dijo que se habla mucho de la traición de
Judas, pero que hoy “hábiles manipuladores” venden a Cristo como
hace dos mil años; pero no al Sanedrín, sino a editores y libreros
por miles de millones de dólares. Según el franciscano, nadie
conseguirá frenar esta “ola especulativa”, ya que cuando se trata de
Jesús y se le añade el morbo de que nunca fue crucificado, se casó
con María Magdalena, tuvo hijos y se marchó a la India o a Francia,
“todo es más rentable y proporciona más dinero”.
De acuerdo con los críticos, el director Ron Howard y el guionista
Akiva Goldsman hicieron lo imposible por despojar de su gracia al
melodrama, aunque según Cantalamessa, los autores de obras de
“hábiles manipuladores de antiguas leyendas” y de la literatura
gnóstica son personas que jamás se molestarían en leer un análisis
serio sobre Jesús y quedan fascinadas con cada nueva teoría que
aparece. Además del predicador del Papa, en estos días también se
han expresado altos cargos vaticanos sobre el polémico filme, entre
ellos el arzobispo Angelo Amato, secretario de la Congregación para
la Doctrina de la Fe.
Amato ve detrás de obras de ese tipo “una estrategia de difamación”
hacia la iglesia, “ya que es la única que ha quedado en la defensa
de valores como la vida y la familia y levanta su voz sobre ética
sexual y bioética”. Amato, el “número dos” del dicasterio que vela
por la pureza del Catolicismo, animó a los espectadores a no ver la
película, alegando que es una “presuntuosa distorsión de la
realidad”.
Ante tantos dimes y diretes de estos “hombres de fe”, habría que
precisar que, hasta donde yo sé, Amato, quien vela supuestamente por
valores como la vida y la familia y levanta su voz sobre la ética
sexual y bioética, no dijo nunca nada cuando muchos acusaron en
EE.UU. a docenas de curas por espantosas violaciones sexuales.
La suerte de estos cléricos es que Truman Capote ya se murió. Si no,
¿se imaginan lo que el autor de In Cold Blood hubiera hecho con esta
escabrosa historia de ataques sexuales?
Amato, estrecho colaborador de Benedicto XVI, lamenta la
indiferencia que se muestra ante las ofensas a la iglesia, calumnias
y errores que, si fuesen dirigidos hacia el Corán, ya habrían
causado una sublevación mundial; pero como son contra los
cristianos, quedan impunes.
En eso tiene razón; pero es que los líderes de aquella religión
–equivocados o no– defienden su historia literalmente con sus vidas,
y no viven dando sermones en palacios con frescos de Miguel Angel o
suntuosas catedrales modernas (como la mansión edificada por Mahoney
en Los Angeles, California). La realidad es que la mayoría de ellos,
tanto clérigos como súbditos, se están comiendo un indiscutible y
auténtico cable de alta tensión.
Con virtud y bondad se adquiere autoridad
No iba a escribir esta nota, pero después de leer las flores que le
tiró mi colega Jessie Ramírez en su columna de este mes a Willie
Chirino, no me pude aguantar y decidí aclarar ciertas cosas,
especialmente porque menciona que Chirino le dijo a los presentes
que estaba muy feliz con ese recibimiento y que le daba una inmensa
alegría cantar para un público tan cálido. ¿A qué presentes se
refería? ¿Y cómo lo iba a saber si, como de costumbre, se comportó
alejado y altanero?
Para que sepan, antes o después de su presentación, Chirino no le
dio la mano a nadie ni saludó en persona, prefiriendo que su
“limosina” lo llevara hasta la misma entrada del escenario para así
no tener que rozarse con nadie –público, prensa, radio o televisión–,
e hizo que lo recogieran del mismo modo al final de su presentación,
para que su “roce” con “su” público se limitara a bajar la
ventanilla del carro y decirle adiós con la mano.
El, que siempre quiso vender discos fuera de Miami –con muy poca
suerte, debo añadir–, además de pretender ser el icono masculino
cubano en el destierro, nunca aprendió que para ser querido y
apoyado por el público no se puede ser arrogante, como lo demostró
en vida la querida y añorada Celia Cruz, quien nunca le rehusó una
sonrisa, un comentario o un autógrafo a nadie, y que hasta se
acordaba de miles de personas en sus cumpleaños, enviándoles
tarjetas con notas escritas de su puño y letra.
El problema de Chirino es que, aunque quiere aparentar ser más
cubano que José Martí, la realidad es que le falta lo que por el
mundo entero hace al cubano diferente y valorado… ¡carisma!
El hablar es más fácil que el probar
Otro que también puso un gigantesco huevo fue el comediante y actor
colombiano John Leguizamo, quien en su afán de mostrar su orgullo de
ser latino y los avances que su generación ha logrado en el cine y
la televisión, no acreditó a ninguno de los que sí fueron pioneros,
como Ramón Novarro y Anthony Quinn en el cine, y Desi Arnaz en la
televisión.
Para meter la pata aún más, Leguizamo se declaró muy interesado en
interpretar la vida de Mario Moreno “Cantinflas”, asegurando que
para ello iba a tomar clases de interpretación para poder hablar a
trompicones y de manera ininteligible como él.
Quizás las clases que debería tomar son acerca de las personas o
personajes que desea interpretar, ya que Mario Moreno era un señor
muy culto, siempre bien vestido y que, fuera del personaje que
interpretaba, hablaba muy coherentemente.
La zorra nunca se mira la cola
Para terminar, no podía dejar de hablar de mi payaso favorito, el
desteñido cantante Michael Jackson, quien ahora se enfadó porque, en
la última edición de la revista estadounidense GQ, un imitador del
artista aparece caminando vestido con una burka por las dunas de un
desierto.
Según un portavoz del artista, Jackson, de 47 años, “está furioso
con el hecho de que su imagen haya sido usada para este tipo de
engaño y pide una disculpa de los editores de GQ, así como la
retirada de este número de todos los quioscos”.
La imagen muestra a Jackson subiendo la cuesta de una duna en el
desierto, con gafas oscuras y vestido con una burka –el traje que
usan las mujeres musulmanas– , en la que deja entrever una mano con
su característico guante blanco, así como los zapatos negros y las
medias blancas, supuesto sello de su personaje.
Por su parte, la revista replicó diciendo que “está muy claro que la
foto en la historia ‘Where's Michael?’ (¿Dónde está Michael?) en la
edición de mayo de 2006 es satírica y que no se trata de un
impostor, sino simplemente de un imitador de Michael Jackson”.
¿Y dónde está Michael? Pues sabrá Dios. A finales del año pasado,
abandonó su residencia en California para mudarse al reinado de
Bahrein, en el Golfo Pérsico, poco después de haber sido absuelto en
un juicio por supuesto abuso sexual de un menor, y en los últimos
meses, su nombre ha estado asociado con varios escándalos, muchos de
ellos financieros.