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Aunque la mona se vista de seda, mona se queda…

Conocí hace varios años a Marc Anthony en Los Angeles, California, durante una conferencia musical llevada a cabo en un hotel cerca del aeropuerto de la ciudad. Luego lo vi cantar en la Fiesta Broadway donde, empleando una pista, le entregó a un público nada entusiasmado su versión salsera del tema Hasta que te conocí, del venerable cantautor mexicano Juan Gabriel (al que desde ahora, para evitar críticas, consideraré “metrosexual”).

                Después, mientras Olga Tañón se presentaba en la tarima patrocinada por una famosa compañía de cigarrillos, lo conocí en el ‘backstage’ personalmente, y lo que encontré fue un joven cantante de pelo largo, muy flaco y bastante feo pero que, con un par de libras más y mejor vestimenta, hubiera estado en condiciones de vender unos cuantos discos para su entonces patrón, el promotor y ex-disquero (¿???) Ralph Mercado.

                En unos cuantos años, ese temeroso, manso y nervioso cantante que conocí sobrepasó mis expectaciones, vendiendo muchos discos, ganando mucha lana, haciéndose famoso y hasta casándose con una artista de cine de fama internacional.

                Según ha demostrado con su proceder últimamente, hoy Marc Anthony no es ni miedoso, ni dócil ni tranquilo; hoy, el cantante y a veces actor de cine se ha cortado el pelo, ha subido de peso, se viste bastante mejor y, mágicamente, sin cirugías, ha dejado de ser feo. ¿Y cómo puedo saber todo eso? Siguiendo sólo su pasos en la Internet y viendo cómo le ha crecido el ego. El es Marc Anthony, y por eso, hace, pide y reclama lo que se le antoja.

                Eso fue lo que ocurrió cuando no le quiso pagar al Club Babylon del Hotel & Casino San Juan la suma de 21,067 dólares por una fiesta que le hizo en el 2002 a su entonces esposa Dayanara Torres. Al negarse a cumplir con la deuda, lo demandaron por “incumplimiento de contrato” ( y recuerden esta expresión).

                Luego, otra compañía de inversiones ubicada en Miami, Florida, tuvo que demandarlo por, ya saben, “incumplimiento de contrato”, porque el cantante se negó a pagar el día del cierre el 10% de depósito requerido para comprar una vivienda valorada en 3.7 millones de dólares en la Isla Fisher. ¿Su razón para “incumplir el contrato”? Que acababa de comprar dos casas más, una en Puerto Rico y otra en una isla en las Bahamas, y con tantos paparazzis en Miami, tenía miedo de perder su privacidad.

                Ahora, El Comité de Derechos Humanos y Sindicales (Cedhus) acaba de plantear una demanda ante la Fiscalía de Guayas, Ecuador, por estafa contra él y sus empresarios ya que, en su último concierto en Guayaquil, hubo un pésimo sonido, sobreventa de entradas y, además, para vender más boletos, se había proclamado a los medios de comunicación  la presentación de Jennifer López, la misma que nunca sucedió. O sea, nuevamente, un “incumplimiento de contrato”. 

                Después de esa presentación en Guayaquil, donde apenas cantó una docena de canciones que liquidó en menos de una hora, anunció prontamente  que iba a cancelar sus dos siguientes apariciones en Quito, Ecuador y en Lima, Perú, según su vocero (quien me envió por correo electrónico su versión) “debido a violaciones contractuales de Total Entertainment, la firma empresarial que formó la gira”.

                ¿Y qué de la empresa local que tuvo que encargarse del sonido, el estadio, las luces, el transporte, etc.? Según Alianza Entertainment, la empresa asociada para el concierto en Perú, ellos cumplieron con  todos los requisitos y tenían todo listo para el concierto programado en el Estadio Atahualpa, con capacidad para 44.000 personas. “Simplemente”, aseguran, “el problema es un tema económico, de falta de comunicación, de falta de “cumplimiento del contrato’ y de sus requerimientos como artista, como, por ejemplo, el tipo de avión para transportar al cantante”.

                Aparte de que se pueden contar con los dedos de una pata de gallina los promotores que pueden darse el lujo de llamarse honestos, ya que su único trabajo es llenar la plaza, sea como sea, para ganar (o no pagar) dinero, hay también artistas que, por ego, vicio u otras necesidades, exigen más de lo necesario, sobre todo si son divas (o en este caso “divo”),  algo que realmente ni se merecen.

Es por eso que la gira de Marc Anthony en Ecuador y Perú, entre promotores farsantes y un artista que cree que cuando llegue al cielo exigirá el puesto de San Pedro y demandará ser la mano derecha de Dios, estuvo llena de polémica por las exigencias del que se iba a presentar.

                Para actuar en Perú, según los comunicados de prensa, tanto él como su esposa Jennifer López solicitaron hospedarse en la suite presidencial de uno de los mejores hoteles de Lima, y de paso, le exigieron al hotel que redecorara totalmente las habitaciones de color blanco y que las llenara de arreglos florales de alcatraces blancos, incluyendo cambios en los muebles y paredes. Como punto final, pidieron que nadie más estuviera en el mismo piso.

                Y ahora que ya no se va a presentar en ambas ciudades, ¿quién absorberá todos esos gastos? ¿O será que lo demandarán otra vez por… “incumplimiento de contrato”?

 

El que nace pa' maceta, no sale del corridor…

Y si creen que los únicos súper exigentes son J-Lo y su actual marido –porque con ella no se puede adivinar cuántos más tendrá –, a otro boricua que también se le está pasando la mano es a Ricky Martin, quien viajó a Brasil para grabar la nueva campaña comercial de la tienda departamental C&A, firma que lo contrató para que fuese su imagen hace unos meses.

                En este caso, y por primera vez en la historia, el artista exigió que todo el equipo de personas que trabajan en el rodaje firmaran un documento de confidencialidad que les prohíbe hablar con la prensa acerca de él. Así mismo, las personas que están con el cantante durante la filmación del comercial no podrán conceder entrevistas a los medios, porque si lo hacen, tendrán que pagarle una multa. Con tanto misterio, y ya que está en Brasil, donde abundan entre otras cosas la samba, las drogas y la transexualidad, me gustaría saber qué hábito será el que Ricky quiere encubrir.

 

El que nada debe, nada teme…

En mi columna de la edición de agosto de 2005 les comenté acerca del programa de baile que presentara la cadena ABC, donde el género musical que anunciaban para bailar y la música que interpretaban eran tan distantes como la ideología del presidente Bush y la de Osama Bin Laden.

                Pensé que esa confusión era sólo entre esos bailadores y productores, hasta que me fui al California Plaza Center, en el centro de Los Angeles, a ver la presentación de Ray Barreto, el afamado conguero neoyorquino.

                Allí presencié a un grupo de talentosos músicos, jóvenes norteamericanos de todas partes del país que – según entendí – forman parte del Instituto Harry Mancini, una organización que promueve la educación del jazz a través de donaciones públicas y privadas.

                Desgraciadamente, al igual que el programa de televisión, entre los temas que el director de la orquesta – del que prefiero ni saber su nombre debido a la ignorancia que mostró – presentó, solo le atinó al cha-cha-chá (Oye cómo va) y a la samba (Brazil), porque si esos músicos en realidad tocaron una salsa y un merengue (género que sin tambora y güiro de metal no proyecta absolutamente nada), tal y como el sujeto de marras anunció, él o yo vamos a tener que revisarnos los oídos.

                Reconozco que en el jazz se improvisa. También reconozco que para casi todos los presentes, la música fue ideal; pero también sé que el afro-cuban jazz, el mambo, la salsa y el merengue – así como el cha-cha-cha, la guajira, el son y el bolero– son géneros totalmente diferentes.

                Por eso, voy a ser la primera persona en el mundo que invoque la segregación musical. Que el blanco siga con su jazz, el negro con sus tambores, el alemán con su tuba, el argentino con su bandoneón, el anglosajón con su rock y los cowboys con su… su… “cowboy music”.  Y el que quiera salirse del género musical en el que quedó originalmente encasillado, sólo lo podrá hacer si es dirigido por alguien capacitado en dicho género, como Enrique IglesiasPaulina RubioDon OmarLupillo Rivera… o…. o…

                Pensándolo bien, ¡olvídense de lo que acabo de escribir!

 

 

 

 

 

       
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