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Pasado el tranco, olvidado el santo…
Después de meses y meses de ver y escuchar en cuanto medio de comunicación existe sobre los problemas del “Rey del Pop”, Michael Jackson, ahora me entero de que el desteñido cantante no sólo tuvo la ayuda de 11 conocidos abogados, sino que para salir absuelto de su reciente juicio por pedofilia también contó con la protección de los “orixas”, esas divinidades africanas que son tan respetadas en Brasil.
 

Según la edición del semanario brasileño IstoE que me envió una asidua lectora, apoyándose incluso en material fotográfico, el día del veredicto ante el tribunal de la corte de Santa María, California, Jackson se apareció adornado con un par de pequeños brazaletes de colores rojo, negro y dorado, que son los matices de Exu, uno de los principales “orixas” del Candomblé, el rito afro-brasileño más célebre del país.
 

La revista asegura que fue la cocinera del cantante, una brasileña natural de Minas Gerais, en el sudeste del Brasil (cuya identidad fue mantenida en secreto porque tiene un enorme prestigio en el mundo del Candomblé), quien le recomendó rendirle un homenaje a Exu el 13 de junio. Ese es el día en que celebran a la divinidad, que es conocida por resolver problemas.
 

Además, IstoE agrega que, 14 semanas antes, cuando acudió al mismo tribunal para responder acerca de las 10 acusaciones que le plantearon, incluyendo el abuso sexual de un menor de edad, Michael llevaba un collar blanco de Oxala, otra de las grandes divinidades de esa religión, aparentemente por el consejo de su cocinera “macumbera” (adepta a los cultos afro-brasileños: Candomblé, Macumba y Umbanda).


Al final, no creo que los orixas a los que se encomendó Jackson tuvieran que trabajar muy fuerte, porque las pruebas de su culpabilidad – de acuerdo con el jurado que lo dictaminó – “no existían”.


Ahora veremos si es que el cantante realmente defiende esas creencias y, sobre todo, si los “orixas” se reúnen y realizan el milagro del siglo: ¡relanzar su carrera!

Más vale poco y bueno, que mucho y malo...
En el mundo musical de hoy en día, para triunfar sólo se requiere de una de cuatro cosas: talento, padrino, dinero para invertir o estar corto de las primeras tres, pero terminar en el lugar adecuado, donde el talento de otros te busque el éxito.
 

Tal es el caso de Ry Cooder, un arreglista y guitarrista estadounidense que, a pesar de tener excelentes conexiones, fue muy poco conocido por las masas hasta el momento en que llevó a su hijo a Cuba, a principio de los años 90, supuestamente para que éste aprendiera a tocar percusión y poder grabarle así un disco.
 

En el proceso, conoció a Juan De Marcos González, ex-tresero del grupo Sierra Maestra y reconocido protector de los ancianos, quien lo convenció de que le grabara un disco (que terminaron siendo dos) a sus protegidos, talentosos músicos que, por su edad o estilo, habían desaparecido en muchos casos del pentagrama musical cubano.


Así fue que nacieron la idea y los álbumes de Buena Vista Social Club, que vendieron más de 7 millones de copias, y The Afro Cuban All Stars, un disco que también sobrepasó el millón en ventas.


Después de ganarse un Grammy y de viajar extensamente por el mundo entero, la fama y el prestigio del proyecto comenzaron a menguar, y fuera de Elíades Ochoa, Ibrahím Ferrer y Omara Portuondo, la mayoría de los participantes de ese gran triunfo se murieron o se jubiladron nuevamente.


Claro que ahora todo el mundo quiere ser Cooder, pues un éxito como el de Buena Vista no sólo crea fama y fortuna, sino que para ser desempeñado no requiere que alguien sea un gran artista o productor, sino simplemente que esté en el lugar indicado y en el momento preciso. Y, como dicen los franceses, voila!, porque según los expertos, el nuevo álbum grabado por una pareja de ciegos de Mali, Africa, tendrá el mismo éxito mundial que Buena Vista Social Club.


Por mi parte, les deseo toda la suerte del mundo, pero si de verdad la pegan, prepárense para la lluvia de músicos ciegos y de países totalmente desconocidos que los invadirá, ya que en el mundo musical es más fácil copiar que inventar algo nuevo.

El que por su gusto corre, nunca se cansa…
¿Qué les pareció la miniserie de baile que presentó la cadena ABC en las semanas pasadas? Me refiero al programa en el que supuestos expertos criticaban a bailarines profesionales de renombre internacional que danzaban con parejas de celebridades que reconocíamos de una u otra forma.


A mí, lo que me pareció más interesante no fue ni la bailada, ni los trajes, ni los concursantes, sino la descripción de los bailes. Para estos “expertos”, el nombre del baile no tiene absolutamente nada que ver con la música, por lo que bailan tanto un cha-cha-chá con pasos de pasodoble como un tango con ritmo de balada anglosajona, o una samba con música de salsa.


La intriga me llevó a preguntarle a uno de esos jueces en qué basaban sus decisiones, y cómo era que decidían si el tema o el baile eran correctos. Aquí les va la respuesta (traducida como mejor pude): “En general, este tipo de baile implica a dos personas bailando juntas, con una de ellas decidiendo los pasos y el otro (u otra) siguiéndolos. El baile de salón se enfoca en seis bailes, y los más populares son el foxtrot, el vals, el tango, la rumba, el cha-cha-chá y el swing”.


Según él, cualquier persona que sepa esos seis bailes puede encontrar en cualquier parte del mundo a alguien con quien bailar. ¿Y la música? ¡No importa! La idea es marcarle los pasos del baile escogido – sea un tango, un foxtrot o un vals– a cualquier compás.
Ahora, imagínense irse a Buenos Aires y, después de sacar a bailar a un (o una) argentina bajo la propuesta de danzar un sensual tango –porque sabemos los pasos–, pedirle al Dj que toque… ¡Llorarás de Oscar D’León!

Hasta al mono más listo se le cae el zapote…
¿Se acuerdan de Javier Sánchez Santos, el cantante que hace algunos años fue firmado por la disquera Caimán para grabar después un disco de baladas? Para refrescarles la memoria, les diré que fue presentado en Miami, durante una conferencia musical convocada por la empresa francesa MIDEM, como un buen cantante que, además, contaba con el pequeño añadido de ser hijo ilegítimo de Julio Iglesias.


Según iba la historia, la ex bailarina portuguesa María Edite Santos Raposo le ha venido asegurando a todos los que la quieran escuchar, incluso las cortes españolas, que después de haber conocido a Julio en la sala de Fiestas Las Vegas, de Sant Feliu de Guixols (en la Costa Brava catalana), mantuvo una relación sentimental con él durante una semana, algo que habría ocurrido en julio de 1975.


En ese entonces, ella tenía 23 años de edad, e Iglesias estaba casado con la filipina Isabel Preysler, con la que ya tenía tres hijos: Chábeli, Julio José y Enrique. Si mal no recuerdo, la ex bailarina presentó una demanda hace como 15 años en contra de Iglesias, y como el cantante no quiso hacerse una prueba genética (ADN) o comparecer cuando estaba citado, la corte falló a favor de la demandante y ordenó que su hijo Javier fuera inscrito en el Registro Civil bajo el nombre completo de Javier Iglesias Santos.


Después de ese fallo, Iglesias recurrió a la Audiencia Provincial de Valencia para que se anulara ese veredicto y, en 1999, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid ratificó que Javier no era hijo del cantante, sin someterlo a una prueba de ADN.


Resulta que ahora, y por la misma razón, hay una nueva demanda, pero esta vez la demandante no fue la preñada, sino el supuesto resultado, quien ha interpuesto el reclamo de paternidad ante un juzgado de Marbella. Según la nueva demanda, Iglesias hizo uso de su gran influencia social y mediática para presentar “unos testigos falsos que afirmaron que también habían tenido relaciones sexuales con María Edite Santos Reposo durante esos mismos días”.


¡Ajá! Parece que, como dice la canción (parcialmente reformada): “El cuarto de Julio / ya cogió candela / se acostó con ella y / no apagó la vela”.

 

 

 

 

 

       
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