Considerada en cierta época como la segura sucesora de Celia Cruz
debido a sus magníficas dotes vocales, Yolandita Rivera tuvo una
etapa de auténtica gloria durante su estadía en La Sonora Ponceña,
hasta que un problema familiar la apartó de la senda del éxito.
Como podrán apreciar todos los que la vean cantando en vivo el
sábado 20 de este mes en el Florentine Gardens de El Monte, donde se
presentará al lado de su ex compañero en La Ponceña Luigi Texidor y
del ex Mulenze Pedro Brull, la dama conserva aún intactas sus
virtudes como cantante, así como una distintiva energía que le
permite tocar enérgicamente los timbales. Pero, fuera de sus
actuaciones internacionales, la talentosa boricua espera poder
grabar pronto un disco que la coloque en el lugar de respeto que se
merece.
Antes de su paso por La Ponceña, Yolandita ya había estado en otras
agrupaciones, empezando por su trabajo como corista en el grupo de
Willie Rosario durante su estadía en Nueva York, a principio de los
70s. “Al regresar a Puerto Rico formé parte de Roberto y su Changó,
un conjunto muy bueno; pero mi verdadero inicio profesional se dio
con La Orquesta La Terrífica, cuando Joe Rodríguez era su director
musical”, rememora la vocalista a través de la conexión telefónica
que la comunica con nuestra revista. “Fue con esa agrupación que
grabé mi primer elepé, en el año de 1976”.
Los días de Rivera con La Terrífica se acabaron pronto, luego de lo
que ella define como “un encuentro inconveniente” al interior del
grupo. “Yo estaba para cantar, no para pelear, y decidí salirme”,
afirma. Tras varios meses de desempleo, y dispuesta ya a regresarse
a la Gran Manzana, se encontró por casualidad en un semáforo con
Quique Lucca –el fundador de La Ponceña– y le dijo que estaba
buscando trabajo.
Entró con pie derecho a La Ponceña, ya que en 1977 grabó con la
agrupación Borinquen, un tema complejo y cargado de pasión que se ha
convertido en una especie de himno puertorriqueño. “Es muy popular
en cada país que voy, aún entre los que no vienen de mi isla, lo que
me llama la atención porque es una composición que habla
directamente de Puerto Rico”, asegura ella.
Fuera de la cuestión temática, Borinquen tiene valor por su carácter
musical: en su grabación original, la pieza empieza con una cadencia
lenta que asemeja el sonido de una marcha (o danza), para asumir
luego el agitado ritmo del montuno. “Y es allí donde empieza la
movida del cuerpo, ya tú sabes”, dice la cantante, sin evitar cierta
picardía.
Hablando de los términos que se emplean dentro de la música, hay que
señalar que Yolandita se movió desde entonces en distintos estilos,
como lo demuestra otra de sus interpretaciones populares con La
Ponceña, Hasta que se rompa el cuero, donde ella misma hace alusión
a la rumba.
“Soy cien por ciento boricua, pero vengo escuchando música cubana
desde que tenía ocho años”, enfatiza Rivera. “Mi hermana mayor
cantaba y, además de escuchar música de tríos, trabajaba como sastre
y le hacía la vestimenta a gente como Bobby Capó, quien de hecho
estuvo en mi casa”.
Un buen día, como lo recuerda Yolanda, hasta su mismo hogar en Ponce
llegó una comitiva artística de Cuba encabezada por la cantante
Celeste Mendoza, una figura que marcaría su destino. “Ella es mi
mayor inspiración como cantante”, afirma nuestra entrevistada. “Creo
sinceramente que la salsa viene de la Cuba de esos años, aunque se
le haya puesto quizás el nombre acá”.
Dueña de una voz privilegiada, Rivera asegura no haber tenido nunca
profesores de canto. “Este es un don de Dios; creo que es herencia
de familia”, afirma. “En mi humilde casa vivíamos 24 personas; a la
hora de ver televisión, no había cupo para todos los asientos, por
lo que teníamos que ponerle nuestro nombre a cada banquito de madera
para turnarnos. Y cuando empezaba el programa nos poníamos a cantar,
porque mi papá tocaba plena”.
Yolanda reconoce que Pappo Luca –hijo de Quique e integrante
esencial de La Ponceña– le enseñó mucho cuando ella se incorporó a
la famosa orquesta. “Aprovechó que tenía buena audición y buena ‘retentiva’,
y él mismo me decía que siguiera lo que hacía en el piano”, recuerda.
Orgullosa de su lugar de origen (“no es por nada, pero de aquí han
salido cositas chéveres, como Héctor Lavoe, Cheo Feliciano, Ismael
Quintana, Pappo Luca y, por supuesto, Yolanda Rivera”, insinúa ella),
la cantante reconoce que se generó mucho malestar en el interior del
grupo de los Lucca cuando ella se retiró de la orquesta, y que éste
se prolonga hasta ahora, a pesar de que han pasado veintitrés años
desde su salida.
“Esa gente actualmente no me quiere ni ver, y nunca hemos vuelto a
compartir una tarima; no sé sus razones, pero me imagino que fue
porque en esa época necesitaban mucho apoyo, porque tenían varios
temas ‘pega’os’ ”, afirma Yolandita. “Pero yo no me fui para hacerme
solista ni nada por el estilo, porque apenas estaba empezando; lo
que pasa es que mi hijita de dos años estaba enferma, y como querían
cortarle una pierna, decidí venderlo todo, incluyendo mi casa, para
irme a Miami y salvarla”.
La estadía de Rivera en La Florida se extendió por cinco años, y le
permitió retomar de algún modo las actividades musicales, ya que
grabó un disco con el conjunto Fuerza Noble, dirigido por Gabino
Pampini. De regreso a su país, a principios de los 90s, la cantante
se unió durante tres años a la orquesta de Rubby Haddock, grabando
con ella el mismo número de discos. Y desde hace unos siete años ha
empezado a trabajar continuamente con el veterano Luigi Texidor.
Lo cierto es que, fuera de su pasado ilustre, los más recientes
álbumes hechos por Yolandita con distintas orquestas resultan
difíciles de conseguir; y no ha logrado aún grabar un disco como
solista, aunque viene presentándose de ese modo desde hace varios
años.
“Espero que algún productor se anime a ofrecerme una grabación antes
de que sea demasiado tarde”, dice ella con una pequeña risa. “No me
gustaría llegar a los 70 años amaneciéndome por ahí. Te voy a
confesar algo: tengo 55 años… y aunque me las he arreglado para
mantener en buen estado mi voz, me gustaría poder estar tranquila
después”.
Sus viejas canciones siguen escuchándose frecuentemente en las
radios de Puerto Rico, pero la boricua asegura que le resulta muy
difícil conseguir trabajo en su propia isla, por lo que debe viajar
constantemente a otras latitudes para recibir el calor del público.
“Es que últimamente todo se ha vuelto demasiado uniforme”, prosigue
la artista. “El que hace salsa ‘monga’ se dedica sólo a la salsa ‘monga’,
y el que hace salsa ‘gorda’ hace sólo salsa ‘gorda’. Ya no hay
variedad en los discos como antes. Lo que hago yo en mis ‘shows’, en
cambio, es interpretar un poco de todo”.