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ANECDOTAS

TÓPICOS DEL
TRÓPICO ANECDÓTICO
Por
Luis Tamargo
A lo
largo de la Historia, el arte en todas sus manifestaciones (pintura,
escultura, poesía, etc.) ha sido y sigue siendo ejemplo de múltiples
peculiaridades. La música, en el sentido de expresión y creación, no
está exenta de ello, ya que uno de los medios productores de sonido
y fuente de inspiración para muchos compositores ha sido la voz
humana. Pues bien, ese afán llevó a castrar a niños de voz
prodigiosa (los llamados “castrati”), con el fin de que mantuvieran
el mismo timbre de voz durante toda su vida. No menos importancia le
otorgan a la voz los “uatsari”, una tribu africana que realiza sus
disputas mediante una especie de combate vocal en el que resulta
ganador aquél que demuestra una mayor destreza en el canto; una
curiosa costumbre que podría importarse a nuestra sociedad.
Alberto Einstein, el famoso físico de la Relatividad, tocaba el
violín sin pretensiones como aficionado. Un día, fue convencido por
varios amigos para tocara en una reunión de beneficencia, y el
cronista del acto preguntó quién era el violinista.
–Pero ¿cómo?–, le respondieron.
–¿No lo
conoce? ¡Es el famoso Einstein! ¡Célebre en todo el mundo!
El cronista, que ignoraba tanto de música como de física, pensó que
esa celebridad era debido a la música y, creyendo haber oído a uno
de los más grandes violinistas del mundo, escribió un artículo
ditirámbico en tal sentido. Einstein lo leyó y rió mucho de él, y
conservó, hasta su muerte, el artículo como recuerdo de uno de los
más extraños elogios que había recibido.
En lo que se refiere a los instrumentos musicales, el caudal de
anécdotas aumenta. Por ejemplo, para tocar en la Edad Media el
“organistrum” –una especie de guitarra con ruedas dentadas que
rozaban las cuerdas mediante una manivela– se necesitaban dos
ejecutantes; en los años 70, el guitarrista Jimi Hendrix hacía
algunos solos con sus dientes; y Pablo Sarasate, el célebre
violinista español del siglo pasado, llegó a ejecutar 64
semicorcheas en 8 segundos.
No obstante, no habría conseguido esto si no hubiera tenido un gran
sentido del ritmo, probablemente el mismo ritmo que mató a Jen
Baptiste Lully en el siglo XVII cuando murió de una infección
producida al atravesar el pie con el bastón con el que golpeaba el
suelo para marcarle el compás a su orquesta, o el que actualmente
hace que muchos jóvenes sigan frenéticamente el ritmo persistente y
repetitivo de los sonidos producidos por un sintetizador en las
discotecas. Esos sonidos son creados por el propio aparato y el
ejecutante –no el compositor–. Como en el caso del reggaetón, sólo
se limita a combinarlos y a grabarlos para luego reproducirlos.
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